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Tristeza absoluta

Sesenta veces Diego para despedir a Maradona, el mejor futbolista de todos los tiempos

Dentro y fuera de la cancha, las 60 facetas del mejor y más genial jugador de fútbol de todos los tiempos.

Hay un Diego eterno que mete goles imposibles con la banda de sonido de Víctor Hugo Morales de fondo; un Diego que se despide de la Bombonera diciendo que él se equivocó y pagó pero que la pelota no se mancha; un Diego anónimo que le paga un tratamiento médico a un desconocido que le pide ayuda; un Diego que abraza a un nene sin piernas; un Diego que se autoentrevista por televisión y anticipa qué quiere que diga su lápida y cómo quiere que lo despida La Claudia; un Diego que grita que no nos olvidemos de José Luis Cabezas y sale a jugar un superclásico contra River con una foto del reportero gráfico asesinado en el noventa y siete; un Diego que escribe un libro y le agradece a Dalma Nerea y a Gianinna Dinorah y a su esposa y a sus viejos, Chitoro y La Tota.

Hay un Diego que corre desaforado, pega un salto y empuja con la mano el balón para condenar a la derrota eterna a los ingleses; un Diego que se emociona hablando por radio con su mamá en el programa de José María Muñoz y le dedica la victoria y cuando escuchamos sus palabras treinta y cuatro años más tarde y con Diego recién fallecido nos largamos a llorar; un Diego que defiende a los jubilados en una marcha contra los ajustes del menemismo porque hay que ser muy cagones para no defender a los jubilados; un Diego que no le hace juicio a una PyME de pelotas de fútbol que utilizó su imagen sin permiso para fabricar unas remeras y tratar de salvarse y, obviamente, se salva.

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Hay un Diego artista que le tira sal a la carne que le acaba de preparar un chef turco en uno de los restaurantes más caros del mundo; hay un Diego hecho pintura descascarada a los costados de las vías de un tren en el conurbano bonaerense, o en una pared de Boedo o en el suelo de la Plaza de Mayo que lo llora sin consuelo; hay un Diego que se volvió altar con una camiseta, velas y un cuadro en la casa de mi amigo Juano en Villa Martelli; hay un Diego que sorprende a un nene en Agrandadytos y le cambia la vida para siempre; hay un Diego que se saca fotos con desconocidos sin preguntar nada; hay un Diego que hace jueguitos con la pelota al ritmo de Life is life en la semifinal de la Copa UEFA en 1989.

Hay un Diego que se equivocó y pagó; un Diego que tiene dos sueños: jugar un Mundial y salir campeón; un Diego al que jamás se le escapó la tortuga; un Diego al que le cortaron las piernas; un Diego que le dice a Riquelme que si está vacío mejor vaya a llenarse para no traicionar a los hinchas; un Diego que insiste en que Pelé debutó con un pibe; un Diego que describe que ganarle a River es como el beso de tu mamá para despertarte a la mañana; un Diego que bautiza a Macri como el “cartonero Báez”; un Diego que en Cuba está más solo que Kung Fu; un Diego que nunca quiso ser ejemplo y pide que lo dejen vivir su vida; un Diego que en 1992 espera a Toresani en Segurola y Habana 4310 séptimo piso para ver si le aguanta treinta segundos y un Diego consternado que en 2019 llora el suicidio del Huevo y se pregunta por qué Boca, River o la AFA no ayudan a los ex jugadores que no están bien.

Hay un Diego que fuma debajo del agua; un Diego que sólo va al banco para sacar plata, fiera; un Diego que le clava cuatro goles al Loco Gatti con la camiseta de Argentinos Juniors porque le había dicho gordito antes del partido; un Diego del “café veloz”; un Diego que te indica sin sutilezas que la tenés adentro; un Diego que se crió en un barrio privado de luz, agua y teléfono.

Hay un Diego que canta con Rodrigo, Calamaro y Sabina; un Diego al que le componen las canciones más hermosas del mundo; un Diego que un día escucha Mi Enfermedad interpretada por Fabiana Cantilo y pide que lo pasen en la previa de un partido; un Diego amigo de Charly; un Diego que baila al ritmo de Los Palmeras; un Diego que una mañana corre en una cinta con Camila Cabello de fondo y que antes escuchó al Chaqueño Palavecino y después pasó a Wolfine y Marc Anthony, Nicky Jam y J. Balvin; un Diego que usa una gorra que le regaló el cantante de Las Pastillas del Abuelo; un Diego que trepa a un escenario en pijama junto a la Bersuit y canta El baile de la gambeta; un Diego que entona Brindo por las mujeres con Fito Páez y Calamaro; un Diego que escucha atento las estrofas del Himno en la armónica de Andrés Ciro Martínez antes de subir al escenario con Los Piojos y cantar Maradó; un Diego que le dedica a La Claudia un tema de Carlos Vives en La Noche del 10.

Hay un Diego confidente de Fidel, amigo de Hugo Chávez y enemigo de Clinton; un Diego que siempre supo de qué lado debía estar parado; un Diego niño admirado por sus hermanitos que le dicen que es un marciano; un Diego que se casa en el Luna Park con mil invitados; un Diego sentado con las piernas abiertas contando anécdotas en Mar de Fondo con Alejandro Fantino; un Diego con rulos; un Diego rapado; un Diego con el pelo rubio; un Diego que se comió dos kilos de ubres, un Diego flaco; un Diego abuelo de Benja y Roma; un Diego huérfano de La Tota y Don Diego; un Diego al que mi compañero Daniel Riera le fotografió los pies.

Hay un Diego que pregunta en la intimidad de sus últimos días si alguien tendría ganas de ser Diego Armando Maradona cinco minutos y un Diego que afirma con certeza, hace casi treinta años, que si se muere quiere volver a nacer para ser futbolista.

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