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La experiencia Turbo

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Mis hijos siempre me piden una mascota. Ellos sueñan con algún pero pequeño o un gato. A decir verdad a mí no me gustan los gatos pero amo a los perros. Y si son bien grandes mejor. Lo cierto es que durante una cena, un día de semana, salió el tema y les expliqué que en un departamento no es sano tener un perro. Argumenté que el animal necesita espacio, si es al aire libre mejor del tipo de una terracita o patio. Además sostuve que habría que bajarlo a hacer sus necesidades, mañana, tarde y noche y sobre todo, cuando nos fuéramos de vacaciones, no muchos lugares aceptan mascotas y habría que dejarlo al cuidado de alguien.

Paso. Solo dos días después de aquella avanzada infantil, al llegar a mi hogar, me encuentro con mi hija, de 7 años, que me dice que cierre los ojos y me llevó de la mano hacia al balcón. Me pidió que me detenga en un determinado lugar, y me gritó: “Ahora, abrílos”. Yo, la verdad no veía nada en ningún lugar, sin embargo ella, ansiosa, me despabiló: “Pero papá, acá, en la maceta, no lo ves. Es mi nueva mascota”. Me agaché a observar con detenimiento la maceta y descubrí en ella un caracol de tierra: con su caparazón su cuerpo afuera y sus antenas bien ergidas. “Se llama Turbo”, me dijo mi hija con una cara de felicidad, que me enterneció. Así fue como los viajes a ver a Turbo en el balcón se fueron sucediendo en diversos horarios. A la noche para ver si descansaba o arrimarle más pastito para que se alimente. Por la mañana, antes de ir al colegio para llevarle el desayuno. Hasta quiso acercarle un poco de leche y galletitas, Pero entendió que lo caracoles no comen esas cosas en la vida real, y a lo mejor solo lo hacen en las películas.

Esa misma tarde, al llegar a casa, había ambiente de velorio. “Turbo se escapó”, me dijo ella. El caracol había desaparecido de la maceta. “Vení, vamos a buscarlo bien”, insistí yo con gran optimismo. La búsqueda fue en vano. Turbo no estaba en ninguna maceta. “Y si se cayó para abajo?”, me preguntó. Insistió en ir hasta la vereda, mientras caía la noche para cersiorarse de que Turbo no hubiera caído desde el quinto piso a la vereda. A tal punto estaba compenetrada ella con su mascota, que muy decidida, entró al Kiosquito que está justo debajo de los balcones. Ella con preocupación por el destino de su mascota, le explicó al kiosquero que si llegaba a ver en la vereda a un caracol, se lo guardara porque “era su nueva mascota, Turbo, que había desaparecido de la maceta en la que vivía sin dar ninguna explicación”.

Al día siguiente Turbo apareció. No sabemos ni cuándo ni cómo, el caracol se había mudado de maceta y había elegido otra que está en el extremo del balcón. Con la aparición de Turbo volvió la alegría al rostro de la pequeña.

Pero no sería por mucho. Peor fue la reacción cuando, a la mañana de un sábado en que salió con los ojos aún dormidos, descalza y en piyama al balcón a desearle los buenos días a Turbo, notó que el caracol ya estaba inmóvil. No respondía a sus caricias, ni a ningún estímulo.

Apareció corriendo al costado de mi cama, y con su dedo en mi cara, me despertó con la novedad. Obviamente, así como estaba me incorporé y me llevó de la mano al balcón. Me arrodillé junto a ella, frente a la maceta donde yacía Turbo, inmóvil, quieto…muerto.

“Se murió Turbo, Papá”, preguntó quizá con la esperanza que yo le dijese que no. Pero, el pequeño caracol de tierra, estaba bien muerto. “Si, se murió, capaz que esta maceta no era el mejor lugar para él”, dije yo, sin pensar como para aquietar su angustia. Me abrazó, y se largó a llorar. Asistía al primer duelo de mi hija, en vivo y en directo, con la victima aún fría delante de nosotros dos. “Tenemos que hacerle una tumba”, me dijo. Después lo vemos, contesté. En ese momento, lo único que quería era calmar su llanto, servirle el desayuno y armarle alguna actividad, como para que procese, los más rápido que pueda, la muerte de su mascota Turbo.