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Riquelme, el Señor 10

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“El club está por encima de todo”, dicen. Generalmente coincido. Ahora, el alejamiento -desde hace 10 meses, definitivo- de Riquelme de Boca me hace mucho más ruido. Prácticamente el uno hace al otro, no los puedo separar. Mi subconsciente no me lo permite. Hay algo en mí que es imposible de cambiar. Es mi vida, mi infancia, los recuerdos. De ninguna manera puedo arrebatárselo a mi esencia, mi naturaleza. 

En el pasado cercano, los mejores momentos de Boca lo tuvieron al Señor 10 como estandarte, como dueño de los flashes, como el actor protagónico de las jugadas que llevaron a Boca a la gloria. Si pienso en Boca, en un jugador de Boca, inmediatamente la asociación es cantada. En mi diccionario, son sinónimos.

Román es Boca porque con su fútbol lo hizo más grande. El hincha se apropió de él, lo hizo suyo para siempre. Y a mi me pasa lo mismo. Difícil será ver a otro con la '10'. Durante un buen tiempo, seguramente me sentiré traicionado. Riquelme es el portador de ese inmenso y mítico número en la espalda. El que llevan los ídolos, a los que sólo se los identifica con la simple mención de ése número tan especial.

Román también es titular indiscutido en el equipo de unos pocos privilegiados, los que son señalados por su nombre de pila. Ése equipo invencible donde juegan, entre otros, Diego, Enzo, Angelito y Don Alfredo.

Riquelme fue el único capaz de dividir las aguas. El único que logró que la gente le dijera NO a otro coloso como Maradona. Frontal y gran conversador del juego. Sólo y nada más que del juego. Para lo demás, héroe silencioso. Para lo erróneo, un ídolo al que todo se le perdonó.

El Señor 10 jugó en el patio de su casa durante tanto tiempo que si él no está me suena a usurpación. Román es una debilidad futbolística. Un hombre, un simple mortal, capaz de generar las más inmensas controversias. Porque de los intrascendentes, está claro, nunca se habla.

La danza que a los rústicos desaira. El más conceptual, principal entendedor del juego. De los mudos que sólo hablan en la cancha. Román es tuyo, Román es mío. Riquelme es de todos. Riquelme es cada grito de gol multiplicado en millones, cada alegría de título consumado, cada lágrima derramada por la derrota. Sólo él, con 17 años, logró ser ovacionado en su debut en La Bombonera. El primer capítulo de la imborrable historia -y desde enero de este año, leyenda- con la azul y oro.

Nunca admiré a superhéroes porque Román siempre ocupó el lugar de Superman.

Y no me lo pueden sacar. Y si me lo sacan es un delito. Porque desde que miro fútbol, desde que me apasiono, él está ahí, en su lugar de siempre.

El Capitán Román, con cinta y voz de mando, es el último gran enganche que el fútbol nos dio. Su estilo, no morirá jamás. El sutil pie derecho que a las multitudes cautivó. La elegancia para aguantar la pelota, el segundo antes para ver la jugada que prosigue. La pisada displicente y fina, el pase en un espacio inexistente.

No se la haga tan fácil a los 'sin talento', Román. Sin usted, Boca y el fútbol no serán lo mismo. Habrá un antes y un después, como sucede con los grandes acontecimientos de la historia. Sin usted, pierde el fútbol, por goleada. Eso sí, le aseguro, Señor 10, que estará por encima de todos. Para siempre. Porque como usted, Señor 10, no habrá otro igual.

Se va Román, se lleva la pelota y se termina el partido. Gracias por la magia, gracias por el fútbol.