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La agobiante y poco cuidada carrera hacia la eterna belleza

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Para quienes ya tenemos unos cuantos años no resulta difícil recordar aquellos tiempos en los que florecían los parripollos, los videoclubs y las canchas de paddle. Valga la comparación, irónica claro, para graficar el boom que vivimos hoy día con los centros de belleza.

Cada dos cuadras encontramos uno. Nos bombardean con mails, nos persiguen en las redes sociales, nos acercan ofertas “irresistibles”... si pagás en efectivo, si venís con una amiga, sólo por hoy, si compras muchas sesiones...

Las opciones son variadas y van desde depilación definitiva, lipoescultura láser, dermopigmentación, rejuvenecimiento facial mediante microdermoabrasión con punta de diamante, inyecciones de botox, electroestimulación de glúteos, reducción de várices, eliminación de estrías hasta implantes mamarios y cápsula  de oxígeno adelgazante.

Todo parece mágico, simple  y a un click de distancia.

¿No será demasiado? ¿Se puede ofrecer una "teta" con la misma seriedad y responsabilidad que se vende una bolsa de dormir, una cacerola o pen drive?

Mi sensación es que los requerimientos que debemos cumplir en esta sociedad exitista y competitiva son cada vez mayores. Lo mismo ocurre con los parámetros de la belleza: se elevan continuamente de manera que siempre tenemos que hacernos un tratamiento nuevo. Se trata de un horizonte imposible de alcanzar o bien, llenarnos de cupones de descuento.

Las mujeres “tenemos” que ser profesionales, cuidar a nuestros maridos, ocuparnos de la casa, criar a los chicos y además, estar siempre divinas.

Pero hay algunas cuestiones -mayores- que están siendo subestimadas. No tenemos que dar por sentado todo lo que se nos impone. Podemos querer mantener las marcas de expresión en nuestro rostro y tenemos derecho a aceptarnos como somos. Podemos querer priorizar nuestra salud por sobre nuestra imagen y podemos cuestionar el costo de la estética. No hablo del económico, ya que ese podría llegar a ser el menos relevante. Me refiero al precio que estos tratamientos pueden tener sobre nuestra salud.

Quiero decir: ¿estamos dispuestas pagar las consecuencias de los deseos muchas veces impuestos?  Toleramos el dolor, nos sometemos a dietas y tratamientos desconocidos porque queremos estar flacas y jóvenes pero ¿no deberíamos preocuparnos primero por estar sanas física y psíquicamente?

Se trata, incluso,  de una debate interno entre lo que somos y lo que los estereotipos nos dicen que tenemos que ser. No es sencillo mantenerse al margen de tanta “oferta” promisoria. Pero lo verdaderamente preocupante es, en todo caso, que no existe como contrapartida una verdadera política pública que incluya fuertes campañas de sensibilización y concientización acerca de la importancia de la realización de estudios anuales para la detección precoz de enfermedades frecuentes en las mujeres. 


¿Y los controles?

Me refiero a controles de toda índole. Desde la habilitación del establecimiento pasando por los materiales que utilizan hasta los profesionales que realizan las prácticas, que por cierto, en la mayoría de los casos, ni siquiera lo son. Si tenemos suerte, en la primer visita nos atiende algún especialista, pero a lo largo del tratamiento debemos conformarnos con personal muy simpático, con alguna experiencia pero ningún título que avale su trabajo sobre nosotras. 

Sin dudas el límite y parte de la responsabilidad es personal, entonces... ¿no será que nosotras mismas somos las que nos cosificamos cada vez que hacemos lo imposible por tratar de encajar en moldes que nos son ajenos?