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¡Chris Martin, me vas a matar al perro! Me debés cinco lucas y quiero cobrarlas

La recomendación del veterinario y las consecuencias de los shows de Coldplay en el Monumental.

Estimado Chris Martin: me debés cinco lucas y un pedido de disculpas, pero no a mi, sino a mi perro. Desde el martes 25 de octubre, salvo los tres días en los que Coldplay descansó en las instalaciones del Four Seasons, todas las noches se repite la misma tortuosa ceremonia. A las ocho y cuarto aproximadamente, las paredes empiezan a temblar, la música comienza a escucharse y los cantitos y aplausos completan un combo que culmina pasada la una de la mañana.

  • Spoiler alert 1: soy miembro de la patria recitalera, así que ahórrense la puteada.

Vivir cerca del Monumental tiene sus complicaciones, pero me banco la pelusa. Nunca me quejé. No me quejo del tránsito cada vez que hay partido o recitales; me lo tomo con calma. Cuando juega River o toca una banda, cierro las ventanas y me la fumo con resignación (y hasta un poco de humor). "¿Qué está pasando en tu club que hoy están más excitados?", le pregunté a un amigo en septiembre. "Es la despedida de Ponzio", me respondió al toque. Listo: paciencia.

Pero todo tiene un límite y tener que drogar a mi perro para que deje de tener crisis de ansiedad y angustia fue la gota que rebasó el vaso. "Tenés dos opciones: o le das unas gotitas para que no sufra o te vas por unos días de tu casa". Esa fue la respuesta que me dio el veterinario cuando, después del segundo recital que Coldplay brindó en el Monumental, tuve que llevarlo para que lo revisara. "No queda otra. Es eso o lograr que Chris Martin no cante", bromeó con resignación, y me asaltó: "Son $3.000 las gotitas y $2.000 la consulta".

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Cinco lucas la jodita y encima a fin de mes. Volví a casa y a las ocho empecé a mirar de reojo a mi perro. Temblaba y tenía las dos orejas tiradas por completo para atrás. Se me acercó y tiró la patita. No me dio ni medio segundo y ya lo tenía a upa, escondiendo su hocico debajo de mi brazo. Nunca lo vi temblar tanto, ni siquiera el día que despidieron al "Muñeco" Gallardo. Me pareció una hijaputez drogarlo, así que me fumé las seis horitas de circo con el perro a upa, temblando y llorando. Me banqué, incluso, la frutillita del postre: los siete minutos de fuegos artificiales.

  • Spoiler alert 2: a los que dicen en Twitter que son "especiales y no hacen ruido", los invito a que vengan a escucharlos desde el balcón de mi casa o a fumarse los ocho kilos que pesa Julio a upa durante todo el show.

"Chicos, no puedo más. Llego a escuchar un tema más de Coldplay y mato a alguien", fue la catarsis que hice la mañana siguiente cuando llegue a la redacción. "¿Vos también la estás sufriendo fuerte como yo?", me preguntó con complicidad Flor, una compañera que encima vive más cerca del Monumental. "Me niego a tener que drogar a mi perro, pero anoche la pasó espantoso. Ya no sé qué hacer", resistí, ante el inevitable chicaneo de "estás en modo Mabel", "parecés de ochenta años" y de más calificativos que también me tiraron por redes sociales.

  • Spoiler alert 3: ningún insulto superará jamás al usuario que me mandó a "fumármela" por haber "votado al PRO", tan sólo por el hecho de vivir en Belgrano. 

Flor se la jugó y escribió su columna ese mismo día, lo que le valió una catarata de desopilantes insultos e injustificables cuestionamientos por la queja en redes sociales. "Un show te lo banco, dos también; pero diez al hilo ya es una locura", argumentó con lógica. Pero acá la lógica no vale. Te anulan por el barrio en el que vivís, te tildan de "cheta" y te acusan hasta de macrista. ¡Se calman! ¿Querés decirme Mabel o cheta? No hay problema, pero no me acuses de macrista, amigo. Todo tiene un límite.

Llamé al veterinario. Temí que me volviera a cobrar otras dos lucas; pero tranqui Chris, que no lo hizo. "Entiendo que no quieras darle las gotas, pero lo que le estás haciendo es peor. Realmente la está pasando muy mal y no hay upa o mimo que lo ayude. En definitiva, lo estás sometiendo a una tortura", dijo y me convenció. Me recordó la dosis (meticulosamente calculada tras pesarlo) y me indicó que se las diera al inicio del show. 

Y así fue. El lunes, cuando comenzó a escucharse el arranque del quinto show, Julio recibió sus gotas y pasó a estar en cuestión de segundos en modo "In the sky, with diamonds". Mientras tanto, en el universo paralelo de Twitter, me corrían por todos lados: estuvieron los que me trataron de desalmada por haberle dado las gotas a mi perro y los que me anularon por "cheta macrista". Otro, directamente, me tiró: "Culo roto". 

Lo duro fue la mañana siguiente. No reaccionaba. Hay que decirlo: no suele ser un perro muy vivaz a la mañana (más teniendo en cuenta que me levanto a las seis), pero juro que por un momento pensé que había matado a mi perro. "La quedó y por Chris Martin". Superame esa anécdota, Raúl. Después de media hora, logré que se levantara y sentí alivio. Zafé del mote "Cruella de Vil". Y es que ya tenía suficiente con incorporar los cheta, Mabel, culo roto, macrista o "nunca Lugano" que las hermosas y pacíficas criaturitas de Twitter me colocaron.

Dado que ni el Gobierno de la Ciudad, ni el club, ni la banda piensan hacer nada, paso a pedirle a Chris que, por lo menos, se haga cargo y me deposite en la cuenta las cinco lucas que me costó su fiestita. Una remera que diga: "Cobraste doce lucas el campo, no te cuesta nada ameo".

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