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Justicia por Jere, Mono y Patom

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Jere, Mono y Patom eran tres adolescentes de la periferia rosarina. Ninguno había terminado el secundario. Los tres hacían changas y militaban en el Movimiento 26 de Junio, en el Frente Popular Darío Santillán (FPDS). Ninguno estaba vinculado de ningún modo con el consumo o venta de estupefacientes.

Claudio Suárez, el Mono, de 19 años, y Adrián “Patom” Rodríguez, de 20, aprendieron a patear juntos por el barro de Villa Moreno. Jeremías Trasante, de 17 años, se unió a ellos en la adolescencia, cuando su familia llegó al barrio.

Cerca de las 4 de la madrugada del 1º de enero, en la canchita del club Oroño de Dorrego y Presidente Quintana, lugar de encuentro de los jóvenes en el barrio Moreno, se encontraban Jere, Mono, Patom y el Moki, Marcelo Suárez, el primo del Mono. Estaban tomando una sidra, esperando a unas chicas para ir a una fiesta. Una Renault Kangoo que circulaba por calle Biedma frenó en esa misma canchita.

De la chata, conducida por Mauricio Palavecino, bajaron al menos cuatro personas, cuando los cuatro amigos se dieron cuenta, los cuatro atacantes estaban a metros de distancia. Uno de ellos llamaba a los gritos al Negro Ezequiel, preguntando donde estaba con desesperación. Segundos después, todos quedaron ensordecidos por los ruidos de los disparos. El Quemado vació el cargador en pocos segundos. No estaba solo, Teletubi, Pescadito y el Jeta, gatillaron también.

Patom no tuvo tiempo ni siquiera para reaccionar, recibió cuatro balazos que lo dejaron tendido junto al banquito, Jeremías contó con unos pocos segundos más que él, que solo le sirvieron para intentar fallidamente huir. Siete balas atravesaron su cuerpo. El Mono fue quien logro atravesar la canchita corriendo, con las manos llenas de sangre, mientras aterrorizado gritaba “¡No nos tiren, no tenemos nada que ver!”. Alcanzo a correr unos cincuenta metros, hasta que fue acribillado. Al Moki ni lo rozaron. Atravesó la cancha pegado al alambrado y se escondió en una zanja. Fue el único sobreviviente.

El Chupín Palavecino esperaba por calle Biedma con la Kangoo blanca en marcha. La banda del Quemado, luego de masacrar a los jóvenes inocentes, dispuso irse del lugar, cuando encontraron al Negro Ezequiel. Comenzó un nuevo tiroteo, ahora entre ambas cuadrillas. Al grupo de Ezequiel se le terminaron las balas y huyeron rápidamente.

Esta banda de narcotraficantes, que tenía relación con el “panadero” Ochoa, jefe de la barra de Newells en aquel momento, era encabezada por el “quemado” y el “quemadito” Rodríguez, padre e hijo. Momentos antes del ataque a Jere, Mono y Patom, el quemadito había sido baleado en su auto por la banda del Negro Ezequiel a quien le había disparado en su casa 4 días antes. Por este motivo, el quemado salió a buscarlos y por error ataco sin ningún tipo de motivos a los 3 jóvenes que no estaban relacionados con ninguna de las dos bandas.  

La impunidad con la que en todo momento se manejó la banda narco es tan palpable como la inocencia de los chicos muertos a manos de estos delincuentes. El miedo y la tristeza reinan en el barrio desde su desaparición.

En el año 2011 fueron asesinados en Rosario 140 pibes de entre 15 y 25 años, hechos que no se conocieron públicamente y que fueron tapados bajo la nomenclatura del ajuste de cuentas. El asesinato de los tres jóvenes rosarinos si tuvo repercusión a nivel nacional. Pero los medios hacían eco de la versión policial y hablaban de un ajuste de cuentas ligado a la barrabrava de Newells. Muchísimas agrupaciones de distintos partidos se movilizaron para que se rectifique esta información, y se aclare que ninguno de los chicos era soldadito y no pertenecían a ninguna barra.

Dos años después de aquel crimen, empieza el juicio que buscará demostrar que la masacre presentada como "ajuste de cuentas", es parte de una trama de disputas por el control de los bunkers de droga donde los jóvenes están de uno y otro lado del gatillo.

El tribunal de primera instancia el 4 de diciembre de 2014, fija penas de 24 hasta 33 años de prisión para los culpables del asesinato que surgieron después de más de una decena de audiencias orales y públicas. Durante las mismas desfilaron más de 70 testigos, se ventilaron escuchas telefónicas, entrecruzamiento de mensajes de texto, etc.

El 31 de Agosto de este año, la Cámara de Apelaciones, confirmó la condena a Sergio “Quemado” Rodríguez de 32 años. En tanto, redujo las penas de Mauricio Palavecino y Daniel Delgado; y absolvieron a Brian Sprío. Los cuatro fueron hallados responsables del asesinato de los tres militantes de Villa Moreno.

Este hecho delictivo causo un antes y un después en nuestra Ciudad. La masacre de Jere, Mono y Patom logró demostrar los acuerdos que tiene la policía con asesinos, barrabravas y narcotraficantes. Ocultaron la verdad de lo que había pasado, para que quede como un crimen más, como continuaron haciéndolo hasta el día de hoy, tildando a muchos casos, de “ajuste de cuentas”, “pelea entre bandas”, etc. En este caso, todas las pruebas muestran, la relación de la policía con el quemado y nadie hace nada al respecto.

Todos los días, siguen matando a los pibes del barrio y muchos de estos crímenes, los efectúa la misma policía y luego hace y deshace como quiere, cambiando y ocultando pruebas. Los jóvenes de las villas no pueden caminar en paz, ya que, no saben cuándo pueden recibir un balazo de la policía. Porque es así, no paran de morir pibes inocentes. ¿Quién les promete a estos chicos seguridad? ¿Quién los ayuda y los ampara?

En este momento, estos jóvenes, que les toca salir a laburar, a bancar a su familia, no tienen la oportunidad de educarse, de pensar en un futuro, en formar una familia, crecer y formarse. Tristemente, están cada día más marginados y perpetuados a vivir ahí, con lo que tienen, porque cualquier motivo es bueno para asesinarlos, en vez de ayudarlos, los atacan. Viven rodeados de balaceras, de drogas y los medios de la ciudad buscan ocultar las grandes internas narcos que está sufriendo Rosario, tildándolos de soldaditos o de “chorros”.