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Malditas Navidades

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Desde hace muchos años cuando llegan estas vísperas de navidades y fin de años me siento un kelper. Observo la felicidad en la cara de los otros, las corridas con paquetes por las calles y como que no me siento parte de esas celebraciones. La verdad es que detesto profundamente los espíritus navideños.

Y no es que estoy loco, no, lo cierto, después de muchos años de reflexión, es que estas épocas no han sido en vida momentos alegres, felices o inolvidables. Fueron momentos patéticos.

Cuando era un niño y vivía con padres, abuelos y tía en una casona grande del corazón del barrio de La Boca, la cosa era un poco diferente. El 24 era una sucesión de visitas a casa a compartir un vermouth y nosotros íbamos al café “Iaccarino”, frente a casa, a compartir otros tantos con amigos de padres y abuelos. Eso era divertido. Pero las horas previas a la cena familiar la cosa comenzaba a ponerse fea.  La primer discusión o pelea era por la acomida. Una parte de la familia elegía una cosa y la otra parte quería otra. Esas partes estaban divididas entre la familia de mi madre y por el otro, la de mi padre. No era fácil llegar a un acuerdo y aunque así sucediera, alguien infiltraba en la mesa algo fuera de agenda. Y la cosa comenzaba a tomar temperatura.

Mientras se comía, la cosa comenzaba a pasar a castaño oscuro. La familia materna era peronista e hincha de Boca, y la paterna radical y de River. La conversación comenzaba por la política, y ahí arrancaban los gritos y referencias personales, que ofendía. Y Después, cuando una de las tías de mi madre pedía a los gritos cambiar de tema, se pasaba al fútbol. Para que. Ahí ya se pudría todo.

Los gritos se convertían en acusaciones, algunos comenzaban a enrostrarle a los otros cuitas pendientes de algún clásico y los hombres terminaban parados a los gritos.

Yo sentado, observaba desde abajo todo ese circo. Me parecía divertido a mis cinco años, pero había una carga de agresión y violencia importante.

El tercer sktech de la noche arrancaba cuando, tipo 11.30, algunos seguían comiendo en paz, las bandejas seguían en las mesas y a mi vuelo materno, ya le iba agarrando la locura de que había que sacar todo y poner la mesa del brindis con el pan dulce, las nueces, las avellanas, las almendras, los confites, los turrones y cuantas más cosas mejor.

Otra vez los gritos y las discusiones, esta vez porque había algunos rezagadaos con la cena. Si hasta te sacaban el vaso del vino porque era hora de las copas para la sidra.

El clima ya estaba más que espeso. Sin embargo, a las 00, y cuando se escuchaban las sirenas de los barcos del puerto, todos brindaban, se abrazaban, se besaban, se deseaban los mejor y listo, acá no ha pasado nada.

A medida que fui creciendo y nos mudamos, todo ese familión se desmembró y cada uno fue a vivir a su casa. Lo que resultó en un problema grave para organizar las fiestas venideras.

 Mi madre que no quería ir a la casa de su cuñada, la hermana de mi viejo. Mis abuelos maternos que querían ejercer el control sobre lo que se iba a comer. Mis otros abuelos que preferían otro Pan Dulce “porque ese que ponen siempre (se refería a mi otro abuelo, el de Boca y peronista) tenía pocas frutas abrillantadas”.

Así crecí, con la sensación de que cada fiesta, era el comienzo de una etapa de beligerancia familiar importante.

Pero la cosa no paró. Cuando logramos, después de muchos años, de convencer a mi vieja que era tiempo ya de pasar aunque sea una fiesta con mi tía, la hermana de mi padre, y ella aceptó, me dí cuenta que todo iba a ser al pedo. Esa noche de navidad, después de las 12, tive que separar a mi primo de mi tío para que no se cagaran a trompadas delante de todos, y encerrarlo conmigo en la cocina. Mientras afuera, en el comedor, mi vieja y mi tía, ya reconciliadas, no paraban de llorar. Un desastre. A partir de ahí, mie viejo sentenció su nunca más.

Ya cerca de los veintipico, el problema comenzaron a ser los viejos, mis abuelos y las tías de mi vieja. La cosa, en los días previos, comenzaba con la habitual psicopateada. “No gracias, si yo no puedo caminar. Disfruten ustedes que yo me quedó acá en casa sola y tranquila”, le decía su tía a mi madre, y ya le clavaba el puñal de la culpa. Mi abuelo materno, viejo y fatigado, ya no peleaba por controlar ni el menú, ni la organización del evento. Estaba entregado a las decisiones de los demás. Pero su mujer, mi abuela, sí tomaba posición. Y lo hacía con placer. La única condición que ponía era, conseguir turno en la peluquería para estar buena moza.  Si así no ocurría, no la sacaban de su casa ni los bomberos.

Fue la época en la que mi viejo debió cargarse sobre sus espaldas la responsabilidad de cumplir el rol de remisero. Y así fue como, el 24 por la tarde a bordo del viejo Gordini (después sería un Fiat 600) comenzaba con el traslado de ancianos a casa. A mí, la cosa siguió pareciéndome patética. Lo veía a mi viejo como un esclavo de mi vieja llevando y trayendo a la ancianidad de su familia. Y encima, las tías de mi vieja no ayudaban para nada. A las 12 y 30, se levantaban y le pedían que las lleve, pero siempre coincidía con un momento en el que mi viejo se reía a carcajadas por algo o alguien. Y el, sin chistar, miraba a mi vieja, se levantaba, agarraba las llaves del auto de turno y comenzaba con los traslados.

Nunca se pudo quedar sentado, más allá de esa hora, bebiendo algo conmigo y charlando. La obligación, lo llamaba.

La única vez en mi vida en que desee estar las fiestas en familia fue en diciembre del 83. Yo estaba en el servicio militar en Junín de los Andes y como más que un soldado mi rol era el de mozo, me anticipé a la angustia que el clima previo me provocaba y pedí estar el día 24 de guardia hasta el 25. Recuerdo al atardecer, tipo las 20, cuando las familias comienzan a movilizarse todas con un paquetito de comida o bandeja. A esa hora me tocó estar apostado en el barrio militar, y las familias comenzaban a salir, de punta en blanco, para otras casas. Me sentí solo y triste, y a pesar del casco y el fusil, lloré. Extrañaba a mi familia, je.

Después de eso las fiestas siguieron siendo más o menos igual que siempre, pero comencé a sentir siempre, ya en el día previo, una sensación de angustia en la boca del estómago.

Hoy ya adulto, sin abuelos y padres, pero con esposa e hijos, soy yo el que me reflejo en el espejo de mi viejo en las fiestas. Soy yo el que sin chistar, y sin importarle, va a donde dispone mi esposa, porque su madre aún vive, su hermana está siempre cerca, y mi hija más chica aún disfruta con la ceremonia de los regalos. A mí siempre me tocan pañuelos, algún par de medias y con suerte algún perfume de oferta que jamás voy a usar.

Yo voy a donde me lleven las circunstancias y mi familia. Pero voy cayendo en la cuenta en que jamás elegí como pasar una navidad. Solo pude hacerlo una sola vez.

Fue la navidad de 1995, cuando propuse ir a comer afuera y así lo hicimos con una familia amiga. Comimos rico, nos atendieron bárbaro, nos reímos y disfrutamos. Pero se notó el dolor que causa la ausencia. Lo sentí.

Dos meses antes, una mañana y sin avisar, mi viejo decidió que esta vida ya no era para él y se fue. Se murió.

Esta navidad, otra vez iré a donde me lleven, hablaré de trivialidades, comeré lo que pongan delante, me dibujaré la mejor sonrisa en mi boca, beberé y desearé felicidades a los presentes.

Pero el premio mayor será abrazar fuerte a mis hijos, besarlos muchos, reírme con ellos hasta que me digan que mi suegra ya está para irse. Y otra vez el espejo volverá.