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La importancia de la literatura infantil para el desarrollo del lenguaje y la lectoescritura en chicos

Entrevista con Jimena Montaña, comunicadora social y autora del libro Mora y las letras.


Según los especialistas, la pandemia de coronavirus y su consecuente cuarentena tuvo un impacto en el desarrollo del lenguaje de muchos niños y muchas niñas por las limitaciones del contacto social y las experiencias cotidianas. A eso se le sumo la multiplicidad de tareas de los madre y los padres en ese momento, que, en muchos casos, no tuvieron el tiempo necesario para ayudarlos en su desarrollo pedagógico. 

Preocupada por estos temas, la comunicadora social Jimena Montaña puso el foco en el desarrollo del lenguaje en los pequeños.  Un día de 2020, en plena cuarentena por el COVID-19, Jimena jugaba con su hija Mora (que en ese momento tenía 3 años) a descubrir cómo se transformaban las palabras al cambiarles la primera letra.

 

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La chiquita se divertía y motivaba al identificar las letras, sus sonidos y pensar transformaciones posibles, y ella pensó seriamente en convertir la propuesta lúdica en un libro. Creyó que plasmar un recurso divertido, sencillo y cotidiano serviría a otros adultos que crían y quieren enriquecer el aprendizaje de sus niños. 


Antes de sentarse a escribir, tomó cursos a distancia en el International Montessori Institute y comenzó a darle forma a su primera publicación. Así nació el libro Mora y las letras. En él decidió combinar su vasta experiencia en el mundo del entretenimiento y la comunicación, con la base pedagógica Montessori. Creó textos breves y con rimas, un gran recurso para mejorar el lenguaje y la habilidad de recordar. 

Las ilustraciones del libro son de  Loli Roberts, una artista plástica que combinó técnica digital y manual. Los personajes y objetos fueron ilustrados digitalmente, y los fondos fueron pintados a mano. En tanto, la composición gráfica fue responsabilidad de Agustin Rabinovich, quien trabajó muchos años junto a Montaña en campañas de comunicación y eventos. 

 


En un charla con BigBang, Jimena cuenta: “La idea del libro se dio en contexto pandémico. Mi hija tenía tres años y yo trabajo en una productora de espectáculos masivos. Venía con un ritmo de producción interesante y yo venía con un acelere tremendo. Y de golpe, cuando todo frenó por la cuarentena, tuve que hacer mucho trabajo de introspección para bajar mi ansiedad porque no estaba acostumbrada a estar encerrada. Y en un momento, cuando pasaron tres meses, me puse a pensar un plan b porque no veía que pudiera a resurgir nada de la producción de eventos”.

-¿Y ahí aparece el libro?
-Me puse a pensar que era lo que me gustaba. Y la comunicación en la infancia es algo que me apasiona. Me vuelve loca. Y hacía tiempo que quería hacer algo para chicos. Más allá de que en mi trabajo tenía muchos espectáculos infantiles, quería hacer algo propio. Así fue que me puse a estudiar Montessori, porque quería complementar mi proyecto con una pedagogía para tener algún tipo de sustento. Yo sentía que hay algo en la infancia que es muy clave y que se ve la diferencia entre los chicos que son muy felices, o los que sufren trastornos cuando crecen, e intuí que había algo.

 

-¿Y qué encontraste?
-El método Montessori me abrió la cabeza para entender que en la etapa de 0 a 6 años es fundamental a la hora de estimular. Los chicos absorben absolutamente todo, lo bueno y lo malo. Y qué importante es dedicarle momentos, aunque no sean muchos, pero que sean de calidad, para que el niño comience a afianzarse, a construirse, a construir su personalidad y el día de mañana pueda ser un adulto más feliz porque es distinto cuando podés aprender las necesidades, escuchar o que te permitan expresarte. 

-¿Notaste diferencia con otras generaciones a la actual?
-Vengo de una generación en la que había muchas cuestiones impuestas y después cuando crecimos, hay más dudas que certezas. En cambio, si el niño crece en un ambiente en donde se potencian sus intereses, o te escuchan, o te podés expresar, después crece con las cuestiones más claras.

-¿Vos te basás por completo en el Método Montessori?
-A mí me gusta reformular las cosas. Y además, Montessori es del 1800, y lo que me parece interesante de la filosofía es que busca respetar el ritmo del niño y hacer hincapié en la independencia, y que ellos por sí mismos pueden aprender. También asegura que, a veces, la interferencia del adulto a veces sustituye al niño en lugar de darle las herramientas de que el pruebe. Y relata que el proceso es el mejor aprendizaje y no buscar los resultados nadas más. Pero todo eso que me despertó y me iluminó de Montessori, al mismo tiempo me hizo preguntarme cómo aplicarlo hoy en día. Es que, probablemente, en 1800, la mujer estaba mucho más en su casa, había tiempo de sobra para hacer cosas con su hijo, el chico estaba mucho más en la casa y demás cuestiones. Hoy tenemos otro tipo de estimulación y los padres también estamos a 220, por eso me pareció interesante como adaptar esa filosofía y esa cuestión de prestar atención a lo importante que es estar con los chicos en esta etapa pero con una herramienta que fuera más de hoy.

 

-¿Cómo fue el proceso de creación?
-Fue lindo. Como te dije fue en pandemia y fue construida como una herramienta de amor y de estímulo interesante para el niño. Y no hablo de Montessori en general porque mi libro se basa en la comunicación y en el lenguaje escrito, que es lo que siento en lo que tengo mucho para dar. Por eso puse el foco en el desarrollo del lenguaje, y algo que sufrieron muchos chicos durante la pandemia porque tuvieron que cumplir con la cuarentena con sus padres hiper-ocupados y sin contacto social con el resto de la sociedad. Mora y las letras, enfocado en el desarrollo del lenguaje oral e inicio de la lectoescritura. Y voy a seguir trabajando en una colección para bebés y chiquitos. 

-¿Cuál fue el primer momento en el que te diste cuenta de la idea?
-Cuando transformé un juego que estaba jugando con mi hija en un libro. Me senté, lo escribí y quedó ahí. Escribí el juego básicamente. Son textos cortos, con rimas. No es un choclo, ni un cuento. Y después pensé qué más podía hacer. Así que le sumé un libro de actividades como para que después de leer el libro los chicos puedan seguir jugando y desarrollando motricidad porque hay juegos para pegar stickers o hacer recorridos, entonces hacen el juego de la muñeca que después estimula la escritura. Ellos jugando aprenden todo. Y no es menor todo lo que adquieren para lo que se viene después. Después de eso, le sumé herramientas para los papás. Entonces hice una miniguía que es un recurso para los adultos, donde los padres les puedan mostrar los sonidos de las letras y cómo suenan. Además de eso, grabé videos en YouTube para el que se aburra leyendo, hay videos cortos. Así que terminó siendo un combo con libro, actividades, guía y videos. 

 

-¿Tardaste mucho en armar todo?
-Lo que más tiempo me llevó fue darle forma al libre. Con la ilustradora y el diseñador trabajamos mucho. Después buscar a cada personaje. Y después buscar el tema de la imprenta, los proveedores del papel y buscar el nombre del libro.

-¿Por qué se llama Mora y las letras?
-Tardé bastante en decidirme. La verdad es que no le quería poner el nombre de mi hija. No quería. Pero la veía a la chiquita y a la protagonista y era inevitable. Y más que nada que era por un juego que había surgido por ella. Así que quedó Mora, que es el nombre de mi hija, y se llama Mora y las letras. 

-Desde tu mirada de comunicadora, ¿cuál es tu experiencia con tu hija y con otros chicos en cuanto al desarrollo del lenguaje?
-En mi casa nunca tuvimos problemas. En principio, hablamos hasta por los codos. Ella presenció muchísimos eventos míos antes de la pandemia y todo lo que es expresivo se vive muy a flor de pie. La estimulación musical, artística y expresiva tuvo hasta por los codos. Y no voluntariamente. Fue una grata sorpresa haber descubierto en Montessori que habíamos hechos cosas muy bien. Y es que le dimos oportunidades para que ella se pueda expresar y no anularla nunca en su momento de expresión. Siempre le damos la oportunidad y su tiempo a que quiera decir sus palabras, a que quiera decirlas mejor, a mostrarle el mundo en su realidad a través de una manera divertida y empática con lo que le gusta en cada momento y contarle sobre cada cosa. En ese fuimos muy pacientes y al año y medio hablaba como un loro. Lo que no hicimos fue hablarle en diminutivo o reemplazar palabras por sonidos. Por ejemplo, al perro le decíamos perro y no “guau guau”. Llamar a las cosas como son y eso, puedo decir hoy, que tuvo un gran efecto a la hora de desarrollar su lenguaje oral. Y la importancia del lenguaje oral, más allá de que ellos puedan aprender a hablar, es que los ayuda a comprender su realidad. A veces nos sentimos presionados para que los chicos hablen pero más que eso, lo importante es que ellos sepan los nombres de las cosas para que ellos puedan asociarlos y para que ellos aprendan a vivir. 

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