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"Nosotros somos la lealtad", los soldados que llevaron a Perón y Eva al Aconcagua

Hace 62 años, un grupo de suboficiales quiso honrar a Perón con una hazaña de extrema dificultad: montar bustos del general y su esposa en la cima del Aconcagua.

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Llevar a Juan Domingo Perón y Eva Duarte a las alturas, literalmente. Esa fue la meta que se fijó un grupo de militares como declaración de amor y lealtad a su líder, hace ya 62 años, en febrero de 1954. 

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Perón junto a Andrés López, su custodio personal e ideólogo de la expedición. 

El plan era sumamente complicado, pero no tanto para un grupo de hombres bien entrenados en la plenitud de sus fuerzas físicas: llevar bustos de aluminio de Perón y Eva a la cima del Aconcagua, la montaña más alta de Argentina. 

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El libro sobre la gesta de 1954.

El gestor fue el suboficial Andrés López, custodio personal del general, "que durante el bombardeo a Plaza de Mayo en 1955 defendió la residencia presidencial con fuego antiaéreo desde la terraza", le cuenta a BigBang Daila Prado, autora de Los Vencedores del Aconcagua, un libro sobre la gesta.

Tarea titánica

Poco a poco, se fueron sumando a López un total de 20 suboficiales del ejército. "Las motivaciones para la gran mayoría eran políticas: admiraban a Perón, a Eva y querían homenajear a ambos", apunta la escritora señalando que sin embargo uno de ellos, Marcelino Arballo, tenía una motivación más personal. 

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La desafiante cima del Aconcagua, de casi 7 mil metros de alto. 

"Era un deportista y sobre todo, montañista nato", explica Prado. "Quería subir otra vez al Aconcagua como demostración de esfuerzo y exigencia física y mental. Aunque también hay que decir que pidió llevar él solo y sin relevo el busto de Eva; los bustos pesaban mucho y estaban divididos en tres partes que luego se encastraban". 

La expedición partió el 28 de enero de 1954 desde el Puente del Inca y fue bautizada como "Sargento Miguel Farina" en honor a un militar que había muerto defendiendo al gobierno peronista cuatro años antes, durante la sublevación encabezada por Benjamín Menéndez.

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Los bustos de Perón y Eva en la cumbre. 

"No fue fácil porque el primer grupo no pudo hacer cumbre el día programado debido a una fuerte e imprevista tormenta", relata Prado. "Descendieron entonces hasta el refugio más cercano y volvieron a subir al día siguiente. Un grupo reducido llegó a la cima y comenzó a instalar los bustos, pero un fuerte viento les complicó la tarea. La temperatura llegó a los 20 grados bajo cero. De todos modos no hubo víctimas fatales, aunque sí heridos de cierta consideración, sobre todo por el congelamiento de dedos de pies y manos". 

Reconocimiento y caída en desgracia

Perón, quien le había dicho a López que la expedición era "una locura", recibió personalmente a los 20 suboficiales para felicitarlos por el logro. Además, recibieron la medalla de oro al mérito como gesto de gratitud

Sin embargo, la llegada de la Revolución Libertadora y la caída de Perón trajo -por supuesto- malos momentos para el grupo de suboficiales

"Hubo de todo: la mayoría de los participantes había sido degradados del ejército y algunos encarcelados", recuerda Prado. "Otros sufrieron en silencio, tratando de subsistir y mantener a sus familias. Los menos abjuraron (incluso públicamente) del líder derrocado y colaboraron con el gobierno militar". 

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Durante la Revolución Libertadora, cientos de efigies de Perón y Eva fueran destruidas. 

Pero la mayor tristeza vino cuando el gobierno militar decidió enviar su propia expedición para desmantelar los bustos y bajarlos de la cumbre del Aconcagua. López, quien acompañó a Perón en el exilio, eventualmente le sugirió -mediante un intermediario- un nuevo viaje para reinstalar las estatuas. "Dígale a Lopecito que está loco. Ya está viejo, cachuzo, que se deje de joder", se negó terminantemente el general. 

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Andrés López, en una imagen reciente. (Foto: Marcelo Aballay / Perfil).

De todas formas, López nunca se quiso rendir. Aseguró hasta el último día que no se iba a a morir sin haber visto los bustos nuevamente en la cumbre, "de donde nunca debieron salir". Siguió viviendo de su jubilación en Parque Centenario hasta los 90 años y falleció finalmente en julio pasado. No pudo volver a ver su sueño convertido en realidad.