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Aparatos

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Un “aparato” es alguien que es algo bobo y con una pizca de maldad. Es torpe, y cuando le sale el tiro por la culata, da marcha atrás. Para el público foráneo, en materia de elección de jurados para evaluar bailes Showmatch ha elegido aparatos desde 2006, año en que se inició su formato Bailando por un sueño.

Son diez años de ver desfilar mediáticos, virtuosos, actores, vedettes, periodistas. Muchos has beens. Todos aparatos.

Es necesario reiterar que, para ese público foráneo, no existe el nivel de idolatría que los argentinos garantizan a sus artistas en funciones o a los que ya dejaron una vida artística productiva y que hoy se dedican a evaluar a otros desde un pedestal de éxitos pasados y desde una especie de casamiento con un prestigio que hay que desempolvar.

Para el ajeno, para ese extranjero de habla hispana y país limítrofe que puede pagarse el cable y mira ShowMatch en vivo, el Everest en que los argentinos colocan a las personas con carrera artística por esmirriada que sea, es una perpetua interrogante. ¿Qué los mueve a hacerlo? Y la otra: ¿Cómo es que esos artistas o los que alguna vez hicieron arte, creen que todavía son lo que un día fueron?

El ajeno suele creer que un artista solo es tan bueno como su último éxito, punto y a la línea. Entonces, al ver actuar a ese jurado “aparatoso” se aburre, hace un sano ejercicio de zapping y ya. Su compromiso con Tinelli es ese: se aguanta el show hasta que no se aguanta.

A veces –las menos– se aguantan a los imposibles del jurado porque hay algo de arte que rescatar: se da en el baile de uno que otro participante y, además, es todo lo que el cerebro acepta a esa hora; un minuto y medio de talento para el disfrute.

A partir de este año, 2015, son cinco los aparatos: dos periodistas, una ex-vedette, una ex-artista de musicales y una actriz. Vistos en conjunto, son una mezcolanza improbable. Por separado, son casos de estudio para un antropólogo. Ninguno se salva. Ninguno.

Angel de Brito: periodista de espectáculos ya cuarentón; posee una personalidad televisiva poco querible que ni siquiera llega a la altura de “el jurado que todos aman odiar”. Ni eso. Es, simplemente dicho, un aparato desagradable en ShowMatch, en su programa de cable BdV, en el programa de la tarde El diario de Mariana o en cualquiera de los lugares donde ha trabajado, siempre brevemente, siempre de salida más que de entrada, según la enciclopedia de autor, Wikipedia.

Dentro del show, el único momento en que se despojó de su fisonomía impertérrita fue cuando la participante Agustina Kämpfer salía a la pista. Con respecto a ella, De Brito fue juez, jurado y verdugo. Sin pruebas a la vista, sin respeto para la concursante, esgrimió cuanta información o dato tuvo a mano para dejarla malparada en el aire. Eso es lo que se vio.

Sus frecuentes entredichos, peleas y chicanas con integrantes de la farándula argentina son conocidos. Tuvo un serio conflicto con su ex compañera de trabajo, Viviana Canosa, quien le inició una demanda judicial que todavía no ha concluido. Franco Torchia, panelista del canal América, lo acusó de injuriarlo y atacar su orientación sexual. Andrea Del Boca, actriz emblemática argentina, desmintió chismes que se difundían en el programa de De Brito, lamentando la poca profesionalidad del periodista. De Brito se ha ganado una popularidad entre comillas, a todas luces infame.

Nacha Guevara: mujer mayor que se niega a envejecer. “Cumplir años es una obligación, envejecer es una opción”, sostiene y se equivoca. El proceso de envejecimiento no lo para nadie, haga lo que haga. Es posible disminuir la incomodidad de algún achaque, pero el cuerpo sabe la edad que tiene. El diseño del ser humano está programado para un desgaste paulatino e inevitable. Las mujeres y hombres que tienen una perspectiva equilibrada de lo que es envejecer no evitan las arrugas a rajatabla –las aceptan. Se las han ganado. Cada cana es una cocarda y cada achaque recuerda una vida vivida, no una vida peleada a muerte con el paso del tiempo.

Clotilde Acosta Badaluco es un monumento a la negación. De inicio, da cuenta de un nombre y un apellido pseudonímicos que niegan quien realmente es y dan paso a quien siempre intenta ser. Con un apellido como Guevara y su tremenda connotación para los argentinos por el Che como símbolo histórico, es más fácil ser autocrática, caprichosa, sarcástica e inflexible, que con un apellido como Acosta. Con un nombre como “Nacha”, es más fácil llevar adelante un narcisismo inmisericorde que con un nombre anodino como Clotilde. Con los disfraces con que se cubre cada noche, es más cómodo actuar, no ser. En el fondo, quien se inventa a sí mismo lo hace porque rechaza de plano quien es y lo que es. Como todo, son opciones.

El daño se hace cuando el invento se da la mano con lo menos noble de la persona, porque la máscara actúa de apaño. Noche a noche, se ve a Clotilde pontificar sobre el plano espiritual, pero es todo lo que hace: pontificar. No practicarlo. Si lo hiciera no tendría arranques tan inconvenientes como indignantes con artistas que si bien no empiezan recién, todavía no han vivido los tres cuartos de siglo que ha transitado ella. Tampoco pondría de bandera su activismo vegano solo para descalificar a Alberto Samid y a su oficio, aludiendo a la incapacidad de pensar del carnicero aunque juegue mil partidas de ajedrez. Cuando se dirige tan imperativa como peyorativamente a los demás (el “ubicáte, pendejo” es una muestra), se produce una transformación palpable en su cara. Los ojos se le achican, se oscurecen y llenan de algo muy parecido al desprecio mezclado con malevolencia y, por qué no, una medida de envidia. El rictus de su frente y quijada se endurece de tal manera que el espectador ya no ve otra cosa que una mujer muy vieja, cansada de todo menos de sí misma. Es discriminadora solapada; se mueve en el límite del insulto, de la descalificación, usando la sorna. Es posible que esté en el jurado de ShowMatch solamente para mimar su ego, asumiendo que todos los intervinientes en el show son “menos” que ella. Si esas características le sirven a Tinelli para su show y el consiguiente rating, no sorprenderá que en 2016 lleve de jurado a Daniel Puccio.

Marcelo Polino: Alguien más ya lo escribió: las copias nunca son buenas. Marcelo Polino ha copiado sin vergüenza el quehacer de Simon Cowell, el creador de American Idol y The X Factor. La copia es lastimosa. Lo que traspasa la pantalla tanto desde ShowMatch como de su programa Ponéle la firma es un hombre inseguro, de “mala leche” como dicen en Argentina, con buena memoria para registrar cualquier comportamiento, incidente, y usarlo contra quien ose enfrentarlo.

No hace un uso inteligente sino vengativo de la información que posee (también De Brito), y nunca brinda la información completa. La fragmenta a su conveniencia y deja malparado a cualquier interlocutor aludiendo a su inteligencia o conocimientos. El caso es que no es muy inteligente. Tampoco es muy preparado académicamente. Wikipedia, en su entrada biográfica, lo define como “pseudoperiodista”. No hay que ir más allá. Abusa de la confianza que muchos depositan en él y, cuando menos lo esperan, divulga hechos o circunstancias con evidente maledicencia no por el hecho en sí, sino por el efecto que pueda tener en el receptor; un ejemplo es la alusión a una lata en la que orinaba tanto él como Florencia de la V. Un buen editor habría sacado eso del libro de Polino, porque el aporte literario o informativo es nulo. Es una anécdota ordinaria sin sentido para el lector. Y a eso tiene acostumbrados a los espectadores el jurado de la última silla de ShowMatch.

Moria Casán: A los 70 años, Ana María Casanova es una ex vedette, ex conductora, ex actriz, ex productora, ex representante artística y ex empresaria. Actualmente, es jurado de ShowMatch. Como muchas mujeres de la generación de la postguerra, quiso ser artista y comenzó el camino como vedette, alcanzando notoriedad en los años ’70. Nunca fue hermosa y ha debido recurrir a demasiada cirugía plástica para garantizar un conjunto armónico para el espectador. Se ha reinventado una y otra vez, sin llegar nunca a alcanzar un primer lugar. Es una segundona con complejo de Number One; por lo menos, así se refiere a sí misma. En la actualidad, lo que el espectador recibe es una mujer con aspecto de madama, por la vulgaridad de su vestimenta; autorepetitiva de frases cansadas como “me impresiona mi fama”. ¿Fama? Fuera de Argentina, no es creíble. Notoriedad por el costado bizarro de su pasar por la farándula, puede ser. Otro fenómeno observable en ella es su complejo de Pigmalión. Cada pocos años surge una aspirante a figura artística o mediática y Casán la acoge bajo su ala. En general, la chica en cuestión es un cero a la izquierda, pero la vende como la gran revelación artística de la temporada. Sucedió con Nazarena Vélez, con Andrea Rincón y con sus más recientes protegidas, las hermanas Xipolitakis. La representación artística de todas ellas jamás ha llegado a un buen resultado –todo lo contrario: En su momento, Vélez la acusó de dañarla psicológicamente; Rincón confesó que la ex todo se quedaba con la mitad de su sueldo por haberle conseguido un lugar en ShowMatch y las hermanas griegas hicieron todo lo posible para deshacer los esfuerzos que ella realizaba para lanzarlas como probables artistas.

Hace 3 años, Casanova se vio envuelta en un escándalo transfronterizo por el hurto de una joya de USD 82,000 en Paraguay. La detuvieron en el área de embarque de la terminal aérea, luego de verificar que había una orden de captura contra ella. A la fecha, todavía se encuentra arraigada en Argentina, sin posibilidad de viajar al exterior porque el proceso no ha concluido o, por lo menos, no se ha dictado sentencia en firme que confirme su no culpabilidad en el hecho. Aparato si los hay.

Soledad Silveyra: En 63 años, se sabe que la vida de la jurado número 4 de ShowMatch ha sido todo menos un lecho de rosas. En realidad, es la única que queda bien a ojos del espectador no argentino. El motivo es simple: nadie se olvida de la novela de la década del ’70, Rolando Rivas, taxista. Como se ha establecido que el público predominante de ShowMatch son señoras de 50+ y solas, es entendible que Silveyra sea la jurado “rescatable” de la runfla. Dicen que es brava. Dicen que es hipócrita. Dicen que bebe mucho. El espectador no recibe eso. Lo que atraviesa la pantalla es un juego medianamente gracioso con el dueño del circo, Tinelli, y una mujer mayor que se ubica en su rol de abuela no intentando parecer otra cosa que lo que es realmente.

Se le han conocido romances con políticos de imagen desgastada, aunque sin escándalos. Se la conoce como trabajadora, aunque no fácil de llevar. María Valenzuela ha dicho que solo volvería a trabajar con ella si tuviera necesidad de darles la merienda a sus hijos. Por lo pronto, ni Casanova ni Clotilde Acosta la tragan.

En conclusión, lo que deben entender los productores de ShowMatch es que hay un público no argentino que los mira y que calibra al “argentino” desde eso que ve en el jurado, en Tinelli, en los participantes. Es como el juego de dados: lo que se ve se anota. Si esa es la imagen de país y su gente que les gusta esgrimir, está muy bien; pero no vendan el boleto de un jurado en un concurso de baile. Resuelvan el programa como lo que es: un circo con un domador a medias y cinco fieras bastante feas.