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Policiales Guerra narco

Prisión perpetua por el homicidio de un sicario colombiano

Héctor Jairme Saldarriago Perdomo había pertenecido a las FARC y fue jefe de lo sicarios de un capo narco colombiano. Había llegado a la Argentina en 2010. Fue asesinado por un ajuste de cuentas.

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Un joven argentino fue condenado hoy a prisión perpetua por el crimen del ex guerrillero y sindicado jefe de sicarios colombiano Héctor Jairo Saldarriaga Perdomo, asesinado de siete balazos en el barrio porteño de Retiro en 2012 en el marco de una aparente guerra de narcotraficantes.

El fallo fue dictado por el Tribunal Oral en lo Criminal N° 1 contra Jonathan Emmanuel Aristimuño (25), quien fue hallado autor de "homicidio agravado por precio" y se le unificó con esta pena una condena anterior de 15 años de cárcel que tení­a en Lomas de Zamora.

Los jueces que votaron por condenar a Aristimuño son Martín Vazquez Acuña y Alberto Huarte Petite, en tanto que su colega Luis Salas se pronunció en disidencia, informó la agencia Télam.

En los alegatos realizados hace dos semanas, la fiscal Mónica Cuñarro afirmó que Saldarriaga Perdomo (39), alias "Mojarra" o "Guajiro", fue un ex miembro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y uno de los dos jefes de sicarios del famoso narcotraficante de ese paí­s, Daniel "El Loco" Barrera Barrera, actualmente detenido en Venezuela.

Sostuvo que llegó a la Argentina en 2010 luego de escapar de un atentado en Colombia por presuntamente haberse quedado con el dinero de una operación de 500 kilos de cocaí­­na que tení­­a como destino Estados Unidos.

"Mojarra" compró un campo en Concepción del Uruguay, Entre Rí­os, desde donde se vinculó con otro compatriota, Francisco Duque Salazar, actualmente prófugo y acusado de integrar una organización que enviaba cocaí­na a Europa.

El crimen se cometió el 17 de abril de 2012 a las 18.30 en Marcelo T. de Alvear y Talcahuano, cuando el colombiano recibió cuatro disparos en la espalda y luego fue rematado de otros tres en la cabeza.

Durante su huida, el asesino disparó, además, dos veces contra el sargento de la Policí­a Federal Elvio Rojas, que estaba de consigna y repelió el ataque, lo que obligó al sicario a escapar a pie y dejar abandonada la moto en la que habí­a llegado.

La moto del condenado quedó en la escena del crimen.

Además, el asesino tiró la pistola calibre 9 milí­metros usada en el crimen debajo de un auto, pero pudo ser secuestrada porque el policí­a advirtió esta maniobra.

Durante el juicio oral, la declaración de Rojas fue clave, ya que reconoció a Aristimuño en un video de un banco que grabó la huida del sicario y en la sala de audiencias lo señaló como la persona a la que habí­a perseguido varias cuadras hasta que se perdió entre la gente por la avenida Santa Fe.

Otra prueba contra el imputado es que en la escena del crimen se encontró abandonada una moto y en ella se halló una factura, a su nombre, de la concesionaria donde habí­­a sido comprada ocho dí­as antes, en Avellaneda. Cuando los detectives fueron al lugar, figuraba el teléfono del comprador, que resultó ser Aristimuño.