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Día de la lealtad

De Leopoldo Marechal a Silvina Ocampo, siete poemas sobre el 17 de octubre de 1945

Algunos escritores argentinos le dedicaron poemas a la jornada histórica. Aquí se reproducen algunos de Leopoldo Marechal, Alfredo Carlino, Nicolás Olivari y "Pedro Argentino" que ensalzan la gesta, y uno profundamente antiperonista escrito por Silvina Ocampo.

La impresionante movilización popular del 17 de octubre de 1945 en respaldo del Coronel Perón, que estaba detenido en la isla Martín García, inauguró -qué duda cabe- un nuevo capítulo en la historia argentina. Algunos escritores argentinos le dedicaron poemas a la jornada histórica

Aquí se reproducen algunos de Leopoldo Marechal, Alfredo Carlino, Nicolás Olivari y "Pedro Argentino" que ensalzan la gesta, y uno profundamente antiperonista escrito por Silvina Ocampo. Aunque el texto del último poema no remite estrictamente a ese día, se reproduce aquí porque su autor es Darwin Passaponti, jovencísimo militante y poeta que fue asesinado el propio 17 de octubre baleado desde la terraza del Diario Crítica. 

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Al 17 de octubre

Era el pueblo de Mayo quien sufría,
no ya el rigor de un odio forastero,
sino la vergonzosa tiranía
del olvido, la incuria y el dinero.

El mismo pueblo que ganara un día
su libertad al filo del acero
tanteaba el porvenir, y en su agonía
le hablaban sólo el Río y el Pampero.

De pronto alzó la frente y se hizo rayo
(¡era en Octubre y parecía Mayo!),
y conquistó sus nuevas primaveras.

El mismo pueblo fue y otra victoria.
Y, como ayer, enamoró a la Gloria,
¡y Juan y Eva Perón fueron banderas!

Leopoldo Marechal.

Marcha triunfal de los descamisados

Ya vienen, ya vienen

del Sud y del Este,

del Oeste y del Norte

bajo una bandera: la blanca y celeste.

La trae en sus manos el Pueblo Consorte

porque ella es la insignia de los corazones,

–Virgen impoluta–

la madre de tantos soldados campeones,

la flor y la fruta

y el fuego de todas nuestras concepciones.

Ya vienen, ya vienen

llenando las calles de la Vieja Aldea,

cubriendo el espacio de las diagonales;

sudor y marea

que brama sonora, descuaja y voltea

el barro y la escoria de los pedestales

que ya no soportan

los mitos sangrientos de los capitales.

¿Qué sueñan los hombres? ¿Qué quieren, qué anhelan?

¿Adónde los llevan sus pasos que vuelan?

¿Por qué van cantando la estrofa bravía,

sin mengua ni atajo,

donde se confunde la Soberanía

con las expresiones rudas del Trabajo?

Ya vienen en grupos. Ya crece y avanza

la fiel muchedumbre que llega sin lanza,

sin puños cerrados

y al grito de ¡Patria! dicho con amor,

fornidos y honrados,

las frentes altivas, los pechos sudados,

llenan de alegría la Plaza Mayor.

La plaza, la plaza,

allí donde un día despertó la raza,

se llenó de golpe por encantamiento.

Allí están los hombres, allí los hermanos,

allí el sufrimiento

de miles de cientos

y cientos de miles de manos.

Miradlos, son ellos:

los simples obreros de todas las cosas.

No cantan degüellos

sino victoriosas

palabras que nacen del fondo del pecho,

por las jubilosas

semillas que han hecho

florecer espigas del inmenso erial:

doradas espigas: Trabajo y Derecho,

derecho a la vida, Justicia Social.

¿Quién es que los mueve?

¿Quién los acaudilla

que están en silencio como en la capilla?

¿Quién es el gigante que así determina

la ruta de todos los trabajadores?

Nada más que un hombre de estirpe latina,

el que necesita la Patria Argentina

para sus miserias, para sus dolores.

Ya vienen en grupos; ya no dan abasto

la acera, la fuente, la estatua y el pasto.

Se encienden las luces

y antorchas de fuego giran como bólidos

al aire agitadas por los brazos sólidos

de los que llevaban hasta ayer sus cruces.

(¡Oh Pueblo, mi Pueblo,

mi sangre, mi vida;

qué inmenso escenario para vuestra herida!

Seguidlo a ese Hombre que ya os acompaña

y el llanto de vuestras tristezas restaña).

Ya vienen, ya vienen

del Norte y del Sud,

del Oeste y del Este,

los trabajadores y la juventud

bajo una bandera: la blanca y celeste.

Ya vienen, ya vienen en grupos formados:

Son ellos, los simples obreros honrados,

del hierro y la fragua,

más puros que el viento, más limpios que el agua:

los descamisados.

Pedro Argentino.

(Autor desconocido. Poema publicado por el propio Juan Perón -con el seudónimo "Bill de Caledonia"- en el libro "¿Dónde estuvo?" que cuenta la historia del 17 de octubre.).

17 de octubre
Y ellos,
los mascarones de proa,
los pitucos del privilegio.
No sabían
que la música venia,
igual e idéntica a tantos sueños
malversados y rotos,
por el tiempo colonial.
No sabían
pero la música estaba,
oculta detrás de cada overol,
en cada grito,
Estaba el 17,
que le creció a la ternura,
en la calle ganada repentinamente.
Iban las magnolias y los cipreses del protagonismo.
Iban los sin nombres,
sin abuelos del Patriciado,
sin estancias ni vacas sagradas.
Eran la nada,por eso el todo.
Bandoneones afinados en la latitud del Barrio,
guitarras, bombos y charangos
venían ocultos en la densa brumosidad,
detrás de la pasión,
en la intimidad de un pueblo,
gestador de la multitud sobre la plaza,
el día, el sol,
la utopía, el rescate del Coronel
y la honrada victoria del oprimido.

La Muchacha del 17

Su nombre me llegó

como un tumulto.

Era casi un niño y militaba.

Su nombre me estallo detrás de la aurora

Era de madrugada en Buenos Aires,

el calor nos golpeaba y la pasión preparaba su incendio.

Iba a darse el día,

Fruta embarazado, de pie y para siempre.

Íbamos a inventarlo todo.

La muchedumbre,

aquella muchacha en el deseo,

el coronel para siempre.

Contarles a los otros,

Durante mi vida,

Como fue, lo que fue, en la eternidad.

Iba a darse el día y sería 17

y no sabíamos nada.

Ella me llego desde la lucha.

Ella, con sus ojos banderas

y su piel de alondra.

Ella, cantaba Como una llamarada

hasta herir el espacio.

Me llegó desde la sangre,

con la muerte Passaponti,

esa mutilada adolescencia que soñaba.

Me llegó desde el aire y el Canto,

desde la bronca y la herida,

desde la vida y la muerte,

desde la eterna ternura revolucionaria,

tan llena de amor,

tan llena de guitarras,

de palomas y vidalas,

de viejas haraposas,

de viejos, imposible dormir en la calle.

me llegó invicta, memorial y victoriosa.

Me llego sin saberlo,

era la historia

y uno participó como si nada.

me llegó como todo,

en el tumulto de la calle

yen medio de la lucha.

linda y total, vestida de estrellas,

de violines en su rostro.

Vital de odios,

porque amaba, tanto y tanto a su pueblo.

Me llegó con sus soles,

sus gestos, sus todos.

Nunca la pureza tuvo mas identidad,

que en su bello nombre.

Su ternura sigue creciendo

y contiene la misma rebeldía.

Ella, la invicta, muchacha del 17,

fue después eternamente nuestra,

aún flamea en la multitud

y sigue cantando

como una llamarada.

Alfredo Carlino. 

 

 

Esta primavera de 1945, en Buenos Aires

Hoy, en la sombra tibia, con detalles,
en la inscripción de tiza, en la basura,
lloro la suerte de mi patria, oscura,
entre los paraísos de las calles.

Esas molduras pálidas de acanto,
esas flores violetas en el suelo
muestran su imagen a través de un velo
que enturbia el puro goce de mi canto.

¡Con qué impudicia la naturaleza
no suspende una sola de sus rosas!
Como cuando alguien muere: en estas cosas
pensamos en las horas de tristeza.

He oído como en sueños a un tirano
con una quejumbrosa exultación
interrumpir la noche, en un balcón,
amenazando un trágico verano.

En distintas ventanas de las casas
he visto disparar ciegos caballos,
y elevarse los sables como rayos
castigando a mujeres en las plazas.

Vi morir a estudiantes tristemente,
asesinados por la policía:
y en la profundidad azul del día
la cobardía, abyecta, impenitente.

Yo vi una turba histérica, incivil,
que a la Casa Rosada se acercaba,
mientras que en la memoria se mezclaba
como un recuerdo, ya, el presente hostil.

El niño envuelto en una azul bandera
y los caballos inocentemente
acompañaban a esa triste gente
que escribía palabras en la acera.

Por esas mismas largas avenidas
ángeles nunca vistos en las puertas
surgieron de las casas descubiertas
al oír nuestras voces encendidas.

Quise pintar avergonzada a Clío
escondiéndose el rostro con el brazo,
en el fondo apenado del ocaso
allá por donde acaba el caserío.

De las provincias y gobernaciones
llegan hasta mi oído los clamores
tan melancólicos, entre las flores,
y siento en mí crecer los corazones

de este país tan grande como el mundo.
¡Oh, desolada confusión del día,
que ha transformado en odio la armonía
de un territorio plácido y profundo!

En las confiterías, en los coches,
en los confines de los arrabales,
en arcanos y férvidos umbrales
con plantas, en las casas, en las noches

de terrenos baldíos y de luna
donde se adoran las palomas quietas
en las últimas pálidas glorietas,
en la luz del amor, en la infortuna,

en los gomeros hondos y en la reja,
en la sombra del río, en la pobreza,
en los jardines siento esta tristeza.
Es la voz de mi patria que se queja.

Silvina Ocampo.

17 de Octubre

Desde la negra barrera del otro lado de la villa,
donde el horizonte se fundía con la nada,
con salitre en la mejilla resecada
y una miel despavorida en la mirada
llegaron los descamisados.

 

Desde la fragua abierta cual granada de su sangre,
encajada en el molde de la muerte,
desde altos hornos pavorosos, crudo fuego enemigo
con las uñas carcomidas
y el cabello chamuscado en cansancio secular
sus mujeres desgreñadas por el hambre y sus crías
que no lloran porque miran,
llegaron los descamisados.

 

Sin más arma que el cansado desaliento que en sus trazos se hizo hueco
frente al río enchapado de alquitranes y petróleos,
solfatara de mil diablos expulsados,
del ansioso cielo antiguo de los pobres,
detenido en el asombro de su paso,
la pupila desbarrada en la angustia esperanzada
en un hombre que hace luz en la tiniebla,
que levanta todo aquello que se daba por perdido,
por perdido y para siempre,
llegaron los descamisados.

 

Desde el otro lado de los puentes destruidos
por la mano codiciosa de los despechados
con un grito silencioso en la grieta de los labios,
clamoroso, esperanzado,
latir azul celeste en las venas que se crispan,
levantando los racimos en las manos,
hacia un hombre presentido,
que vibraba delicado,
llegaron los descamisados.

 

Desde el taller cerrado y la fábrica con su cara
clausurada de bondad,
patinada
por el antiguo sudor de sus familiares,
invadieron la ciudad
y el grito fue invadiendo las conciencias
hasta hacerle claridad.

 

Claridad junto al Líder recobrado
por su pueblo, el gran pueblo, solo el pueblo,
y para siempre… para siempre, desde entonces
es nuestro, solo nuestro, recobrado por el pueblo,
en aquel día de gloria que empezó oscuro y trágico
hasta hacerse claridad,
cuando el nombre iluminado,
mi prójimo y vecino, mi compañero y hermano,
lo rezaran con el alma, cuando llegaron los descamisados.

Nicolás Olivari

Quise cruzar la vida

con la luz del rayo
que el espacio alumbra,
seguro de no vivir más que un instante,
seguro de no morir debilitado.
Así como el rayo,
corto, breve y soberano.

Darwin Passaponti

Temas

  • Juan Domingo Perón
  • 17 de octubre
  • Aniversario

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