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Posponer metas para más -mucho más- adelante, hacernos las distraídas acerca de algo que nos importa más que nada en el mundo, relegar ambiciones, creer que estamos divagando, son sólo algunos de los recursos frecuentes en los que nos apoyamos para tirar la toalla y no ir a full a por lo que nos ilusiona.

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Yo no sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero casi siempre soy la responsable de las piedras que aparecen en mi camino. Así que me puse las pilas y confeccioné una lista con las razonas más habituales por las que abandono el barco de los sueños antes de tiempo, y sin razón aparente.

  • Espero resultados muy rápidos

Siempre armo un plan mental de cómo debería ser todo, y si no llego al resultado en tiempo record, asumo que nunca va a suceder. ¡Paciencia! es la palabra a aprender, ¡todo llega a su tiempo!

 

  • Dejo de creer en mí misma

Ante el primer escollo, o el segundo, o el tercero, me doy la cabeza contra la pared y pienso que no sirvo para tal o cual sueño, que no soy capaz, que hay otro u otra que seguro lo hace mejor. Este es el momento ideal para mirarme con amor y saber que ¡claro que puedo! ¿Por qué no?

Atrevete a saltar para lograr tus sueños!

 

  • Me atasco al pasado

¿Cuántas veces habré pospuesto un deseo por pensar en que en el pasado algo parecido salió mal? ¿Cuántos de mis proyectos quedaron atrás por errores que no tengo porqué volver a cometer? ¿Cuántas veces más por día voy a detenerme a pensar en “cómo hubiera sido si…”? Somos hoy, nada más que hoy, a mirar hacia delante, ¡el pasado ya pasó!

  • Le temo al futuro

¿Y si eso que tanto deseo no es como lo imaginaba? ¿Y si después no me gusta tanto? ¿Y si me sale mal? El miedo a lo que no puedo contralar me paraliza, me estanca en un espacio en el que soy prisionera. ¿Cuál es? Si algo sale mal, ¡puedo probar otra cosa y listo!

  • Me resisto a los cambios

La rutina y lo conocido me generan seguridad, pero también me entregan toneladas de infelicidad y limitaciones. Me quedo pensando que podría estar mejor, pero cambiar me produce tanto temor que prefiero seguir como estoy a intentar evolucionar. Lo que no veo es que la impermanencia no me pregunta, ¡ocurre!

  • Le temo más al fracaso de lo que deseo el éxito

¿Hasta dónde llegan mis ganas de cumplir un sueño? ¿Qué soy capaz de arriesgar? Puedo sentir tanto pavor ante la posibilidad de fracasar, que prefiero no hacer nada. Pero fallar no es un fracaso, ¿lo podemos ver? ¡Es una nueva oportunidad!

  • Veo a mis errores como un retroceso

Cada artículo, cada libro sobre el funcionamiento del cerebro, cada nueva investigación cognitiva habla de la importancia de equivocarnos, de errar, de ver qué falló. A pesar de eso, sigo pensando que errar es retroceder. Hay que modernizarse, ¡equivocarse es aprender!

Este es el momento ideal para mirarme con amor y saber que ¡claro que puedo! ¿Por qué no?

  • Siento lástima por mí misma

Y si algo faltaba en la lista era la lástima, el sentirme débil, la compasión permanente que me brota por los poros cuando me miro al espejo. ¡Cómo me gusta llorar sobre la leche derramada, por Dios! Lo soluciono pensando en gente cercana que pasó una situación parecida a la que yo pueda estar atravesando, y si ellos no me dan lástima en absoluto, ¿por qué creo que tengo que sentirme así por mí?

Estoy segura de que te sentís identificada con algunas de las cosas que me pasan, o tal vez con todas. Y si nos juntamos a tomar el té y hablar de la vida, doy por sentado que te retirás pensando en lo segura de mí misma que soy, y yo de vos, lo mismo. ¿Qué pavotas que podemos ser las minitas algunas veces, no?