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El relato de un rescatista de la AMIA: “Ver a un sobreviviente es una pequeña alegría”

Raúl Garnica fue el jefe del equipo de Rescate de los Bomberos de la Policía que trabajó en el subsuelo del edificio.

Aquella madrugada, el bombero Raúl Garnica se dirigió al cuartel central de Bomberos de la Policía Federal como siempre. Cada jornada estaba plagada de nuevas emergencia y él, con un oficio que comenzó a mediados de la década del 70, ya tenía mucha experiencia en los incendios o urgencias en la Ciudad de Buenos Aires.

Nadie podía imaginar que en esa mañana del 18 de julio de 1994, a las 9.53, Argentina se vestiría de luto. Atento a cada alerta, Garnica se entero del atentado en la AMIA minutos después del estallido de la bomba. Sólo bastó el llamado de un compañero para preparar a su equipo y salir hacia la calle Pasteur.

“Cuando llegué al lugar, vi que estaban sacando víctimas de todo tipo, desde todos los lugares. Imaginate que en ese derrumbe a raíz de la explosión fallecieron 85 personas y hubo más de 300 heridos”, enumera el bombero retirado, desde Barcelona, España, adonde se mudó junto a su pareja Lorena.

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El experimentado bombero, que es buzo luego de especializarse en rescates bajo el agua y escribió el libre Operaciones en incendios y rescates, y ahora lo actualizará con información sobre prevención de siniestros, rememora a la distancia cada instante de esa durísima jornada bajo los escombros de lo que había sido la AMIA, tras el atentado ocurrido hace 27 años. “Todo fue muy duro”, asegura durante la entrevista BigBang.


-¿Cuál fue el trabajo que tuvieron que realizar usted y su equipo?

-Fuimos convocados por un principal conocido mío. Yo había escuchado por radio todo lo que había pasado. Le pedí que llevara a los cursantes que tenía con él, ya que yo era instructor del grupo de Rescate de oficiales nuevos en el cuerpo de Bomberos de la Policía Federal. Ahí él me responde que fuera con los oficiales porque había que sacar personas del subsuelo que estaban atrapadas bajo los escombros y me dijo que se estaba ahogando. “Llevate equipo de buzo”, me dijo. Claro, cuando me dijo así, yo me imaginé la gente atrapada en el subsuelo y todo lleno de agua. No me imaginé lo que vi cuando llegué.

-¿Cómo era el lugar del rescate?

-Era una situación difícil. Cuando llegamos, vimos una montaña de escombros. Y nos dijeron: “Ustedes, abajo”. Nos fueron llevando hasta abajo de la montaña, donde no entraba nadie. De todo eso que se ve en las fotos, nosotros nos ubicamos más abajo de la superficie. Entramos en una especie de mina porque era eso: una mina en la que se había derrumbado todo. Caminamos unos 10 o 15 metros y nos marcaron que ahí era donde había que trabajar. Era el subsuelo de lo que fue la AMIA, nosotros habíamos entrado por un teatro de al lado. 

-¿Qué fue lo primero que vieron y escucharon en ese lugar?

-Lo primero que escuchamos fueron los gritos de tres personas atrapadas. Una de ellas que decía que estaba ahogándose. Después me enteré que su nombre era Martín Cano, a quien afortunadamente volví a ver otras veces. De hecho el año pasado fui convocado por la gente de la AMIA, gente a la que quiero mucho, a una charla en Rosario y nos atendieron muy bien. Las otras dos personas eran Jacobo "Cacho" Chemauel y Bernardo “Buby" Mirochnik. 

-Y fueron rescates muy complicados.

-Sin dudas. Cuando pudimos llegar hasta cada uno de ellos, nos dimos cuenta que era muy complicado. Buby por ejemplo estaba atrapado atrás de una cocina y Cacho estaba detrás de una cisterna. Cuando llegamos a ese momento era todo muy complicado. Había oscuridad, escombros, agua, metales y los gritos de gente que se estaba ahogando. Yo pensaba que este chico no muera y al mismo tiempo me decía que se nos iba a morir ahí. No podía creer que Martín se nos iba a morir ahogado ahí abajo porque se había roto un tanque de agua de 5.000 litros. Era imposible. Fijate las vueltas de la vida que sacamos a los tres con vida, pero el único que está vivo es Martín, quien yo creía que se nos iba en ese momento. Los otros dos fallecieron por lesiones propias del atentado. Se sumaron a las 85 víctimas del atentado. Por suerte, a Martín lo vi el año pasado y es una pequeña alegría porque nos da la pauta que pudimos salvar una vida. 

-Volvamos al trabajo de ese día, ¿cómo lograron salvarlos?

-Como te contaba. A Buby le decíamos “la cocina” porque estaba atrapado atrás de una. Del otro lado, había una pared de 45 centímetros. Me ocupé de eso junto con la gente especial de Rescate y con mis alumnos. Tardamos ocho horas en sacar Buby. Fue una cirugía. Trabajamos con diferentes herramientas y con mucho cuidado porque cada cosa que nosotros movíamos, podíamos hacer que se le cayera todo encima. Cuando llegamos a la cocina, él estaba entre otra pared y la cocina. Pudimos cortar la cocina, la extrajimos, con él cuidado de no lastimarle la espalda a él y, finalmente, pudimos sacarlo. Mientras trabajábamos, veíamos que nos caían las piedritas en la cabeza de toda la estructura que había arriba nuestro. Era una zona muy peligrosa. 

-¿Cómo era la organización de las tareas?

-Yo organizaba todo y hacíamos los tres rescates a la vez. Estaban Fernando Souto, Daniel Hernán y Horacio Paz, junto con un montón de gente, estaban trabajando con Martín, que había quedado atrapado acostado, con un montón de escombros que lo presionaban y con el agua que lo ahogaba. Llegó a quedar sólo con la nariz afuera del agua. Cada tanto, le sacábamos el agua con lo que teníamos: baldes, mangueras o lo que fuera. En esa maniobra, un compañero llamado Rebilla, que era muy jovencito en ese momento y ahora es piloto de helicópteros, en la rapidez por salvarlo agarró la electrobomba, un equipo muy viejo de la época, la colocó porque sabía que Martín se ahogaba, y sabía que se iba a electrocutar porque estaba todo mojado y parado sobre el agua. Pero lo hizo igual. Le dio arranque a la bomba, se electrocutó y cayó. Le dio un saque terrible, cayó y se lo tuvieron que llevar al hospital. Mirá la valentía de ese hombre que para que no se ahogue otro muchacho, se comió una patadón de la electricidad. 
-¿Y el otro rescate?

-En el caso de Chemauel fue más difícil. A Martín lo pudimos sacar después de 12 horas de trabajo. En cambio a Cacho estuvimos 30 horas. Casi que nos dormíamos después de tanto trabajo. Cambiamos los equipos pero yo siempre me quedé porque estaba al mando. Además era el más grande de todos los muchachos. 


-Antes de poder sacarlos a dos de ellos hubo un segundo derrumbe, ¿cómo vivieron ese momento?

-Habíamos sacado a uno y Martín escuchó todo. Antes de poder sacarlo a él, vinieron de afuera y nos dieron la orden de salir a todos. Retrasé todo lo que pude la salida pero nos volvieron a decir que era una orden que saliéramos. Entonces le digo a Paz y a Souto que teníamos que salir. Entonces Martín, todavía atrapado, nos gritaba por favor que no lo abandonáramos. Y ahí fue que Paz se le acercó, por un hueco le pasó una linterna y su reloj y le dijo: “Este reloj era de mi viejo. Cuidamelo. Que ahora voy a volver a buscarlo”. Ahí él se tranquilizó. Cuando salimos, al rato se derrumbó el edificio. Por suerte, Martín no escuchó nada de lo que había pasado. Era tal la cantidad de escombros que tenían encima que ni siquiera escucharon. Volvimos y seguimos trabajando hasta sacarlo. 

-¿Qué se le decía a los sobrevivientes atrapados en ese momento?

-Con el que más hablábamos era con Martín. Cacho y Buby estaban muy lejos. Lo hacíamos estar entretenido. Que baje en nivel de nervios. Le hacíamos correr una piedrita de un lado a otro, le hablábamos de fútbol, le hacíamos hablar de su historia y de su familia, y alguno que otro lo hacía enojar con chistes. Martín era muy jovencito, tenía 20 años, entonces trataban de tranquilizarlo.  Siempre voy a admirar a los bomberos por las cosas que hacen y por cómo se comportan ante cada situación que enfrentan día a día. 

-¿Recuerda cómo terminó esa jornada tras el rescate después de 36 horas?

-Cuando terminamos y sacamos a Cacho, que fue el sobreviviente de quien más se habló en los medios, me subí al auto y me fui a mi casa. Me acuerdo que me costaba hasta caminar. Estaba muy cansado. Había pasado más de dos días despierto y 36 horas trabajando. Cuando llegué a mi casa me dormí completamente. Cuando me desperté, me enteré de todo lo que había sucedido durante todos los días anteriores. Pero me dormí pensando en cada cosa que pasó, en cada piedra, en los cuidados que tomamos, y en cada operación. Fue mucha responsabilidad la que vivimos por esos días. Como bombero me quedó grabado cada situación. 

Horacio Paz, el sobreviviente Martín Cano, Ítalo Boz y Garnica, reunidos en AMIA en 2016.

-Sin dudas, el atentado a la AMIA fue el rescate más complicado y grande en el que debió trabajar.

-Sí, durante más de 35 años trabajé como bombero y desde el cuartel central salía a emergencias entre cuatro o cinco veces por día. Hice rescates de todo tipo en diferentes lugares. Además yo era buceo también y trabajé en los distintos lagos en la Ciudad de Buenos Aires y también en el Riachuelo para sacer muertos. O también en incendios grandes en hoteles, cines, teatros o lo que fuera. Pero sin dudas, la AMIA fue el trabajo más duro e importante que tuve tanto por la labora, la delicadeza que tuvimos que tener, el compromiso, la responsabilidad de tantos chicos a cargos y en las circunstancias en las que estábamos, debajo de una montaña de escombros de un edificio de ocho pisos, en subsuelos. Fue muy difícil.

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