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El lavarrap de Rita

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El lavarrap de la calle San José 368 en Monserrat es de la señora Rita, una viuda con olor a camarines de teatro cerrado que siempre esta con el mismo suéter y cambia el color de pelo cada 2 meses. El lugar se llama Wash, lo promociona con imanes de teléfono a los que les falta el 4 porque son de un stock que quedó de la época de Entel. Tiene 2 lavarropas que funcionan a la velocidad de los torturadores que saben que termina la guerra.

El lugar está decorado con columnas de canasto con ropa oscura que tapan la humedad de las paredes y el vapor que sale detrás de los equipos. En el piso, hay un par de bolsas de consorcio con tickets con cifras demenciales en concepto de “valets”. En mi cuenta, un juego de sábanas con restos de un vino que se picó en 2009, un par de camisas, unos jeans viejos y una bata amarilla que heredé de mi mal gusto redondearon $620. Nadie denuncia sobreprecios porque es la única lavandería del barrio: Monserrat es un barrio que se repite cada 100 metros, pero que tiene un solo monopolio: el local de la vieja.
Después del espasmo, crucé a un café sin nombre para descubrir que el precio de recaudar lo que a la AFIP le lleva un semestre era el encierro. Rita solo sale del local para votar. Convive de lunes a lunes con el ruido del tambor de los lavarropas que trituran la ropa del mismo color con la determinación de un Orco, se edificó una piecita arriba del secarropa para abrir más rápido y cerrar más tarde y hace varios años que tiró el letrero: “enseguida vuelvo”. No hay empleadas a cargo porque con testigos no tiene gracia. Ella sola contra todas las cacerías del barrio.
 

La única manera de salir al mundo es oliendo prendas. Conoce lo que está fuera de la carta desde lo que la gente ya no se pone pero también desde lo que no se anima a lavar: La socióloga recién recibida que se guarda para el matrimonio es una prostituta del whisky que no asume las historias de su ropa interior, el publicista mudado que todavía no hizo la instalación del lavarrap es en realidad un enfermo que no controla esfínteres, la religiosa que reparte folletos en Belgrano y Virrey Ceballos tiene la pollera manchada de cocaína de las tizas que esconde en el dobladillo, las estudiantes de intercambio con promedio “apple” son unas groupies adictas al pisco que bailan sobre la calle Venezuela y vomitan el cubrecama para lavar, el administrador del edificio que es más querido que Juan Carr guarda en sus bóxers el olor del perfume de la hija del electricista del 4to B, el vendedor de Herbalife que se jacta de una vida sana y antiperonista suda las camisetas térmicas con olor a zorrino.
La semana pasada, uno de los lavarropas se rompió y el otro (sobrecargado) empezó a agujerear prendas y a devorar toda la ropa del barrio. Después de 20 años, Rita no abrió. Con un cartel triste emulando un estado de duelo y congoja, le avisaba al vecindario que cerraba por dos días. En esas jornadas de optimismo, el barrio era una gota de licor en un océano de mierda. Nadie salía de sus casas por miedo a ensuciarse y temor a que alguien reconozca su perfume original. Fue ahí donde entendí que el servicio de la vieja no solo contempla “lavado y planchado”: incluye la discreción. El precio va más allá del contenido de los valets o la cantidad de canastos, CONTIENE EL SECRETO. El IVA es la mesura que sostiene las reputaciones de todo un vecindario que tiene que parecer y después (si se puede) ser. La vejación del jabón en polvo y el suavizante son la manera que todos adoptan para lidiar contra los fantasmas que toman ginebra debajo de la cama y no pueden matar.

Rita no es eterna. Cuando muera iremos de compras...