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Jeanette Campbell, la primera mujer argentina que participó y ganó en unos Juegos Olímpicos

La nadadora formó parte de la delegación en Berlín 1936. Obtuvo el segundo puesto 100 metros libres. 

Los Juegos Olímpicos de 1936 fueron un intento de la Alemania Nazi de Adolph Hitler para ocultar el horror del Holocausto. También fue el escenario donde Jesse Owens, el atleta afroamericano de Estados Unidos, rompería todos los récords en 100 y 200 metros, salto en largo y relevos con cuatro medallas de oro. Asimismo la historia de esta competencia guardaría un lugar importante para Argentina: Por primera vez en la historia, una deportista argentina participaría y ganaría una medalla en los Juegos Olímpicos. Su nombre era Jeanette Campbell.

 

Aunque había nacido en Francia, en 1916, por una casualidad (sus padres estaban de vacaciones en Europa y no pudieron regresar a América por la primera guerra mundial), la deportista se nacionalizó argentina cuando sus padres se instalaron en el barrio porteño de Belgrano. En ese barrio viviría hasta su muerte, el 15 de enero de 2003, a los 86 años. Seguramente, su último pensamiento la habrá llevado a revivir la sensación que había tenido ocho décadas atrás, cuando se metió a una pileta por primera vez.

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Desde los seis años, Jeanette demostró una habilidad única. Con los años, su talento se vio desarrollado por el trabajo casi diario y los arduos entrenamientos. Los resultados llegaron pronto en forma de récords y medallas. En la década del 20, junto a su hermana Dorothy, se convirtieron en representantes del Belgrano Athletic Club. Se destacaron en las categorías menores y juveniles. Después de eso, Jeanette pegaría el salto a los mayores. Y sería única. 

 

En 1932, Campbell ganó el campeonato argentino de 100 metros y destrozó el récord sudamericano con una marca de 1:18:6. Tenía solo 18 años y un futuro increíble. En 1935, en el Sudamericano de Río de Janeiro, volvió a romper su propio récord con un tiempo de 1:08:0 en 100 metros y además, en los 400 metros con 5:47:8. Además ganarían las postas de 4x100 con Celia Milberg, Alicia Laviaguerre y Úrsula Frick.

 

A meses de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, Argentina ya tenía a su primera representante mujer en toda la historia. Sería la única en aquella delegación que salió del puerto de Buenos Aires con 54 deportistas varones y otro puñado de delegados hombres. “A la ida no me querían dejar demasiado con los muchachos. Entonces, cuando almorzábamos y cenábamos me pusieron en una mesa con los delegados. Los pobres tenían tantos problemas que todo el tiempo discutían, así que eso no era muy lindo”, había contado la nadadora en una entrevista para el libro Ni tan héroes, ni tan locos, ni tan solitarios.

 

El viaje duró 28 días en ese barco llamado Cap Ancona. La soledad no fue el único obstáculo que debió sortear durante aquella cuatro semanas. Además, Jeanette debió ingeniárselas para poder entrenar. La única pileta del trasatlántico no medía más de tres metros de largo. ¿Qué hizo la atleta? Cada día, durante horas, se ataba una soga a la cintura y daba largas brazadas sin destino. 

 

Pero Campbell no perdía la esperanza jamás. A pesar del poco entrenamiento, estaba lista a dar pelea en Alemania. Solo ella sabía si esperaba lo que estaba a punto de suceder. El 8 de agosto  venció en primera su serie eliminatoria. Pero no conforme con eso volvió a romper el récord sudamericano e igualó el olímpico. Un día después, rompió el récord olímpico: el reloj marcaba 1:06:6 y ella se convertía en la gran candidata a llevarse la medalla de oro. 

 

Pero, en la natación, como en cualquier otro deporte, no se puede predecir ningún resultado. Los 100 metros libres se disputaron el 10 de agosto y la argentina tuvo una pésima largada. Nervios, falta de concentración o cansancio. Lo cierto es que Jeanette tuvo que pelear como nunca antes lo había hecho. Al inicio de la carrera estaba tan atrás que ni siquiera pisaría el podio. Pero se recuperó y a los 50 metros ya lideraba. 

“Me dio una bronca bárbara”, afirmaría Jeanette, a comienzos de la década del 90, en una nota con Susana Viau. Todavía sentía el enojo de aquella tarde en Berlín, cuando en los últimos 25 metros, la holandesa Hendrika Mastenbroek, la pasó y se quedó con la medalla de oro por sólo 5 centésimas de segundo. Para entonces, la nadadora había entrado en la historia deportiva argentina. 

 

Las hojas del laurel que le pusieron en la cabeza estuvieron guardadas durante décadas en un cajón de su mesa de luz. La medalla de plata también estaba ahí. “El día de la competencia, al lado de la pileta había un podio pequeño y allí nos colocaron una corona de laureles. Al día siguiente, con estadio vacío porque no había competencia, nos hicieron entrega de las medallas. Aquella corona me emocionó mucho más. Una medalla es una medalla; el laurel es otra cosa”, dijo Jeanette.

 

De aquellos Juegos Olímpicos, la argentina también se trajo otro premio: fue elegida Miss Olimpic Berlín 1936 por su belleza y su elegancia. La eligió la prensa acreditada, compuesta íntegramente por hombres. En una parábola del destino, la mujer que había ingresado a la historia del deporte argentino por batir récords y ganar medallas también era galardonada porque el machismo quería elogiar su físico. No importaba demasiado. 

 


Jeanette regresó convertida en la primera argentina en participar de unos Juegos y en ganar una medalla. Se volvió una celebridad. Ingreso al Salón de la fama de la Natación, el natatorio del Centro Nacional de Alto Rendimiento (Cenard) lleva su nombre, y abrió la puerta a las deportistas nacionales que vencerían décadas después como Noemí Simonetto (Londres 1948, atletismo), Gabriela Sabatini (Seúl 1988, tenis), Serena Amato (Sidney 2000, yachting), Georgina Bardach (Atenas 2004, natación), Paola Suárez y Patricia Tarabini (Atenas 2004, tenis), Paula Pareto (Beijing 2008 y Río 2016, judo), Cecilia Carranza Saroli (junto a Santiago Lange en Río 2016, yachting), y Las Leonas (Sidney 2000, Atenas 2004, Beijing 2008, Londres 2012, y Tokyo 2020, en hockey sobre césped).

 


Tras su participación en aquellos Juegos Olímpicos, Jeanette soñaba con la revancha. Sabía que la medalla de oro en los 100 metros libres era suya. Tenía experiencia y mejor entrenamiento. Además ganaba un título nacional tras otro. Pero el estallido de la Segunda Guerra Mundial la dejó sin ese sueño. A los pocos años, se casó con Roberto Pepper, su novio de toda la vida, y tuvieron tres hijos: Inés, Roberto y Susana, que heredó su pasión por la natación y representó al país en la década del 60. De hecho, en los Juegos Olímpicos en Tokio 1964, Jeanette fue la abanderada olímpica y su hija fue parte del equipo de natación. Para entonces su nombre ya estaba grabado en la historia deportiva argentina. 


 


 

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