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Juegos Olímpicos: los momentos más bizarros e inolvidables de Tokyo 2020

Tras la suspensión por la pandemia de coronavirus, el 23 de julio comenzó el mayor evento deportivo internacional multidisciplinario.

Los Juegos Olímpicos Tokyo 2020 quedarán grabados no sólo en la historia del deporte sino también en la historia de la humanidad. Está competencia será recordada como los Juegos de la pandemia de coronavirus. Después de la suspensión, la competencia internacional comenzó con estrictos protocolos sanitarios para los deportistas, hisopados diarios y, por supuesto, sin público en los estadios. 

 

Pero, más allá de los controles, los contagios de algunos atletas que quedan, lamentablemente, fuera de competencia y la aparición de nuevos deportistas de élite, Tokyo 2020 también tuvo historias fantásticas y momentos bizarros. Como cada Juego, el de este año (aunque lleve el nombre del año pasado) también tuvo episodios inolvidables. 

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La propuesta 

El lunes 26, la esgrimista argentina Belén Pérez Maurice quedó eliminada de los Juegos. Era la tercera vez que participaba en esta competencia. Había estado en Londres y Río de Janeiro. Esta vez fue eliminada en dieciseisavos de final, con fallos polémicos y no dudó en denunciarlo frente a las cámaras de TyC sports. Aunque no esperaba lo que iba a suceder. 

 

La derrota ante la húngara Anna Marton todavía estaba en carne viva.  Pérez Maurice estaba inconfomre. Un tanto por bronca y un tanto porque sabía que estaba para más, le dijo Gonzalo Bonadeo, por TyC Sports, que no estaba de acuerdo con el rol del juez. Fue entonces que pasó lo que nadie esperaba. 

Concentrada en la entrevista, la esgrimista no notó la aparición de su entrenador, y también marido claro, Lucas Saucedo, con un cartel en sus manos. Lo había escrito un ratito antes, entre apurado y nervioso, y decía: "Flaca, ¿te querés casar conmigo??? Po favó".

 

Pérez Maurice se dio vuelta cuando Bonadeo le pidió que mirara a sus espaldas. Y todo fue alegría, amor, llanto, emoción y mucho más. 

Alertada por el periodista, Pérez Maurice se giró y en segundos su frustración se convirtió en alegría. Saucedo se puso de rodillas y bromeó: "Decime que sí porque hay mucha gente". Le dijo que sí. "Son 18 años juntos. Siempre hablamos sobre cómo y dónde vamos a envejecer, ojalá se dé, siempre fuimos de perfil muy bajo. Me parece que es un buen lugar para declararle todo mi eterno amor y admiración a la Flaca", contó Saucedo. "Yo venía rebien, sin llorar en ningún Juego Olímpico, pero acá...", se despidió la deportista. 

 

Nunca parar

 

La competencia de ciclismo fue magnífica. Y dejó una historia hermosa. De esas que están destinadas a ser una película, un libro o hasta una serie. La protagonista se llama Anna Kiesenhofer y ese día se convirtió en medalla de oro en ciclismo en ruta cuando nadie lo esperaba. Ni siquiera ella.

En el ámbito del deporte profesional, Anna era una perfecta desconocida. De hecho, las otras 67 ciclistas de todo el mundo apenas habían oído su nombre cuando vieron la nómina en Tokyo. Por supuesto, parecía imposible que pudiera vencer. 

 

El día de la carrera, la austriaca arrancó por delante del pelotón. Las grandes candidatas eran las deportistas del equipo de los Países Bajos. No había forma de ganarles. ¿O sí? Resistió la embestida de cada una y se mantuvo como líder. En silencio. Como había llegado a los Juegos Olímpicos.

Antes de que el resto de las ciclistas de elite la alcanzaran, cuando faltaban 40 kilómetros, y sin que nadie lo notara, Anna aceleró. Se cortó sola. Pedaleó como nunca lo había hecho. Esperó, nerviosa, la llegada de las ciclistas holandesas. Jamás la alcanzaron.

Incrédula, feliz y sorprendida, Anna cruzó la línea de llegada con un tiempo de 3 horas, 52 minutos y 45 segundos. Poco más de un minuto después, la holandesa Annemiek van Vleuten, la estrella del equpo, cruzó la línea, creyendo la ganadora de la medalla de oro. Festejó con los brazos abiertos. Como campeona.

 

Pero no lo era. A un lado de la pista, en llanto, la representante de Austria celebraba en soledad. Fue una secuencia absolutamente emocionante. Tal vez, en esa emoción recordaba sus días como triatlonista y biatlón; el retiro por las lesiones y su paso al ciclismo. También habrá recordado el día que se convirtió en competidora amateur en 2017 y esos entrenamientos combinados con su carrera como médica y su maestría en matemática. Hoy su nombre forma parte de la historia olímpica.  


Historia de una refugiada


“No soy una heroína. Soy una de los millones de mujeres oprimidas en Irán con las que jugaron por años”, aseguró la taekwondista Kimia Alizadeh, cuando escapó de Irán hacia Europa en 2020. En los Juegos de Río 2016, ella había ganado la medalla de bronce y había celebrado con la bandera de su país. Pero la realidad no era feliz.

Harta de la presión sobre las mujeres, Kimia pudo huir de su país. Llegó a Tokyo 2020 como representante del Equipo Olímpico de Refugiados. “Durante años jugaron conmigo como quisieron, me vestí como dijeron. Mis medallas la atribuyeron al velo obligatorio”, aseguró en una entrevista.

 

El azar la llevó a tener su primera pelea contra deportista de Irán. Le ganó a Nahid Kiyani. Sin problemas. Pero también sin velo. Casi como una lección para esos hombres que la obligaron a usarlo durante toda su vida. Después venció a las dos veces campeona olímpica Jade Jones pero no pudo subirse al podio porque perdió en las semifinales. Pero a esa altura su triunfo ya era mucho más que una medalla. 

 


Los rusos no son rusos

Desde que llegaron a los Juegos, los atletas rusos parecen de otro país. ¿Por qué? No llevan su bandera en la indumentaria, no suena su himno cuando ganan y ni siquiera pueden nombrar a Rusia en las entrevistas. 

 

De hecho, cada atleta que llegó desde Rusia es representado por las siglas ROC, que quiere decir, Russian Olympic Committee. Pero, ¿por qué razón ocurre eso?  Rusia tiene prohibido competir en Tokyo 2020 porque la Agencia Mundial Antidopaje expulsó al país por cuatro años, luego de descubrir que varios atletas habían dado positivo en el doping. 

 

En ese sentido, la Federación decidió enviar a más de 300 atletas para la competencia internacional más importante. Pero sin ninguno de los símbolos oficiales del país. Por ende, ni el nombre, ni la bandera, ni el himno podrán verse o escucharse en estos Juegos. Por eso, hicieron una adaptación en el escudo de sus colores patrios.  

Pero también se dieron un lujo. Como su famoso himno no puede sonar, los atletas que obtuvieron la medalla de oro escucharon el Concierto para Piano Número 1 de Piotr Tchaikovsky. Además de disfrutar de los mejores atletas, en estos Juegos Olímpicos también se goza con la mejor música. 

 

 

La ganadora del país más pequeño

 

El 26 de julio, Flora Duffy ganó la medalla de oro en Triatlón. Hasta ahí nada extraño. Una atleta que se coronó como tantas otras. El tema es que ella es la representante de Bermuda, un país de 67 mil habitantes, es decir, de uno de los países más pequeños. Pero hay más.  

Para la ONU, Bermuda tiene status de “Territorio no autónomo”. Como se sabe, este país tiene un Estado administrador que, en este caso, es el Reino Unido. Por ese motivo, la deportista podía ser una de las deportistas del Reino Unido. Pero se negó.

 

“Nací y me críe en Bermudas, mi corazón está ahí y por eso elegí competir para ellos”, afirmó en una entrevista. No sabía que estaba a punto de darle una alegría a sus poco menos de 70 mil habitantes. 

 

A Japón no le gustan los tatuajes


Cuando llegó a los Juegos Olímpicos, la atleta colombiana Valentina Acosta Giraldo, quien participa en tiro con arco, nunca pensó que le pedirían que se tape las manos y los dedos. ¿Por qué? Por sus tatuajes. 

En sus redes sociales, Valentina relató: “Me va a tocar taparme mis tatuajes. Me va a tocar tirar con algo en los dedos. Yo lanzo con mangas largas y pues no hay problemas, pero si alguien tiene tatuajes en la cara se jodió”.

 

Desde que comenzaron a organizar los Juegos, aún con la pandemia de por medio, los japoneses pusieron el foco en los tatuajes de los competidores. Al ver las fotos de la colombiana, le pudieron verificar si en ellos no había mensajes políticos o de algún otro tipo. 

 

Después de eso, le avisaron que debería competir con cada uno de sus tatuajes tapados. “Normalmente utilizo mangas, aunque hace calor ¿Cuál es el problema con mostrar los tatuajes? ¿No estamos en una sociedad en la que eso ya es normalizado? El problema es que pueden ser un mensaje político. No son los japoneses, es la organización”, dijo en una entrevista la arquera.

 

Finalmente, durante la competencia, Valentina debió tapar cada centímetro de piel en el que hubiera tinta. Aunque perdió con la británica Sarah Bettles, ella tiene un futuro prometedor a sus 21 años. 

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