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El día que Cortázar recomendó a "Gabo": la amistad de 18 años que se convirtió en militancia política

El vínculo entre los escritores quedó plasmado en la selección de misivas editadas por Aurora Bernárdez.

Corría octubre de 1966 cuando el agente estrella de los escritores que engrosaban el “boom latinoamericano”, Francisco "Paco" Porrúa, ofició de nexo entre Julio Cortázar y el por entonces ignoto Gabriel García Márquez. Desde París, el padre de los cronopios recibió los primeros escritos del colombiano y se convirtió, junto a Mario Vargas Llosa, en uno de los principales impulsores de su obra. Del “pásame la dirección de Gabo” a la amistad que los unió durante 18 años.

“Llegaron los libros, los leeré este invierno. Si le escribís, decile que es un gran cronopio y que me conmueve su generosidad al mandarme sus cosas. Si tenés la dirección de Gabriel, mandámela para escribirle. Qué bueno que Sudamericana publique la novela de la que Mundo Nuevo publicó ese capítulo sensacional. Yo también creo que García Márquez es el meteco ascendente que ves vos”, le escribió Cortázar a Porrúa. La novela a la que hacía alusión no era otra más que Cien años de soledad.

En febrero de 1967, Cortázar vuelve a mencionar a Gabo en su correspondencia con Porrúa. En efecto, el autor de Rayuela estaba analizando la posibilidad de acceder a una adaptación cinematográfica de El ídolo de las cícladas y apeló al criterio del colombiano para que analizara el guión que le presentaron. “Muchas gracias por la encantadora carta de García Márquez, que vela por mí como Gabriel que se llama. Decíselo y que un día le escribiré y le hablaré de lo muchísimo que lo admiro; primero tengo que salir de mis selvas cubanas y mexicanas. Lamento que haya comprobado que el guión era tan malo. Ese cuento no tiene suerte, che; el ídolo sigue firme en su malignidad”.

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Un año después, Gabo seguía insistiendo con la idea de dejar de lado a Porrúa como interlocutor. Y fue el agente literario el que le pidió a Cortázar que, al menos, le escribiera una breve misiva o se refiriera a sus escritos para seguir impulsando la carrera del colombiano. “¿Cinco o diez líneas? Pero es que primero tengo que encontrar el tiempo para leerme todo García Márquez. Quiero leer el resto, tengo aquí un par de cosas y me lanzo. Vamos a ver si salen esas líneas, pero de aquí a fin de mes lo veo peludo y me doy cuenta de que estás apurado. No puedo prometerte nada en firme. Aquí, más que ‘el otro’, el que decide es el tiempo y estoy tan corto que no sé lo que va a pasar”.

En abril de 1967, las palabras llegaron. Cortázar se sentó frente a su máquina de escribir y respaldó a Gabo ante la comunidad literaria: “Gabriel García Márquez aporta en estos años otra prueba de cómo la imaginación en su potencia creadora más alta ha irrumpido irreversiblemente en la novela sudamericana, rescatándola de su aburrida obstinación en parafrasear la circunstancia o la crónica. Sólo así, inventando, sólo desde territorios privilegiados y vertiginosos como Macondo, llegaremos a pisar firme en Guanahani. El grito de Rodrigo de Triana empieza a salir del mito amable, a designar nuestra verdadera tierra, nuestros verdaderos hombres”.

Cuatro meses más tarde, Cortázar finalizaría realmente la lectura de Cien años de soledad. También en una misiva a Porrúa, reconoció: “En estos cinco días de calma y trabajo leí maravillado Cien años de soledad, cuyo envío te agradezco inmensamente. Desde luego, le voy a escribir a Gabriel (cuya doble guiñada de ojo a Fuentes y a mí en sendos pasajes del libro, me conmovió mucho); te enviaré a vos la carta para que se la hagas llegar, porque no tengo su dirección. ¡Qué libro increíble, Paco! En estos últimos años, no veo nada comparable a esa novela y a Paradiso de Lezama Lima en nuestras tierras. Desde Venecia, Fuentes me escribió igualmente entusiasmado”.

El guiño de Gabo a Cortázar puede leerse en el último capítulo de la novela: “Aureliano, por su parte, no tenía más contacto con el mundo que las cartas del sabio catalán y las noticias que recibía de Gabriel a través de Mercedes, la boticaria silenciosa. Al principio eran contactos reales. Gabriel se había hecho reembolsar el pasaje de regreso para quedarse en París, vendiendo los periódicos atrasados y las botellas vacías que las camareras sacaban de un hotel lúgubre de la calle Dauphine. Aureliano podía imaginarlo con un suéter de cuello alto que sólo se quitaba cuando las terrazas de Montparnasse se llenaban de enamorados primaverales, y durmiendo de día y escribiendo de noche para confundir al hambre, en el cuarto oloroso a espuma de coliflores herviso donde había de morir Rocamadour”.

El desembarco de Gabo en la vida de Cortázar coincidió con la escritura de la novela 62. Pero recién en agosto de 1968, el autor de El libro de Manuel finalmente se encontró con García Márquez. Una vez más, fue Porrúa el receptor de las novedades. “Quiero decirte que conocí a Gabriel, que se quedó dos días más en París para encontrarse conmigo y que tanto él como Mercedes me parecieron maravillosos. La amistad nace como una fuente cuando la vida te pone frente a seres así. De vos hablamos tanto que te habrán quizás zumbado los oídos; juramos que si no venís en diciembre habrá venganzas estelares y conspiraciones colombiano-argentinas que te harán temblar. A Gabriel la idea de que nos vayamos vos y yo a Barcelona a estar con él o cerca de él unos cuantos días le pareció estupenda, porque sólo nos vimos dos veces y ya comprenderás que es poco. De modo que quedarás advertido y espero que en tu próxima carta haya buenas noticias en materia de desplazamientos europeos”.

Porrúa estaba siendo invitado a una mágica cumbre literaria, pero tenía sus reparos: el frío del Viejo Continente. Ácido, Cortázar lo volvió a amenazar: “Che, tus reflexiones sobre el invierno europeo me parecen una primera echada para atrás de tu viaje. Lo comprendo, pero te repito que Gabo y yo te vamos a armar unas descargas de magia negra transatlántica que te vas a arrepentir. Aquí hace frío, es cierto, pero no sabés los pulóveres que te puedo prestar y la buena confección que tiene mi autito”.

En otra misiva, ahora dirigida a Mario Vargas Llosa, Cortázar vuelve a mencionar la amistad que en poco tiempo logró cosechar con el por entonces “nuevito” del grupo. “¿Es cierto que proyectas vivir en Barcelona? Algo me dijo Gabo, a quien por fin conocí en París y con el cual hablé muchas horas (siendo tú uno de los temas centrales, puesto que es evidente que tienes casa propia en Macondo)”, bromeó.

Para 1970, la relación de amistad se fortaleció al punto que no sólo compartieron viajes y conferencias, sino que además Gabo eligió a Gregory Rabassa como uno de sus primeros traductores por sugerencia del cronopio para desembarcar en el mercado italiano. Y fue Cortázar quien, luego de la firma del contrato, se comunicó con Rabassa para recordarle de su amistad con el colombiano. “Me alegro de que vayas a ocuparte de García Márquez, a quien tanto quiero y admiro. Gabo debe estar feliz de que seas tú quien lo traduce”.

En agosto de ese mismo año, Cortázar ofició de anfitrión. En una misiva a su amigo, el artista plástico Eduardo Jonquiéres, relató: “Me hubiera gustado tenerte aquí el 15 de este mes; con motivo del estreno de la pieza de Carlos Fuentes en el festival de Avignon, hubo una gran rejunta latinoamericana que terminó en un pachanga espasmódica en mi casa. Tuve a Carlos, a Mario Vargas, a García Márquez, a Pepe Donoso, a Goytisolo, todos ellos rodeados de amiguitas, admiradoras (y ores), lo que elevaba su número a casi cuarenta. Ya te imaginarás el clima, las botellas de pastis, las charlas, las músicas, la estupefacción de los aldeanos de Saignon ante la llegada de un ómnibus especialmente alquilado por los monstruos para descolgarse en mi casa. Fue muy agradable y extraño a la vez; algo fuera del tiempo, irrepetible por supuesto, y con un sentido profundo que se me escapa pero al que soy sin embargo sensible”.

Hasta ese entonces, la comunicación entre Cortázar y Gabo era a través de Porrúa o por teléfono; de acuerdo a la minuciosa y exquisita curación de las cartas del padre de los cronopios realizada por Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garrica. La primera misiva directa de la que se tiene conocimiento tuvo lugar el siete de diciembre de 1970. No sólo da cuenta del sabor amargo con el que Cortázar regresó a Francia luego de su visita a la Argentina.

Mi querido Gabo: como sabes, la expedición punitiva se organiza y sigue con la intención de invadir la Generalidad hacia las navidades; dos puntas de lanza acometerán contra Camponata e Infanta Carlota; la masacre se anuncia sabrosa.

Pero no todo es fiesta en este mundo de caimanes y helicópteros. La ominosa revista nonata manifiesta una vitalidad intrauterina que da miedo. Con decirte (documentos adjuntos) que hasta la matan antes del parto. En Buenos Aires hice frente a las versiones más increíbles; perdí la paciencia al cabo de dos días y aproveché para decir lo que creo tenía que decir. Sólo después supe del artículo de “Los Libros”, que aquí encontrarás junto con mi entrevista; y si bien en el fondo todo esto maldita importancia tiene, entiendo que Mario (por Vargas Llosa), tú y yo deberemos hablar un rato de este asunto para entender mejor el presente y prever los zarpazos del futuro. Por eso entiendo que debo enviarte estos papeles (que tendrás la bondad de pasar a Mario cuando los hayas mirado, aunque sólo sea por encima) a fin de hablar con algunos elementos ya conocidos y ganar tiempo, puesto que hay mejores cosas que hacer en Barcelona.

A lo largo de los años, el compromiso político de Cortázar se profundizó al punto que, para muchos de sus viejos amigos argentinos, “era otro”. En una carta a Félix Grande, fechada el 17 de marzo de 1974, el escritor da cuenta de la unión de esfuerzos con el colombiano para dinamitar, aunque sea a la distancia, al dictador Augusto Pinochet. “Sé que te tengo olvidado, arrumbao, tirao en lo más negro del silencio, oh gauco rebotado. Pero comprendé, sé que comprenderás que incluso esta carta se la estoy arrancando a un tiempo tiránico que me obliga a traharme dos mil páginas de informes antes de irme a Roma a fin de mes como jurado (sci, y resic, y recoño) del Tribunal Russell, junto con el coronel Macondo (por Gabo) y otros cronopios igualmente enloquecidos, para tratar de meterle un poco más de leña a Pinochet”.

Un año más tarde, en otra carta dirigida a Roberto Fernández Retamar, Cortázar también se refiere al compromiso político del colombiano y a su proyecto de exponer la crudeza del bloqueo sobre Cuba. “Me alegro de que hayas estado con Gabo, con quien tanto me he visto en estos tiempos y su idea de escribir un libro sobre Cuba y el bloque puede dar algo muy bueno. Supongo que Gabo se quedará un tiempo con ustedes y que lo pasará muy bien ese cronopio irresistible”.

La última carta que pudo recuperarse fue escrita por Cortázar el 28 de abril de 1979 en París. En la misma, convocaba al colombiano a sumarse a una publicación regional con la que los intelectuales de la época buscaban exponer los brutales crímenes de lesa humanidad que se estaban llevando adelante en las dictaduras de la región. A continuación, su contenido completo:

Mi querido Gabo: hace rato que te debo carta y poco me sirve de consuelo pensar en las muchas que me deberás tú. La verdad es que con la vida que llevamos los dos, el correo se vuelve una especie de dinosaurio retardado, pero a veces hay que darle u empujón y obligarlo a llegar a destino. Ojalá esta no tarde demasiados milenios en caer en tus manos, porque mis motivos son más bien urgentes.

Antes de hablarte de ellos, quiero dejar bien en claro que me diste una gran alegría con las líneas que me escribiste (desde Madrid, creo) dejando en claro la cuestión de mi firma. Si todavía te queda algún resquemor, pues nada, ten la seguridad de que todo se hizo como se debía hacer entre amigos; la cosa urgía y tanto tú como Ugné procedieron como era necesario proceder.

A propósito de Habeas, tal vez te habrá caído en las manos un texto mío que escribí apenas me mandaste la aclaración de intenciones y que fue difundido por EFE en nuestros países y en España. Me pareció útil hacerlo y aproveché que les doy un texto cada mes, lo que me permitió intercalar uno especialmente dedicado a Habeas. Pero desde entonces empezaron algunos problemas. Gente de diversos países me escribió como miembro de Habeas para plantearme los problemas familiares que demasiado conocemos. Y yo me encontré con que Habeas no había anunciado ninguna dirección postal o secretaría a la cual dirigirse; sí lo hizo, se me olvidó comunicártelo, y ya ha pasado mucho tiempo y sería necesario poner la cosa a punto. No sé en qué punto están las cosas, pero te ruego que des instrucciones para que me informen, de manera que yo pueda derivar la correspondencia que me llegue directamente y que se refiere a la acción de Habeas. Creo que eso es todo por ahora.

Paso a lo segundo. Échale un vistazo en diagonal a los papeles adjuntos y verás que en resumen queremos hacer una publicación mensual escrita en París y difundida desde Washington (donde las condiciones son mejores económica y difusivamente) que entrará por conductos ya estudiados en Argentina (confiamos en meter dos mil ejemplares dirigidos a los cadres, dirigentes sindicales, incluso militares) y se venderá en el resto de los países donde ello sea posible.  La hemos llamado Sin censura y creo que puede ser muy útil actualmente. No es la pequeña hoja “subversiva”, sino un tabloid de análisis y reflexión crítica sobre un punto de vista democrático. He aceptado colaborar porque creo que tiene una razón de ser en este momento.

Como imaginarás, necesitamos un Comité de Patrocinio formado por pocas personas, pero cada una equivalente a una bofetada en plena cara de Videla, Pinochet y los restantes. Yo me ocupo de pedir adhesión de personas como Régis Debray, Juan Bosch, Ernesto Cardenal, Gunther Grass, Joan Miró, Laurent Schwartz, la Tencha, Alfred Kastler y los otros miembros de la comisión directiva tocarán otras puertas. Digamos una quincena de nombres que de por sí solos demuelen moralmente cualquier dictadura. ¿Me das tu nombre, Gabo? Por ahora es sólo eso; más adelante, cuando salgamos a la calle, e “manguearé” un texto corto, bastarán una o dos carillas para llenar el diario de una inmensa fuerza moral y estética. Que quede claro que no pido ningún otro tipo de trabajo, porque sé de sobra lo mucho que haces y cómo tu tiempo está devorado por mil cosas. Pero si me concedes las dos cosas que te pido (escalonadamente o como quieras) nos darás un apoyo inapreciable.

Aparte de eso, espero verlos a Mercedes y a ti lo antes posible. Me voy a Polonia por un “foro” sobre Chile y vuelvo a París. Por favor, mándame un cable o dos líneas que yo pueda encontrar a la vuelta.

Un gran beso a Mercedes y todo mi afecto de siempre,

Julio.

Cortázar murió cinco años después de enviar la misiva. Alcanzó a ver la caída de la Junta Militar en la Argentina y su último viaje al país coincidió con la primavera alfonsinista, en diciembre de 1983. "Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias. Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción. Fue, tal vez sin proponérselo, el argentino que se hizo querer de todo el mundo", le dedicó su amigo "Gabo" en febrero de 1984, cuando lo despidió con una columna para el diario El País.

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