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Actualidad viaje al pasado

¿Vivos? La feroz guerra de los dinosaurios en la Patagonia

En el libro “Gigantes”, Miguel Prenz cuenta cómo el descubrimiento de dos especies cambió la historia de miles de personas en Neuquén. Las batallas entre políticos, paleontólogos y aficionados que buscan ser tan famosos como “sus” criaturas.

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Del suelo hacia abajo, la Patagonia es una sucesión de historias listas para ser descubiertas. Su vastedad exige observación atenta, sentido de la orientación y capacidad de selección.

Con ese norte, las 208 páginas de Gigantes (Tusquets) se leen como un viaje exótico y placentero por lo más curioso del pasado y el presente de la región, gracias a Miguel Prenz, un narrador que sabe usar las herramientas de la crónica: escucha bien y mira mejor.

El autor fotografiado por su hija, Emma Prenz.

El periodista bahiense viajó por primera vez al Triángulo de los Dinosaurios (Plaza Huincul, El Chocón y Lago Barreales) a fines de 2008, para una nota en la revista dominical de Crítica de la Argentina. Pronto entendió que ahí había mucho más de lo esperado: ahí había un libro. Volvería seis veces, la última a fines de 2014.

Un cartel explícito en El Chocón.

Gigantes tiene un subtítulo elocuente -La guerra de los dinosaurios en la Patagonia- y varias subtramas que, de no ser reales, serían inverosímiles. Todas remiten al infierno chico y a los egos masivos de personajes que se disputan la grandeza física, pero también simbólica, de ser los dueños de los carnívoros y herbívoros más grandes que hayan pisado nuestro planeta.

Reconstrucción del esqueleto del Argentinosaurus.
Una recreación digital.

CARNÍVOROS Y HERBÍVOROS

Sobre el eje de la enemistad íntima de dos ciudades neuquinas (El Chocón -hogar del Giganotosaurus- y Plaza Huincul, del Argentinosaurus), el relato corporiza personajes con cuentas pendientes, intereses políticos y ambiciones económicas.

Esa Patagonia árida también es el terreno fértil para maliciosas internas entre paleontólogos que compiten por la búsqueda de la primicia, la obsesión por el paper, la necesidad de financiamiento y la posibilidad de la fama.

La pelea central se libra entre Rubén Carolini -carismático aficionado - y Rodolfo Coria -prestigioso paleontólogo-, quienes, según a quién se pregunte, intercalan los roles de descubridor y apropiador del “Giganoto”.

Carolini y Coria, cuando todavía se hablaban.
El cráneo del Giganotosaurus fue centro de una increíble disputa.

La historia de la cabeza del carnívoro implacable, eje de una disputa feroz entre El Chocón y Huincul, es imperdible. En especial, la revelación de cómo el cráneo terminó volviendo al museo original.

Rubén Carolini.

Rodolfo Coria.

Cuando Prenz estaba por cerrar su investigación, apareció un contendiente para el Argentinosaurus, hasta entonces el ser vivo más grande del que hubiera noticia. Era un ejemplar de titanosaurio encontrado en Chubut, pero finalmente expuesto en Nueva York.

Y hace una semana, otro bicho del mismo grupo, esta vez desde Mendoza, también volvió para reclamar su lugar.

El contendiente mendocino.

“Son como nuevos contendientes que pueden arrebatarle el cinturón al campeón -compara Prenz-. La dinámica de la ciencia y de los pueblos siempre es una historia incompleta”.

Acceso al Centro Paleontológico Lago Barreales. (Foto: Miguel Prenz).

OTROS PASADOS

A medida que pasaba el tiempo en Neuquén, el cronista fue entendiendo que su territorio estaba obsesionado con el pasado. No sólo el de millones de años; también el reciente.

Ahí estaba la gloria perdida de los petroleros “ypefianos” en Huincul y los hidroeléctricos de Hidronor en El Chocón. Durante el siglo XX, las dos megaempresas llegaron -y se fueron- con viviendas de regalo, sueldos altos y sueños al alcance de todos los que estaban adentro.

Esqueleto del Giganotosaurus.

Con las privatizaciones, la gloria se evaporó y el desempleo llegó al 90%. Las crisis colectivas y las depresiones individuales sólo empezaron a disolverse con el boom de los dinosaurios.

Entonces aparecieron personajes inverosímiles como Nicolás Di Fonzo, un intendente que quiso hacer de El Chocón un emporio estilo Disneylandia, con el dibujo de Mupo (“un dinosaurio sonriente, gordito”, escribe Prenz) como mascarón de proa.

La portada del libro.

PARTE DE LA RELIGIÓN

En Gigantes conviven los extremos. “Hay personas que creen que este planeta tiene seis mil años de antigüedad, y que los dinosaurios convivieron con Adán y Eva en el Jardín del Edén”, recuerda el autor. Esas personas están en el libro: un pastor adventista, uno bautista y dos misioneras mormonas.

Prenz entrevistó a personas que creen que el hombre convivió con los dinosaurios.

“Soy ateo, pero la religión, y el impacto de sus causas y consecuencias, es un tema que me interesa mucho -explica-. En el libro sobrevuela la idea de lo que pasa después del fin, ya sea de los dinosaurios o de un modo de vida. Quise incorporar una línea de personas que indagan sobre el más allá, gente que piensa en tablas de salvación”.

Gente que, en todos los casos, necesita seguir descubriendo.