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Femm La primera mujer negra con un protagónico en cine

#ElStyleIconDeMinitah: Josephine Baker (1906-1975)

Guarra, feminista, megasexy, desinhibida, fue la primera estrella pop de la historia, precursora de las famosas stars que adornaron al mundo mucho después.

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Cantante, bailarina y performer, supo desplegar su carismática personalidad en el escenario cuando sorprendió a todos bailando enfundada en una falda confeccionada con 16 bananas y el torso desnudo, ¡en 1925! Fue en el Music Hall de Champ Elysees, París. Luchadora por los derechos de la mujer, militante antirracista y hasta espía en contra de los nazis, su look marcó tendencia total.

 

Josephine era sofisticada, moderna, exótica y atrevida. Puso de moda las cejas súper depiladas, las pestañas súper rizadas, el cabello oscuro y engominado, definiendo la línea estética de la época. Se decía que bailaba “como un mono”, pero supo echar por tierra a sus detractores con talento, simplicidad y absoluta libertad para toda su expresión.

Paseaba por las calles de París acompañada de Chiquita, una cheeta que lucía un collar de diamantes y unos dientes muy filosos. Era dueña de una sonrisa magnética y estaba orgullosa de su imperfecta y rara belleza.

Jo y su cheeta. Ambas salvajes.

Su historia tiene un arranque triste: nació el 3 de junio de 1906 en Saint Louis, Missouri. Su padre era un percusionista de vaudeville, y su madre una lavandera. Ahogados en la miseria, Josephine empezó a trabajar a los ocho años como empleada, y a los trece tuvo que dejar definitivamente la escuela. Con su sueño de ser bailarina a cuestas, a los quince consiguió su primer performance, y a los 16 ya llevaba dos matrimonios fallidos. Se le presentó la oportunidad de iniciar una gira de espectáculos en Francia y debutó bailando casi sin ropa. Se convirtió en una estrella del espectáculo parisino, musa inspiradora de fotógrafos y artistas como Pablo Picasso o Ernest Hemingway.  Actuó en Zou-Zou, film de la época, y fue la primera mujer de raza negra con un protagónico en el séptimo arte.

 

Su éxito convivió con el surgimiento del Art Deco parisino, envuelto en las líneas elegantes y formas geométricas de sus vestidos y sus peinados. Por otro lado, encarnó el lado salvaje y sobrecargado en el maquillaje de sus ojos, con un delineado extragrueso y negro, los collares de perlas y la profusión de accesorios varios como aros, brazaletes y anillos.

Ya convertida en rica y famosa, se ganó el apodo de La Diosa de Ébano y así disfrutó de su fama paseando su talento por toda Europa. Para aquel entonces, -a las puertas del auge del nazismo-, proliferaron los comentarios racistas en su contra contra y algunos grandes teatros, sobre todo en Alemania y Austria, le cerraron sus puertas.

Su grandioso arte sólo es comparable a su compromiso humanitario, y prueba de ello es la vida que llevó a partir de 1939, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y se inscribió primero en el voluntariado y más tarde en la resistencia francesa. Condecorada con la Legión de Honor y la Cruz de Guerra, creó una gran familia con niños adoptados procedentes de diferentes etnias -¡mucho antes que Angelina y Brad!-. Volvía al escenario de vez en cuando, pero sólo para mantener a esa numerosa familia. Justo antes de una de esas actuaciones falleció en París, en 1975, rodeada de amor y dejando tras de sí la irreverencia, el black-power-style y la belleza de lo imperfecto como tendencia.

 

Josephine y sus niños de todas las etnias.