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Soy #ProVida, por eso estoy a favor de la legalización del aborto
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Soy #ProVida, por eso estoy a favor de la legalización del aborto

Por Manuela Fernandez Mendy

Asesina. Abortera. Feminazi. Mata machos. Pro percha. Puta. Promiscua. Y la lista de adjetivos descalificativos que me gritaron en la calle estos últimos días sigue. Incluso, algunos llegaron a esgrimir un “lesbiana” como término insultante. En fin: la calle está caliente y salir con un pañuelo verde parece, para muchos, una suerte de declaración de guerra. Una invitación a una catarsis mal canalizada con una sociedad que todavía no termina de entender qué es lo que se debate.


Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir

Esa tergiversación no es ingenua: conviene correr el foco, sirve hacerlo. Es funcional instalar absurdas disputas satélites -que en muchos casos incluso llegan a contener argumentaciones místicas- en vez de encarar la sangrienta problemática que se manifiesta día a día en las guardias de los hospitales públicos. En definitiva, aunque quieran invertir horas en debatir cuándo comienza la vida o embarrar la cancha con argumentaciones que rozan la incoherencia, la pregunta que tenemos que hacernos es una sola: ¿queremos que el aborto siga siendo clandestino en la Argentina?

Si algo tengo que agradecerle al empantanado debate es que, a lo largo de estos últimos meses, mi capacidad de asombro se potenció como nunca antes. Escuché y leí argumentaciones –o intentos de- dignas de un cuento de ciencia ficción. Teorías sostenibles sólo en un universo paralelo. Leí a especialistas de renombre y con gran exposición mediática comparar un embarazo con un “trasplante”. También apelar a la leyenda bíblica de Moisés para explicar que, si su madre hubiera tenido la posibilidad de abortar, la suerte de las religiones monoteístas occidentales hubiera sido otra.

Escuché a una mujer del espectáculo asegurar que al patriarcado se lo combate “mostrando las tetas” para comprarse una propiedad y darle así un techo a su hija. Otra famosa, aseguró que abortar es “ir a lo más fácil”; dejando de lado el estrés emocional que, en caso de salir con vida de la habitación en donde se lo realicen, las mujeres que abortan sufren.

La lista sigue. Por estos días también se escuchó decir a una reconocida modelo: “Nadie quiere que mueran mujeres, por eso no hay que llegar al embarazo no deseado”. Lo llamativo del caso es que, en simultáneo, pidió por el “cierre a los lugares clandestinos”, uno de los ejes centrales del proyecto al que se opone. Para ella, el movimiento a favor de la legalización del aborto no es más que una “movida cool que le ganó a la vida”.

“Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”, proclama el movimiento. El reclamo por la educación sexual en las escuelas data desde hace mucho tiempo, pero cuenta con la ferviente oposición de la Iglesia Católica. La institución conducida por el Papa Francisco, a través de la Conferencia Episcopal Argentina, rechazó los lineamientos curriculares aprobados por el Consejo Federal de Educación. ¿Qué argumentó? “No deja mayor margen de acción a los padres para objetar aquellos contenidos que pudiesen atentar contra sus convicciones religiosas y morales”.

Lejos estoy de cuestionar de modo alguno el derecho a la fe, pero me indigna la idea de que, en un Estado laico, una institución religiosa tenga tanto peso en decisiones que nada tienen que ver con lo que cada uno elige profesar: en el caso de la legalización del aborto, se trata –nada más y nada menos- de una problemática de salud pública.

“No quiero pagar con mis impuestos un asesinato”, fue otra de las argumentaciones que se esgrimieron. En efecto, desde el Ministerio de Salud confirmaron que se atienden cerca de 50 mil mujeres al año en hospitales públicos que requieren atención por complicaciones vinculadas al aborto ilegal. El dato no es menor: estamos hablando, para que se entienda incluso desde lo visual, de una Bombonera repleta, incluso con mil personas más que las que su capacidad permite.

La despenalización del aborto le significaría al estado un ahorro del 43 por ciento de los recursos que le demandan las atenciones posteriores a las intervenciones clandestinas, cifra que se elevaría al 55 por ciento si se aprobara la fabricación de Misoprostol en el país, la droga utilizada para la interrupción del embarazo.

Y, si de números y presupuesto hablamos, también me pregunto: ¿por qué tengo que pagar con mis impuestos el sueldo de 140 obispos y arzobispos, 640 curas de frontera, 1.200 seminaristas y 500 curas jubilados? ¿Por qué tengo que aceptar que la Iglesia católica mantenga desde 2014 el estatus de ‘persona jurídica pública’? ¿Por qué, si soy apóstata, tengo que subsidiar a escuelas religiosas? El año pasado recibieron 27.000 millones por parte del Fondo de Incentivo Docente, plata que le hubiera venido muy bien a la educación pública, cuya lucha paritaria sigue irresuelta. Por qué tolerar que me quieran clavar, además, el crucifijo en el útero.

“Estoy a favor de la vida”. “Nuestro derecho termina donde inicia el latir de otra vida”. En el afán de enumerar afirmaciones políticamente correctas, podríamos decir con altura que “todos tienen derecho a marchar”. En efecto, una de las movilizaciones más fuertes del movimiento autoproclamado “pro vida” tuvo lugar en Salta, en nombre de la Fundación Padre Ernesto Martearena.

Entre la multitud, una figura que se manifestaba en contra del aborto y a favor de la vida no pasó inadvertida. Se trataba del ex sacerdote Martín Paz, uno de los 62 religiosos apartados de la Iglesia por abusar mientras se desempeñaba en la parroquia de La Merced de una chica catamarqueña de 17 años a la que, además, dejó embarazada. ¿Tiene esa bestia derecho a marchar por la vida? La denuncia penal realizada por la menor jamás avanzó.

Para manifestarse en contra de la legalización no tuvo problema en alzar su voz, pero a la hora de hablar de la chica que lo denunció por violador, la historia cambió. “No voy a hablar al respecto porque siempre me mantuve en silencio. Me sometí a las reglas de la Iglesia y acepté mi retiro de ella. La joven sufrió un aborto espontáneo, pero yo me iba a hacer cargo de todo”, explicó. Al menos, predica su postura con el ejemplo.

Quien también sorprendió por su tajante postura, pero imposibilidad de ofrecer una solución lógica a la situación, fue Gabriela Michetti. Aunque advirtió que entendía “el drama que significa” (se refiere a gestar durante nueve meses a un hijo impuesto por un violador), agregó: "Hay tantos dramas en la vida que uno no puede solucionar que no me parece que porque exista este drama, digamos que a uno se le terminó la vida. O sea, podés dar en adopción al bebé y no te pasa nada”.

Repudió, incluso, la autorización al aborto en casos de violación, algo que, además, es legal. “Lo dije claramente siempre. Lo podés dar en adopción, ver qué te pasa en el embarazo, trabajar con un psicólogo, no sé”, esgrimió con total vaguedad, pese a su investidura.

“Que me demuestren que en el vientre de la madre no hay una vida”, reclamó Esteban Bullrich. “Se está terminando una vida, aunque traten de suavizarlo”, sumó. No, señor. No se confunda. En principio, no tengo que demostrarle nada. Tampoco trato de “suavizar” la irrupción del embarazo. ¿Entiende usted que lo que se está debatiendo no es eso? 

Carrió, Michetti, Bullrich. Yo también soy “pro vida”, no se confundan. Llevo el pañuelo verde porque pienso todos los días en las mujeres que mueren por el negocio de la clandestinidad. No promuevo el aborto, estoy a favor de su  legalización. Ahora sí, si hay algo que tengo absolutamente claro es a qué me opongo. Estoy en contra de que la posibilidad que tengo de abortar sea un derecho de clase. Me niego a “suavizar” las muertes de las que no sobreviven. Y, por sobre todas las cosas, me niego a que sigan corriendo el eje del verdadero debate. Vos, ¿querés que el aborto siga siendo clandestino en la Argentina?

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