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La Casa del milagro

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La mayoría de las viviendas no tiene revoque, están desnudas pero sin pudor, alguna un poco maquillada, pero la norma es la desnudez de los cimientos. En las plantas bajas y de forma azarosa, hay negocios: un almacén, un lavadero, dos kioskos, todos abiertos y con las veredas repletas de gente que camina, espera, charla, entra o sale de los pasillos. Según el mapa del GCBA, que sirve de guía, a los costados de la Avenida General Iriarte debería de haber un espacio verde ni bien pasada la calle Luna, poniéndole fin al perfecto trazado cuadricular de la urbanización porteña. Allí, no hay ningún descampado. Hay villa.


La 21-24 –Barrio Zavaleta- ostenta el triste record de homicidios de la Ciudad de Buenos Aires, ocurre allí, según cifras de la Policía Federal Argentina, el 23,6% de los homicidios registrados en la Capital Federal. Su población, calculada en alrededor de 50 mil habitantes, está compuesta en un 70% por inmigración regional.


Colectivos, camiones, bicicletas, autos, peatones, pero sobre todo camiones y peatones, rebosan la columna vertebral del barrio. Las construcciones lindantes ya no siguen ningún orden catastral, simplemente están, son, existen. Se elevan como por obra del azar: una mide dos pisos, otra tres, de alguna sale una escalera a una falsa terraza que oficia de ingreso a otra casa, la numeración se pierde, nacen los bises, los al fondo, las segundas puertas. Son producto de la crisis habitacional de la Ciudad y el Gran Buenos Aires, son el resabio de políticas económicas excluyentes que, paulatinamente, fueron expulsando a los pobres de la comunidad porteña. Se calcula, que hoy en día, alrededor de 200.000 personas viven en villas de emergencia de la ciudad.
-Disculpe señora, ¿la Casa de la Cultura?-
-Todo derecho, la vas a ver, está llena de colores- responde una vecina


En la numeración 3500, está la Casa de la Cultura inaugurada por la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner hace poco más de un año. “Es un milagro de la política” resumió entonces la Presidenta, haciendo referencia a la fuertísima inversión sin precedentes -con $20.803.864- para un barrio con las características de Zavaleta. Un dirigente opositor, por esos mismos días, auguraba el destino de la obra bajo un manto de fracaso y corrupción, denunciándola como un nuevo elefante blanco cuyo destino sería el de perderse para siempre en las entrañas de la 21, corriendo la misma suerte que el hospital de Ciudad Oculta. A un año de haber nacido el elefante, está pintado de varios colores, vivisimo y coleando.


La vecina tenía toda la razón, el edificio es imperdible. Rojo, verde, amarillo, celeste, las paredes externas de la Casa de la Cultura están pintadas prolijamente de distintos colores que resaltan su presencia en el corazón del barrio. Prácticamente secuestra la vista: no hay forma de pasar por allí y no percatarse de su existencia.


Es llamativo el paisaje con el que uno choca en medio de la 21: en la vereda, terminaciones propias de Recoleta, una luminaria pública impecable y grandes plotters coloreados con información de las actividades, le suman más vida a las paredes multicolores de la fachada. Acostumbrado a la falta de inversión pública en las zonas pobres de la ciudad, a uno le parecería estar en otro lado.
Sobre la puerta de ingreso, un afiche, llama a votar en las Elecciones Generales del Estado Plurinacional de Bolivia. La dependencia del Ministerio de Cultura, entre muchas otras cosas, oficia de recinto electoral para la comunidad boliviana, que representa alrededor del 30% de la población del barrio según estimaciones estadísticas de la Ciudad. Pero del otro lado del ingreso no se encuentra Evo Morales, está George Walker Bush: el perfil del ex Presidente norteamericano, impreso en una gigantografía y custodiado por la fulminante mirada de Néstor Kirchner –sintetizando en un click la cumbre del ALCA-rajo- da la bienvenida. La fotografía forma parte de la muestra 30 años de democracia que ocupa la mitad del salón de acceso. En el otro sector un grupo de chicos juega en computadoras.


-Es un Núcleo de Acceso al Conocimiento donde los chicos pueden usar internet, jugar videojuegos, o estudiar. Es otra forma de inclusión- explica Natalia. Indica que en la Casa, además de la muestra fotográfica, funcionan distintas actividades culturales: obras de teatro, talleres de pintura, de dibujo o de vitreaux. También trabaja allí el grupo “Teatro por la 21”, del que participan vecinos villeros. Es otro curso, sin embargo, el más llamativo: los sábados a las 9:30 hay taller de remo. Sí; en la Casa de la Cultura de la Villa 21 dan clases de remo y una foto con dos canoas surcando las aguas del Riachuelo, lo confirma.


Al salir del establecimiento, una gran placa de mármol, destaca con nombre y apellido a cada uno de los obreros que trabajaron en la construcción: la Casa de la Cultura la construyeron los vecinos. Agustín Acosta y Felipe Vera Valdés le ponen, respectivamente, inicio y fin al largo recorrido de nombres, homenaje clásicamente reservado a la empresa constructora y al equipo de arquitectos, que aquí ocupan el final del listado.

 

El barrio
Una medianera le pone fin a las paredes multicolor de la Casa de la Cultura, el beige y la sobriedad se apropian del contorno. Junto a la Casa de la Cultura funciona la Escuela de Educación Media número 6, está enrejada y tiene seguridad privada, pero es una escuela pública. El moderno edificio –de apenas 6 años- tiene en estos momentos sus pasillos despejados y silenciosos; no son horas de cursada, pero el Vicedirector Roberto Juarez sigue trabajando en su oficina.


Juarez es Vicedirector desde principios de año, aunque sobre sus espaldas carga una década de experiencia en un colegio de similares características: la número 3 de la villa 1-11-14 del Bajo Flores, donde al igual que en la 6 de Barracas hay que tomar mayores responsabilidades sobre el alumnado que las que corresponderían a un colegio común y corriente. En la escuela se aprende, pero también se desayuna, se almuerza y se merienda.


-La Casa de la Cultura brinda un montón de actividades que pueden sacar del contexto, o del entorno, a los adolescentes y adultos. Por lo menos una o dos horas los saca de la rutina perversa de no tener el dinero para ir al cine o al teatro. Acá lo tienen porque la mayoría de las funciones son gratuitas- analiza.


El colegio tiene tres cursos en primer año, pero uno solo en quinto, dejando en evidencia que solo un tercio del alumnado tiene la posibilidad de terminar sus estudios secundarios, producto de las dificultades de la vida, que allí es un poco más dura. “Hay desarraigo, desamparo, desalojos, usurpaciones. Y los chicos están en el medio” advierte. En esas situaciones, sobre las que al Colegio se le dificulta intervenir, se recurre al padre Toto.


Política y religión
El padre Lorenzo de Vedia, Toto, está a cargo de la parroquia Nuestra Señora de Caacupé desde el año 2011, luego de que el padre pepe –el párroco anterior- fuese trasladado a otra diócesis tras sufrir fuertes amenazas por parte de grupos narcotraficantes contra los que combatía incansablemente. Toto, se podría decir, tiene sus mismos principios.


La Parroquia se encuentra sobre la Avenida Osvaldo de la Cruz, segunda arteria de la Villa 21, que atraviesa horizontalmente todo el barrio Zavaleta. El edificio de la curia es modesto, engaña, da la sensación de ser un lugar de culto más, donde hay misa en diferentes turnos. Sin embargo allí funcionan un colegio secundario y una radio, se reciben donaciones, se organizan actividades barriales, entran y salen vecinos, hombres, mujeres, niños. Hay una guardería, hay colchones apilados, bolsas de pan, de ropa, de útiles. Más que una parroquia parece una tienda de campaña, y en parte lo es.


Toto, descendiente de Bartolome Mitre, en su oficina tiene una foto del Padre Mugica, un pañuelo de las Madres, un retrato de Francisco y un escudo de Colón de Santa Fé. Defiende la integración social como contrapropuesta a la urbanización o erradicación de las villas y plantea la necesidad de otorgarle a sus habitantes los títulos de propiedad de sus viviendas.


Sostiene que en la sociedad hay, principalmente, dos visiones erradas sobre las villas: “una romántica, de que son todos pobres oprimidos de un sistema injusto y otra cargada de prejuicios estigmatizantes hacia sus habitantes, donde se los piensa como delincuentes, como chorros. Pero hay un ánimo en la sociedad de querer mejorar eso. La presencia del Estado” en estos barrios “mejoró, porque antes era ausencia total, pero es necesario ordenarla”. más que para romper barreras, dicen, la Casa de la Cultura sirve para tender puentes.


Toto sostiene que debe darse sí o sí una complementación entre política e Iglesia ya que “la Iglesia tiene una profundidad a esferas sobre las que el Estado nunca va a llegar y el Estado tiene recursos para otras cosas, que la Iglesia no tiene”.


Similar postura tiene Liliana Piñeiro, Directora de la Casa Nacional del Bicentenario: “La Casa de la Cultura de Barracas estaba dentro de este programa de Casas del Bicentenario. La idea es generar polos culturales en todo el país, donde se trabaje con la identidad regional”. En ese sentido, la Casa de la 21 “es casi el templo de la cultura, siendo el primer caso en nuestro país donde se instala –desde el Estado- un espacio cultural dentro de un barrio de emergencia”

-El día en que la Casa de la Cultura y las villas dejen de ser noticia, será que finalmente se cambió algo- sentencia Toto. Piñeiro espera, por su parte, que cuando las generaciones futuras repasen la historia de estos años en los que se celebraba el bicentenario de la Patria, lo observen “como el momento en el que se pensó en el otro, en todos los otros, achicando diferencias”. Ojalá no se equivoque, y que los elefantes multicolores se reproduzcan a lo largo y ancho del país, perpetuando el milagro.