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A tres meses de la desaparición, tres historias de familiares que cambiaron su vida

Cómo están hoy, qué reclaman y cómo siguen la búsqueda dentro y fuera de la Base Naval de Mar del Plata.

Por BrunoYacono Alarcón

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"Hoy, mi lugar en el mundo está en Mar del Plata"

María Victoria Morales nació en Tucumán el 14 de febrero de 1966 y vivió allí, en el barrio San Fernando, hasta mediados de octubre del año pasado. Junto a su esposo, Luis Victoriano García (59), viajaron hasta Mar del Plata el 21 de ese mes para compartir unos días con su hijo antes de que el submarino ARA San Juan zarpara hacia Ushuaia.

La visita, que tan sólo debía durar unos días, se prolongó por casi tres meses producto de la desaparición de la nave en cuya tripulación se hallaba su hijo, Luis Esteban García. Y todo cambió.

María era ama de casa y Luis realizaba todo tipo de changas: desde trabajos en la construcción hasta mozo los fines de semana. “Nunca nos sobró pero tampoco nos faltó”, cuenta Morales en diálogo con BigBang. Tras la noticia, su vida en Tucumán pareció haber quedado atrás. El trabajo, las responsabilidades y obligaciones quedaron de lado. “Hoy siento que mi lugar en el mundo es acá en Mar del Plata”, dice.

Luis García, submarinista del ARA San Juan.

A las 9.30, una combi la traslada desde el Hotel de la Armada hasta la Base Naval, actividad que se repite en su vida a diario, y que no quiere ni puede dejar. “Cuando no voy a la Base me siento vacía, que no hago nada”, explica la mujer que rechazó en más de una oportunidad pasajes para regresar por unos días a Tucumán. “El psicólogo me recomienda ir pero yo no quiero”, agrega.  

La tragedia en torno al ARA San Juan les permitió estar más cerca de sus nietos, Agustín, de tres años, y Nahuel, de tan sólo 19 meses, hijos de Luis y Gabriela Acosta. Incluso, el tiempo libre junto a los pequeños se convirtió en la única actividad que los aleja por unos instantes de la tristeza por la falta de datos sobre el submarino. “Mi nieto más grande me pregunta por qué no voy a buscar a papá, y yo le digo que no puedo. Es duro”, reconoce.

Luis, rodeado de su familia.  

A veces, María camina hacia la costa y mira al mar, un sitio con el que parece tener una deuda pendiente desde el 15 de noviembre de 2017. “Le pedí varias veces que me devuelva a mi hijo, y ahora cuando miro y se me caen las lágrimas le digo que lo cuide”, narra. En otras oportunidades, sale a caminar con su esposo y los niños por la peatonal San Martín.

A pesar del difícil momento que atraviesa, María aún encuentra motivos para sonreír. Incluso, ayer, fue su cumpleaños número 52. No quiso que muchos la saluden, no encontró momentos para el festejo: se ocupó durante todo el día de los preparativos para la movilización que tendrá lugar hoy en la Base Naval.

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"No me siento preparado aún para manejar un colectivo"

De Jujuy a Sarandí. Daniel Polo decidió dejar su San Salvador natal hace 28 años para instalarse en Buenos Aires junto a su esposa Margarita Ventícola, y el pequeño Alejandro Daniel Polo, quien para ese entonces tenía tan sólo cinco años.

Dos años después se convirtió en chofer de la línea 102 y manejó sus colectivos hasta el 15 de noviembre de 2017. Tras la desaparición del ARA San Juan, Polo abandonó sus tareas y hoy se encuentra con licencia médica. “No me siento preparado aún para manejar, agradezco a la empresa y delegados por el apoyo”, cuenta a BigBang.

Previo a la tragedia del ARA San Juan, disfrutaba de mañanas tranquilas en Sarandí, donde antes de ir a trabajar aprovechaba para realizar arreglos en su casa. Hablaba casi a diario con su hijo y de vez en cuando viajaba a Mar del Plata para verlo. A esas escapadas de fin de semana solía sumarse, siempre que el trabajo y estudio se lo permitiesen, Gisella, la hermana menor del submarinista.

Alejandro Daniel Polo, submarinista del ARA San Juan. 

La estadía de Daniel Polo en Mar del Plata es algo más amena cuando decide visitar la casa de su nuera, Verónica, y sus nietas. La mayor tiene 10 y la menor tan sólo un año. Su situación se volvió compleja tras la desaparición de Alejandro. Ella es ama de casa, y a pesar de que aún percibe el salario de su marido, en pocos días debe abandonar la casa que alquila y aún no halló otro hogar al no poder presentar recibo de sueldo y garantía propietaria.

La vida de Margarita también cambió por completo. Trabajaba en casas de familia y todavía no puede superar la desaparición de su hijo. “Dejó porque estaba muy mal”, asegura Polo. Ambos visitan a diario la Base Naval y mastican bronca con cada parte sin novedades sobre la nave. “La Armada mintió, esconden muchas cosas”, dice, con enojo, el padre de Alejandro. “Mi mayor deseo es que aparezca y terminar con todo esto”, suplica.   

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"Hoy tenía que arrancar en la escuela pero no pude"

Ayer, 14 de febrero, Marcela Moyano debía regresar a sus tareas como docente de la escuela Nº 58 de Mar del Plata, pero no pudo. En los días previos creyó que podría quitar de su mente -al menos por unas horas- la desaparición del ARA San Juan y concentrarse en su tarea profesional, pero algo se lo impidió.

Antes del 15 de noviembre de 2017, Marcela dividía su vida entre sus hijos, Nicolás (25) y Virginia (22), su trabajo, un curso de acompañante terapéutico, el gimnasio y el amor que compartían con Hernán Rodríguez, tripulante del submarino. Ahora todo cambió.

“Hoy (por ayer) tenía que arrancar y no pude”, explica, y agrega: “Tengo tres días de licencia, pensé que podía, seguramente veré si los puedo extender”. La cercanía entre el inicio de su labor como docente y los tres meses de desaparición del submarino le jugaron una mala pasada.

Marcela y Hernán Rodríguez. 

Desde hace un tiempo, Marcela concurre a una psicóloga particular que contrató por IOMA, a quien visita una o dos veces por semana para desahogarse y sacar el dolor de su interior. Sus días, como la del resto de los familiares, sufrió un giro de 180 grados.

Hernán me iba a buscar todos los días a la escuela y luego él se iba a trabajar, hacíamos las compras, íbamos a tomar un helado, un café. Por lo general cenábamos juntos y disfrutábamos mucho los fines de semana. No sé dónde están esos momentos”, exclama.

A pesar de tener su propia casa en Mar del Plata, Marcela suele dormir en la Base Naval, y allí, por las noches, mira el techo y se pregunta qué hace allí. “Suelo tener un rosario en la mano y me pregunto hasta cuándo voy a estar así”. Su visita continua a la que fue la casa del submarino hasta noviembre, se debe, en buena parte, a una sensación de pertenencia. “Si yo estoy ahí, me siento bien. Sé que estoy haciendo algo, luchando para que los encuentren”, lanzó.

Tras la partida de Hernán, sus hijos se convirtieron en el motor para continuar. El mayor vive en Mendoza, donde se recibió de Ingeniero Industrial y la menor en Buenos Aires. Los estudios de Virginia se vieron interrumpidos a fin de año por el trágico final del ARA San Juan. Los dos dejaron todo y viajaron a MDQ para acompañar a su madre.

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