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Bien de Minitah

Sólo acepto que no me acepto

Por más que lo intento, nunca deja de importarme lo que los demás -sobre todo personas que no conozco- piensan de mí. ¿Alguien pudo alguna vez?

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Supe ser una mujer joven, desenvuelta, graciosa, inteligente, buena amiga, salidora, atrevida y hasta linda. Leía sobre las mil dietas para verme bien, tanto como notas acerca de aceptar los cambios físicos. Por supuesto, eran las del segundo rubro las que me identificaban… hasta que mi cuerpo empezó a cambiar de más. La teoría de la aceptación fue hermosa mientras fui joven, mientras me creí joven. No es que ahora me sienta vieja, pero me siento adulta. Muy adulta, que en mi vocabulario vendría a significar más o menos lo mismo.

 

Tengo onda, el culo todavía no me toca la línea de las rodillas, y hasta puedo quedarme con amigos hasta las 6 am sin morir al día siguiente. Pero entré en el sistema, no soy más revolucionaria, no me chupa un huevo lo que piensan de mí. Soy de manual, leo acerca del tratamiento de ultracavitación, el ortomolecular, la dieta de la luna, de la manzana, el nuevo spining... Me miro en el espejo y sobran cosas por todos lados, no puedo evitar compararme con las de veinti tantos y me quiero matar, ¡o matarlas a ellas, que sería mejor!

 

En New York ya se usan las modelos de talles más grandes

 

¿Qué es lo que hace que tenga tantas ganas de encajar en estos modelos dementes? ¿Por qué soy tan malvada y hablo de otra mujer como “la gorda del tercero”? ¿En qué momento entré a perder respeto por mi propio género?

Y en esto, justamente, quiero detenerme. Lo más doloroso de este tipo de comentarios tiene lugar cuando provienen, precisamente, de otra mujer. ¿No entendemos que ninguna está gorda porque le encanta? ¿Creemos que las narigonas son así porque alguien tenía que elegir las napias que no estaban tan buenas y ellas se coparon primero? ¿Alguien cree que yo no uso un short cortísimo porque estoy tan buena que quiero taparme?

Picasso – Mujer frente al espejo 

 

Cuando por la calle veo mujeres que, desentendidas de su celulitis, van orgullosas con las gambas al viento, las admiro, las aplaudo, pienso en lo grosso que es tener esa actitud que yo, claramente, no tengo. Me reverencio ante las brasileras con sobrepeso y micro bikinis, y pienso porqué corno las argentinas todavía no podemos.

Acabo de cumplir 40 años, y no quiero irme de vacaciones al invierno para siempre.