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El día que salvé a Luis Majul de morir electrocutado

Fue en 1995, antes de una entrevista. Un momento decisivo y un "off the record" no respetado.

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Fue en 1995, hace mucho, pero mucho tiempo, tanto que yo trabajaba en la revista La Maga, y Luis Majul era algo así como un periodista de centroizquierda. Estaba por salir un libro de Majul llamado "Las máscaras de la Argentina" y nos habían dado el adelanto: la editorial Atlántida nos había permitido leer las galeras antes de que saliera, para publicar un fragmento y poder entrevistar al autor con cierto conocimiento de causa. Luis vivía en un PH muy coqueto sobre la avenida Caseros y estaba separado. Fuimos a su casa con mi amigo y colega Fernando Sánchez y con una fotógrafa (puede haber sido Silvana Colombo o Paula Teller).

Luis Majul
Luis Majul estuvo a punto de electrocutarse en 1995.

Majul nos recibió en bata, recién bañado, descalzo, sin afeitar. Se había quedado dormido y nosotros habíamos llegado demasiado puntualmente. Teníamos una cierta confianza con él  porque el año anterior nos había editado un libro escrito a dúo para la editorial Sudamericana, de la cual era algo así como Editor periodístico. Él había pensado que nos arreglaríamos con fotos de archivo o que las fotos se harían en otro momento, por lo cual se mostró levemente contrariado por la presencia de la fotógrafa.

Las máscaras de la Argentina
Las máscaras de la Argentina: el libro que dio origen a esta historia.

-Uh, no sabía que era con fotos... Me voy a tener que afeitar -dijo.

Abrió la puerta del baño: el piso estaba empapado. Él estaba descalzo sobre un charco de agua y su afeitadora era eléctrica, si mal no recuerdo una Philishave. Acercó el cable al enchufe y comprendí en una fracción de segundo que estaba a punto de electrocutarse.

-¿Qué hacés? -le dije.

-¿Por?

-Ponete un par de ojotas y secá, te vas a quedar pegadito -le dije. Recuerdo nítidamente que dije "pegadito" y no "pegado". Supongo que el diminutivo le restó dramatismo al asunto.

-Uy, qué boludo... Tenés razón, gracias -me dijo -y secó el mínimo indispensable, se puso las ojotas y entonces sí se afeitó.

Comprendí en una fracción de segundo que estaba a punto de electrocutarse.

Después hicimos la entrevista. Uno de los personajes de su libro era Fito Páez, su gran éxito y su cambio de vida a partir de El amor después del amor, lo mal que la había pasado antes, cuando estuvo a punto de irse del país. Le conté casi textualmente una anécdota que a su vez me había contado Fito allá por 1989:

-Hoy fui a la carnicería a comprar un bife y me di cuenta de que no tenía plata. El carnicero me dijo "no importa, Fito, me lo pagás en otro momento" y le dije "no, dejá, no te hagas drama", porque no es que no tenía plata en el bolsillo: no tenía plata para comprar ese bife.

Anoche, Majul le pidió a un partido político que desafilie a su madre: estaba en el padrón
de "Fuerza Organizada Renovadora Democrática".

-Uy, qué buena historia, me viene bárbara para el capítulo sobre Fito -me dijo Majul.

-¿Pero no mandaron a imprenta ya el libro?

-No, justo mañana entrego la última corrección a las galeras. ¿La puedo incluir?

-Dale, pero no me mandes en cana -le pedí.

-Quedate tranquilo -me dijo.

Quince o veinte días después, recibí en la redacción de La Maga un ejemplar de "Las máscaras de la Argentina". Lo primero que hice fue buscar el capítulo sobre Fito Páez. La anécdota que le había contado estaba referida con lujo de detalles. Del pedido "no me mandes en cana" evidentemente se había olvidado, ya que el capítulo decía: "El periodista Daniel Riera me contó...".  Igual no me arrepiento de haberle salvado la vida.