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La culpa es del kirchnerismo

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Mucho se habla desde la asunción de Macri sobre la “herencia” que dejó el kirchnerismo. El oficialismo ha sabido superar los primeros sofocones con el changüí de los primero meses de Gobierno. Así pudo superar el temprano cross que significó la fuga de Schillaci y los hermanos Lanatta, el aluvión de críticas por los DNU (especialmente por la designación de miembros de la Corte y el avance sobre la Ley de Medios), junto a varias medidas y declaraciones que podrían tildarse de antipopulares.

La revolución de la alegría como la bautizó el presidente, luego de los resultados de las PASO, está teniendo capítulos no tan alegres como las declaraciones de Darío Loperfido sobre los desaparecidos de la dictadura, la persecución judicial con fines políticos, los importantes aumentos en las tarifas de luz y gas, o la caza de brujas en todos los ámbitos del Estado en búsqueda de los ñoquis heredados, que ya ha dejado 110.000 despedidos en éstos poco más de cien días de Gobierno, segundo la consultora Tendencias Económicas.

Por su parte, el kirchnerismo está furioso y dolido, hasta por momentos parece caído, pero retoma el vigor con cada medida del Gobierno, la caída más dura ya la sufrió en noviembre. El núcleo duro K ataca y cuestiona cada decisión del Gobierno, mientras que los no tan convencidos como Urtubey o los más rápidos de reflejos como Pichetto buscan reacomodarse en el tablero, ganando espacios dentro del PJ o haciendo “pactos de gobernabilidad”, que podrían interpretarse como un truque de favores. Mientras algunos se bajan del Crucero K y vuelven al viejo pero firme buque de PJ otros resisten con aguante como Martín Sabatella en su lucha por mantener la autonomía de la AFSCA.

Las voces acusadoras resuenan en la calle, en los medios de comunicación, en la casa, en el trabajo, en todos lados. Si la culpa no es de Cristina que llenó el Estado de ñoquis, es de Macri que echa a mansalva a todo el que tenga olor a K. La sociedad está politizada y la política es la confrontación de ideas, valores, creencias, modelos en búsqueda del bienestar o el desarrollo de la sociedad (o algún sector de ella). Los modelos para lograr el bienestar o el desarrollo varían, y no es casual la elección de los términos elegidos.

El kirchnerismo apostó por el bienestar, siguiendo la lógica del peronismo de las primeras presidencias del General. Apostó por un Estado benefactor o keynesiano para salir de la crisis heredada del neoliberalismo de los noventa. El neoliberalismo plantea la apertura de los mercados, es decir que la oferta y la demanda guíen el rumbo de la Economía, con un Estado que interfiera lo menos posible. Así el kirchnerismo controló las exportaciones, importaciones, el dólar, las paritarias y fomentó el consumo del mercado interno.

Del otro lado, el Macrismo prefiere el desarrollo, las “reglas claras” como le gustaba decir al presidente cuando estaba de campaña. Lo que eso significa es la inserción de la Argentina en el mundo globalizado, o para ser más claros la reinserción en los mercados financieros, volver al mundo. El equipo de Gobierno apunta a generar confianza en los grandes capitales financieros a través de la aplicación de las reglas que el mismo mercado financiero impone y que tanto miedo y malos recuerdos le traen a gran parte de la población.

Las medidas macro económicas adoptadas por Prat Gay muestran que la desregulación de la economía por parte del Estado es parte del plan, la liberación del dólar y la quita de retenciones a las exportaciones agrícolas son claras muestras de ello, como también la recorte en los gastos públicos y la reducción de la planta estatal. Pese a que las medidas fueron fuertes, sobre todo para los bolsillos más flacos, dentro del propio equipo de gobierno hay quienes cuestiones el gradualismo.

Sin embargo, estos dos modelos, contrapuestos en sus formas en materia económica, pero también en materia de seguridad, educación y derechos humanos, tienen una gran similitud y es que ambos apuntan a mantener y fortalecer el sistema económico capitalista. A diferencia de Venezuela, país preferido por el Macrismo y los medios para comparar a la Argentina durante el Gobierno anterior, ni Néstor Kirchner ni Cristina Fernández hablaron de nuestro país como un país socialista.

El terror que instaló el Plan Cóndor sobre el socialismo y el comunismo aún cala hondo en el pensamiento nacional. El kirchnerismo fue, es y será capitalista, no pudo atreverse a más porque en la idiosincrasia de sus dirigentes, también queda demostrado que el capital es el Dios. La corrupción que invadió, y se contagió durante los años del gobierno kirchnerista marcaron la fecha de defunción de un gobierno que logró grandes avances en la sociedad, pero que dejó serias deudas pendientes.

El kirchnerismo utilizó una política económica de mediados del siglo pasado, aggiornada al contexto actual y le dio buenos resultados económicos durante un buen tiempo. Sin embargo, la autocrítica profunda nunca llegó, ni siquiera después de la derrota electoral. Hoy los kirchneristas reclaman por los despidos de los mismos trabajadores que ellos mantuvieron precarizados, rehenes del gobernante de turno. También reclaman por los dirigentes, algunos procesados, otros con fuertes vínculos con corporaciones, otros con pasados oscuros o simplemente por ser amigos del poder de turno como Nicolás Caputo, cuando durante la “década ganada” los que más ganaron fueron los allegados al poder.

Es cierto que el kirchnerismo enfrentó a corporaciones nacionales e internacionales, pero también alimentó a corporaciones amigas, sin importar si destruían el medioambiente, o si debían reprimir para ellos. Es cierto que se distanció del imperialismo del hemisferio norte, principalmente con el rechazo al ALCA, pero a la vez si alió con otros imperios como el chino y en menor medida el ruso. Para destacar el proceso de integración latinoamericana, pero con la deuda pendiente de consolidar el Mercosur y potenciar las economías regionales.

En conclusión, el kirchnerismo no es el culpable de todos los males que afronta y deberá afrontar nuestra sociedad, las decisiones políticas corren por cuenta de quién las toma y en este momento es el gobierno de Macri. De todas maneras no puede lavarse las manos de la herencia que sí ha dejado, porque no combatió la precarización laboral tanto privada como pública con todas sus fuerzas; sin ir a fondo, combatió a algunas corporaciones y favoreció a otras; permitió la corrupción dentro del Gobierno; fomentó el consumo de bienes y servicios, en muchos casos subsidiados, sin tener en cuenta los perjuicios futuros; no fue tras los cómplices civiles de la dictadura y muchos de ellos son los que están detrás del actual gobierno democrático.

Podría seguir enumerando deudas pendientes, pero la nota se haría interminable. Algunos dirán que es fácil hablar desde afuera, con los hechos consumados y que pese a todo perdió por un 1,6%. Tienen razón, el ejercicio del poder no es fácil y hay que hacer equilibrio para no caer (o que te tiren) por el precipicio.

Desde mi visión particular creo que hay que soñar e imaginar una Argentina superadora del kirchnerismo, un país en donde las prioridades sean claras, en donde todos puedan tener una vivienda y un trabajo digno, acceso real a la salud y la educación, con desarrollo sustentable priorizando el futuro del medioambiente para las futuras generaciones, fomentando el cooperativismo entre las personas y la integración latinoamericana, erradicando la corrupción y el clientelismo, castigando a los grandes ladrones y no criminalizando a los postergados.