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El alimento que no alimenta: cómo comer sano, sin pagar de más y avanzar en la "deconstrucción alimentaria"

Columna especial de la médica pediatra Sabrina Critzmann (MN 148279).

La alimentación es mucho más que darle combustible al cuerpo para funcionar en el día a día. Comer es un hecho cultural que incluye tradiciones, miradas, aromas e historias. Se come con todo el cuerpo, se come por festejo, por amor y por placer.

Pero estamos en un mundo que exige ser "productivo" las 24 horas del día. Los límites laborales se desdibujan, más aún en la época de la hipercomunicación. Esta misma maquinaria laboral en la que estamos inmersos nos sugiere comer rápido y no "perder tiempo en la cocina". Y, por supuesto, a cambio nos ofrece "opciones" dentro de paquetes brillantes de colores vivos que prometen mucho y aportan poco.

Los productos ultraprocesados son comestibles formulados con ingredientes industriales y la mayoría de ellos es muy lejana al alimento que le dio origen. Estos comestibles, entre los que se cuentan millones de productos habituales (barritas de cereal, sopas deshidratadas, postres para niños, polvos para preparar tortas, jugos, gaseosas, "leches" vegetales comerciales, cereales de desayuno, galletitas y muchos más) se promueven y ofrecen por mecanismos que son engañosos; pretendiendo imitar a los alimentos naturales o platos tradicionales, usando aditivos que reproducen aromas, sabores y colores.

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Esta información, que se puede encontrar fácilmente en la página de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y de la que se hacen eco numerosas sociedades científicas es fundamental para poder decidir como consumidor con información y no caer en los engaños de la publicidad y los paquetes brillantes.

Cada vez existen más pruebas científicas que dejan claro que los productos ultraprocesados crean una falsa sensación de ser saludables. Está comprobado que estos atentan contra nuestra salud. Altos niveles de azúcares, edulcorantes, colorantes, sodio y grasas saturadas que inflaman nuestro organismo, lastiman nuestra microbiota y nos alejan de los sabores reales. Peor aún: muchos de ellos están dirigidos a los más chicos, con publicidades atrayentes que llevan a las familias a consumirlos, creyendo genuinamente que le están comprando lo mejor a sus hijos e hijas; dejando además gran parte de su sueldo allí.

¿Se puede hacer algo ante la topadora del marketing? Sí, se puede. Antes que nada, la decisión individual: mientras menos personas consuman estos productos, menos se vendrán. Pero la decisión individual depende de la información que tengamos y no todos tenemos el mismo acceso a la misma. Entonces, es importante que el Estado se involucre en estos consumos para mejorar la salud de su población.

La comida real no es más cara. Tampoco es inaccesible, ni requiere profundos conocimientos de cocina, ni muchísimo tiempo dentro de la misma"

Una estrategia estatal sugerida por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) es la del Etiquetado Frontal, del que tanto se está hablando últimamente. Dicha política implica que aquellos productos con altas cantidades de azúcares, sodio, grasas saturadas y otros compuestos presenten esta información en la parte frontal de su paquete. ¿Cómo ? Con sellos negros de advertencia. Los productos que lleven estos sellos no se pueden vender en entornos como escuelas y, a su vez, se regula la publicidad infantil. Esta estrategia la han llevado a cabo países como Chile y Uruguay, sumándose posteriormente otros. En México, el etiquetado incluye dos leyendas precautorias: la primera, para productos que contengan edulcorantes; y la segunda, para aquellos con cafeína, advirtiendo que no deberían ser consumidos por niños o niñas.

En Argentina, el debate por el etiquetado frontal lleva varios años. La presión de la industria alimentaria y de profesionales mediáticos con claros conflictos de interés complejiza el panorama, pero las evidencias a su favor son claras y el impacto positivo sobre la salud se está observando en otros países. Esto nos da fuerzas para exigir como sociedad acciones para el cuidado de nuestra salud.

La comida real no viene en paquetes de colores, no tiene publicidad y no es toda igual. Todas las manzanas son distintas, porque depende de cuán altas estaban en el árbol, de cuánto sol recibieron y de cuánta agua pasó por las raíces. Se marchitan y se arrugan rápido porque no tienen conservantes. tienen manchitas en la cáscara y a veces brillan poco.

La comida real no es más cara. Tampoco es inaccesible, ni requiere profundos conocimientos de cocina, ni muchísimo tiempo dentro de la misma. La comida real nos convoca, nos da placer, lejos de pensamientos tortuosos como "la porción justa" o los "gustitos". Nos sacia, nos conecta con nuestro planeta y sus frutos; y, sobre todo, no nos enferma.

La comida real no viene en paquetes de colores, no tiene publicidad y no es toda igual"

Como miembro fundador de SANAR (Sociedad Argentina de Nutrición y Alimentos Reales), agrupación de profesionales que trabajamos por políticas de prevención en salud, quiero remarcar la importancia de desarmar de a poco las estrategias que nos atrapan en este submundo de comestibles sin alimentos. Es posible armar un nuevo estilo donde se puede jugar con los sentidos y disfrutar de hacer nuestra comida.

Para ello, propongo que comencemos a realizar una deconstrucción alimentaria. Con ese objetivo, junto a Sole Barruti -autora de los libros Malcomidos y Mala Leche- y Natalia Kiako -autora de Cómo como y A cuatro manos- brindamos el taller online "Atrapados por los paquetes", que se realizará el 26 de septiembre a las 15 horas a través de la plataforma Zoom. Te podés inscribir por mail: deconstruccionalimentaria@gmail.com.

Si te interesó la columna, podés encontrar a la autora en Instagram, Facebook y su página Web.

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  • Alimentación saludable
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