Secciones
Literatura

El río, el sexo y Laiseca: el mundo de Selva Almada, una escritora en busca del tono perfecto

Su próxima novela, su historia, sus influencias, el "ghetto" de las mujeres. 

Por Daniel Riera

Hace un par de semanas, Selva Almada ganó el First Book del Festival Internacional del Libro de Edimburgo 2019 por su primera novela El viento que arrasa, que este año se tradujo al inglés bajo el título The Wind That Lays Waste. Los premios literarios tienen un doble efecto benéfico: alegran a los lectores y a los amigos de un escritor, despiertan la curiosidad de quienes aún no lo leyeron.  Un poco más modestamente, esta entrevista persigue la misma finalidad.  Han pasado varios años y varios libros desde El viento... ¿Cómo escribe, desde dónde escribe en qué consiste el mundo de Selva? Aquí, algunas pistas. 

-Estoy escribiendo una novela desde hace muchos años. La empecé, la suspendí, la volví a agarrar, la empecé de nuevo, a lo largo de cinco, seis años. Ahora ya está encauzada para terminarla, y el plan es terminarla en los próximos meses y que salga el año que viene. Básicamente transcurre en un fin de semana: son unos amigos que van a pescar a una isla del Paraná, y está siempre rondando el recuerdo de otro amigo que se murió en una excursión de pesca ahogado... Y bueno, un poco son ellos, el recuerdo de este amigo muerto, la gente del lugar… La empecé con mucho entusiasmo a partir de una anécdota que me contaron, de una pesca de una raya gigante en el Paraná, la suspendí para escribir "Chicas muertas", la volví a leer y no me gustó, la tiré…  bah, no la tiré, abandoné ese archivo y empecé otro…

-No sos como Sabato, que le prendía fuego a los textos que no le gustaban…

-No. (Risas) Abandoné ese archivo y empecé otro, y estuve un tiempo para encontrarle el tono , después lo dejé, escribí unas páginas y la dejé para hacer el libro sobre el rodaje de Zama, y la retomé un poco más seriamente después. La trama se está diversificando un poco: antes era solamente el grupo de amigos, y después empezó a aparecer la gente del lugar, algunos conflictos, apareció  un personaje que me gusta mucho, una mujer que le gusta prender fuego cosas, qué se yo, cada proyecto tiene su tiempo particular y sus bemoles… Por ahí las otras novelas las escribí más rápido, tenía más claro para dónde iba y esta me cuesta más resolverla. Igual está bien, no me preocupa mucho.

-¿Cómo escribís? ¿Hacés maquetas?

-No, en general no, creo que también eso deviene en que a veces no sepa para dónde agarrar. No soy de hacer esquemas sino más bien de ir siguiendo una idea, ir viendo qué aparece a medida que escribo o a medida que pienso. A veces estoy más tiempo pensando en la historia de los personajes que sentada escribiendo. Me gusta pensar la escritura como la lectura, como un descubrimiento. A medida que te adentrás en la lectura de un libro vas descubriendo cosas, van apareciendo cosas, y la escritura a mí me funciona bastante en ese sentido, como una revelación, aunque suene un poco pretencioso. 

-Sería muy aburrido saberlo todo antes de escribir…

-Era una discusión que siempre teníamos con [Alberto] Laiseca, porque él hacía esquemas y nunca empezaba a escribir algo si no tenía un mínimo esqueleto y si no sabía cómo iba a terminar.  Él decía que me convenía hacerlo, yo le decía que no podía, y muchas veces terminaba dándole la razón a él porque los relatos quedaban a la mitad porque no sabía adónde ir, no terminaba de resolverlos nunca.  Creo que uno va armándose el manual que le conviene o que mejor le queda. Yo doy talleres hace muchos años. A veces los alumnos me preguntan si les conviene hacer un esquema y yo les digo: Y, no sé, probá… Cada uno tiene que ir encontrando su propio método.

-¿Cómo llegaste al taller de Laiseca?

-Empecé con Laiseca de  casualidad porque un amigo lo había leído. Yo no sabía quién era, ni lo había oído nombrar ni nada, apenas llegué a Buenos Aires. Y un amigo lo habia leído, había leído La hija de Kheops y estaba fascinado. Este amigo vivía hace unos años en Buenos Aires y bueno, en esa época, a fines de los noventa, principios de los 2000 el Rojas seguía siendo un lugar bastante frecuentado. Yo iba mucho cuando recién me había mudado en Buenos Aires, y mi amigo también, y me dijo que este tipo daba un taller, que porqué no me anotaba, y así fui,. Y estuve unos meses en ese taller, que era multitudinario, como 40 personas, así que le pregunté si tenía un grupo más chico en la casa o en otro lugar, y empecé a ir a la casa. Ahí empezó una relación más de amistad y confianza. Era muy particular. Con este amigo que me aconsejó ir, él terminó yendo también y terminó haciendo un documental que se llama Lai, sobre las clases del taller. Ahí sale un poco la dinámica. Laiseca no separaba su vida de la obra, era todo lo mismo. Entonces por ahí en las clases del taller hablábamos de que tenía que llevar el perro al veterinario, no sé, hablábamos de cosas extraliterarias. Laiseca era un maestro bastante particular, creo que por eso generaba una relación que yo no tengo ni quisiera tener con ninguno de mis discíp… de mis alumnos. Él hablaba de sus alumnos como "discípulos". Ya creo que eso le da un sentido a su manera pedagógica, que no es la de coordinar un taller como puedo hacer yo, sino algo mucho más místico.

Alberto Laiseca lee su propio cuento, Chanchito con Manzana

-Desarrollá esa idea…

-Sí, que no se terminaba en las dos o tres horas de taller. No era así con todos los que íbamos al taller, pero sí con algunos grupos y con algunas personas en particular, conmigo en particular también… Entonces el taller no era sólo ese lunes que nos reuníamos ahí, era llamados telefónicos, y en los últimos años, cuando él estaba más viejo y más vulnerable era también ir en algún momento a la casa, o acompañarlo a hacer cosas o comprarle… Él te daba la plata y vos ibas y le comprabas un pantalón… Cosas así. Con los años, la relación se fue volviendo más de familia. Yo sentía que Laiseca y mis compañeros, mis amigos, éramos una especie de familia. Eso lo generaba Laiseca. Cuando él se murió, yo sentí que además de morirse alguien a quien yo quería muchísimo, se moría una idea de casa. Como si Laiseca hubiera sido durante todos esos años una casa para nosotros, un sitio donde ibas. La excusa era ir y leer lo que estabas escribiendo, pero era una relación de mucha más intensidad, con todo lo bueno y lo malo que eso puede tener, o mejor dicho lo bueno y lo incómodo, lo alegre y lo doloroso. Eso en la película [se refiere al documental Lai, de Rusi Millán Pastori] está muy bien mostrado, se refleja… Para hacer esa película estuvimos grabando las clases durante cinco años, y bueno, El Rusi hizo una selección, una edición, pero ahí se ve muy bien lo que era ese taller. Lo ves a Laiseca en distintas circunstancias, en distintos humores a través de varios años. 

-¿Qué aprendiste de Laiseca?

-Aprendí sobre todo a tener paciencia. Cuando empecé el taller y los primeros años que empecé con él yo tenía mucha impaciencia por publicar, por ser una escritora. Con él aprendí a ejercitar la paciencia: que escribir no era publicar, que publicar era lo de menos, que era mucho más importante lo otro, y para hacer lo otro, que era lo más importante, había que tener muchísima paciencia. Aprendí eso y después aprendí un montón de cosas de la manera en que él se relacionaba con la literatura y con todo lo que la rodea, que era algo que yo no quería para mí.  La literatura confundida con tu vida, la obra confundida con la vida de una persona no es un plan para mí. Él la pasaba mal por un par de cuestiones: la pasaba mal por la falta de reconocimiento, la pasaba mal porque nunca lo habían traducido, la pasaba mal por la relación con el dinero, por las dificultades para cobrar sus trabajos,  o qué valor ponerle a sus trabajos, todas esas cosas yo aprendí que no las quería, que en mi vida  no iban a ser un permanente dolor de cabeza y una preocupación. Y que tampoco me interesaba ese nivel de entrega a la literatura que tenía él. A mí me encanta escribir, la paso superbien cuando escribo, pero si no escribo tampoco es un drama. Tampoco es que me planteo no escribir nunca más, pero pienso que si algún día sucede por alguna razón, no pasa nada.

-No te planteás vivir una experiencia límite para ver cómo se vería eso literariamente…

Lai en sí mismo era un personaje muy fuerte, un border. Yo soy bastante más común, él no tenía otra manera de hacerlo, además de que tenía una imaginación muy portentosa. Los límites para él eran muy difusos, yo estoy un poco más adaptada a la sociedad, puedo moverme más cómodamente en la vida social y bueno… No tengo esa imaginación o ese talento desbordado, soy más normal y lo puedo manejar de otra manera. No me interesaría tampoco una obra que me duela, o sea que escribir termine arrastrándote siempre hacia lugares de dolor. A mí me parece que la escritura tiene que ser por lo menos para mí, un lugar de incomodidad (porque cuando me empieza a resultar cómodo escribir deja de interesarme), pero no una tortura. Esa idea de la escritura como inmolación no me interesa: tal vez cuando era más chica y empezaba a escribir tenía esa fantasía,  y después cuando conocí a Laiseca y vi que eso no estaba sólo en la biografía de Poe sino que alguien lo había llevado a la práctica -alguien cercano y a quien yo conocía había hecho carne eso en su propia vida- ahí terminé de entender que no era un plan para mí.

-¿Cómo era el paisaje de tu infancia entrerriana? Tomá la palabra "paisaje" en el sentido más amplio que quieras.

-Me creí en un pueblo muy chico, Villa Elisa, donde mis padres eran de clase baja. Vivíamos un poco en la periferia, donde terminaba el pueblo y empezaba la parte más rural. Mi mamá fue mucama, fue enfermera… Ella se había casado muy joven. Tenía 16  años, se casó embarazada. Había dejado el colegio y lo retomó después: mientras yo estaba haciendo el secundario, mi madre estaba haciendo el secundario. Y después estudió el magisterio,su sueño había sido ser maestra. Fue una época de un pasar bastante pobre, pero con una idea, porque mi abuelo, el padre de mi mamá, había sido peón de estancia, pero era muy lector. Había una idea, entonces, de que leer, aprender idiomas o cosas así tenía que ver con una superación en la vida. Entonces había libros en casa, nos compraban libros o qué se yo, yo iba a la Alianza Francesa, para mi madre era importante que estudiara idiomas, ir a la universidad era importante, tener una carrera era importante, como una aspiración de ascenso social. Mi hermano fue, dejó, también, no terminó ninguna carrera pero estudió. Yo fui a estudiar, mi hermana también, de parte de mi mamá había mucho estímulo a lo intelectual. Estuvo siempre estimulado que yo leyera, que me interesaran los libros, que me interesara escribir. Eso en un pueblo muy conservador, muy católico donde yo me sentía desencajada desde chica.

-¿Ibas a misa?

-No. En estos últimos años mi vieja sí era más religiosa, pero en aquella época al contrario, era un poco anti… pero sí toda la comunidad era muy religiosa y sigue siéndolo. Mi vieja era como de otro palo. Todas sus compañeras eran amas de casa, la mía era la única que trabajaba afuera. Era muy independiente desde lo económico. Yo siempre digo que aunque ella no se haya dado cuenta ni se haya reconocido feminista en ese entonces, lo poco que supe de feminismo desde chica era viendo actuar a mi madre. Aunque eso no se llamara "feminismo" ni estuviese avalado por una teoría, mi vieja vivía una vida muy feminista cuando yo era chica, y yo notaba que era muy diferente a las casas de mis compañeras. Supongo que eso te hacía pensar en otras cosas o tener otras aspiraciones que no fueran un poco los mandatos del pueblo, que eran el casamiento, los hijos…

-En tu obra aparece muchas veces el tema de los padres que abandonan a los hijos…

-El interés está puesto en las relaciones familiares, pero quizá menos convencionales. Las familias disfuncionales, pero tal vez no en el sentido que lee damos hoy, de familias ensambladas, sino lo que era una familia disfuncional cuando yo era chica: había un abandono por parte de los padres, o  había hijos que no tenían padre. Yo tengo un primo que tiene mi edad, que fue mi gran amigo de toda la infancia. Él no tenía padre, no sabía quién era, y yo sí tenía. Eramos tan cercanos que yo me sentía muy culpable de tener yo un padre y él no. Alrededor había muchas familias monoparentales, pero ni siquiera por una elección, sino tal vez porque alguien había dejado embarazada a alguien y se había tomado el palo. Mi abuela tenía hermanos que no eran del padre de ella y que no se sabía bien quién había sido el padre. No sé cuánto había de elección, sino más bien eran mujeres que de repente eran seducidas y abandonadas.  Más allá de que en mi familia mi padre vivía con nosotros, la que llevaba adelante la casa y la que tomaba las decisiones era mi madre. Mi padre era bastante cabeza hueca, era parte de la familia pero un poco hacía la suya también.

-¿Qué era ser “cabeza hueca”?

-Como si fuese un adolescente eterno. No hacerse cargo de las cosas. Mi madre era madre y padre, cumplía los dos roles.

-¿Cuántos hermanos son?

-Somos tres hermanos. Tengo un hermano mayor, después vengo yo y después viene mi hermana más chica.

-¿Cómo te llevás con ellos?

-Con mi hermano nos llevamos cinco años, que cuando sos chico es una diferencia bastante grande y cuando sos adolescente, también. Cuando yo empecé el colegio, mi hermano lo terminó y se fue a estudiar a otra ciudad. Entonces tuvimos mucha más relación los primeros 12 años míos y después casi no nos vimos todo lo que duró mi secundario, porque cuando él volvió yo me fui. Con él tengo una relación más distante, y con mi hermana tengo una relación más cercana, porque nos llevamos menos, nos llevamos tres años, y además vivimos juntas muchos años en Paraná. Entonces con ella sí tengo una relación más estrecha.

-¿Como fue que te viniste a Buenos Aires?
-Me vine con mi pareja, seguimos juntos todavía, vino acá a trabajar...  Yo estudié finalmente el profesorado de Literatura, y cuando estaba terminando el profesorado él se vino a vivir acá por trabajo. Cando terminé yo de estudiar me vine también. Era una fantasía mía venir a trabajar de todos modos, pero vino primero Grillo, mi pareja, y después vine yo, y ya nos quedamos acá.

-Cuánto hace que están juntos?

-Veinticinco  años, desde que yo tenía 21.  No hay muchos casos así en nuestra generación, tal vez en los padres de los amigos…

-¿Hubo conflicto familiar cuando decidiste ir a Buenos Aires?

-En mi familia no hubo conflicto porque los hermanos de e mi mamá y un hermano de mi papá habían emigrado a Buenos Aires. Mi abuela, por ejemplo, enviudó como a los 50 años y a los 55 se vino a vivir a Buenos Aires para trabajar de mucama. Un delirio. Mi tía, la mamá de mi primo, cuando mi primo tenía 10, se vino a vivir a Buenos Aires. Como que lo de irse a vivir a Buenos Aires era algo bastante normal. Y además como yo escribía, y antes quería ser periodista, y en esa época si alguien quería hacer algo con esas cosas tenía que venirse a Buenos Aires, así que no causó ninguna sorpresa. Mi vieja nunca esperó que yo terminara una carrera y volviera al pueblo.

-¿Llegaste a trabajar de periodista?

-No, dejé la carrera. Estudié tres años y dejé. Nunca trabajé de periodista. Lo más parecido que hice fue el libro Chicas muertas. La Facultad era engorrosa, porque no era Periodismo, era Comunicación Social, y había un montón de cosas que a mí no me interesaban y había que transitarlas igual como parte del combo de la carrera. Yo había empezado a escribir ficción y me había enganchado, entonces empecé a perder las ganas de hacer periodismo. No hay otra cosa que me atraiga o me guste tanto como la literatura. No me gusta la música, no escucho música. Ahora veo series, pero no tengo otra cosa que me haya gustado tanto tiempo como la literatura o la escritura. La cocina, puede ser, pero tampoco es que me genere la adrenalina que me genera la escritura. Puedo cocinar cualquier cosa, pero lo que más me gusta cocinar es lo que se puede cocinar adentro de una olla: guisos, locros, sancochos con carne, porotos y todas esas cosas… Cocino bien y puedo hacer cualquier otra cosa, pero lo que más me gusta son esas comidas que se hacen adentro de una olla y llevan muchas horas de cocción.

 

-¿Hay un tono seco, austero, que te pide el escenario de tus novelas?

-Creo que el tono tiene que ver más con la historia que estoy contando que con el escenario. Por eso El viento que arrasa puede ser una novela muy seca, recortada, parca, y Ladrilleros en cambio es un poco más exuberante. Creo que el paisaje, aunque sea el mismo, tiene otros matices. El viento que arrasa tenía que ser una especie de susurro o de oración en el sentido de rezo, como de una cosa que se habla en voz muy baja. Y la manera que está escrita tiene que ver con eso, con un susurro. Ladrilleros, que es una historia más apasionada, más terrenal y violenta, también necesitaba una manera de contarse mucho más para afuera, más a los gritos. Los narradores son bien diferentes y el narrador de Ladrilleros es un narrador totalmente contaminado por los personajes y por su manera de hablar. Si bien no es una novela barroca –porque yo nunca voy a ser barroca, creo- comparando las dos es mucho más barroca Ladrilleros que El viento que arrasa.El tono aparece si estás interesada en que aparezca. Por ahí hay gente que escribe y no le importa demasiado el tono: le importa más la trama, la intriga. Para mí una novela puede estar bien escrita, la podés leer, te puede gustar, pero lo que hace que sea memorable o no, lo que hace incluso que a mí me interese como lectora, es el tono. Abandono muchos libros, muchas novelas,  las empiezo a leer y las dejo porque no escucho un tono particular que le pertenezca a ese libro, que sea de ese libro y no de otro. Cuando yo escribo es lo que más me interesa y lo que más me cuesta encontrar. Para mí tiene que aparecer en las primeras líneas de una novela. Lo que escribo más veces son los comienzos de los textos, porque siento que es ahí donde tienen que aparecer,. Si no aparece ahí el tono no tiene sentido seguir escribiendo, porque después vas a tener que empezar de nuevo así hayas escrito 100 páginas.  Y ahora me pasa con esta que estoy escribiendo, que es casi como un poema…  Viste que te dije que me costó bastante encontrarle el tono... Cuando se lo encontré resultó ser lo más lírico que escribí. Porque entre los personajes todo el tiempo están los muertos, está el muerto que se ahogó, hay otras muertas dando vueltas, que no saben que están muertas… Esta novela transcurre en el río, en las otras dos el río es una promesa, un recuerdo, algo que sucedió en la vida de los personajes, pero acá está sucediendo todo el tiempo el río porque la novela transcurre ahí. Creo que tiene esa cosa del rumor poético del río. Los protagonistas de la historia van a pescar porque les gusta pescar, pero los otros, los lugareños, pescan para vivir, son pescadores. De hecho escribí un texto que se llama "Pescar y escribir", que habla del proceso de escritura y de otras cosas. Cuando empecé a escribirla, era muy narrativa, y después me di cuenta que estaba demasiado hablada, y que tenía que tener más la cadencia del río. Y que los silencios que pide el texto tenían que ver con el acto de la pesca. Para pescar hay que estar callado, no podés pescar y estar hablando a los gritos porque ahuyentás a los peces. Incluso con mi editora Ana Laura Pérez, charlando sobre la novela y mostrándole mis borradores, yo primero la había separado por capítulos, y después ella me dijo mirá, tiene esta forma, la cadencia del agua… 

-¿Cómo te llevás con el río?

-Donde yo nací no hay río. El río más próximo es el Uruguay, No tuve mucha vivencia de río sino más de arroyo. Recién empecé a tener una cercanía mayor con el río cuando terminé el colegio y me fui a vivir a Paraná, y ahí estaba el río, y qué río... De chica he ido a pescar, pero no es algo que me atraiga para nada. Mi vínculo pasa por la observación. Yo no nado, no me meto al agua en ningún lado, menos en el río que es además muy peligroso, pero sí tengo una relación desde la contemplación, desde la orilla.

-En Ladrilleros hay algunas escenas de sexo bastante intensas.¿Qué buscaste al escribirlas? ¿Conmover al lector, calentarlo, una combinación de ambas cosas?

-Tenía que haber escenas de sexo porque los personajes eran muy calentones, muy sexuales. Desde las primeras páginas aparece una escena cuando se conocen los padres del Pájaro, que van a un baile y garchan contra un árbol, como que el sexo era algo muy presente en la vida de esos personajes. Las primeras escenas de sexo que escribí son las de Ladrilleros: no hay ninguna en ningún texto anterior. Viste cuando llegas a ese punto y la evadís y te vas para otro lado porque son difíciles de escribir... Y acá dije No, estos personajes garchan, garchan mucho y esto tiene que aparecer en algunos momentos del texto. Fue un desafío escribir esas escenas, porque además me pasaba que no tenía recuerdos de novelas donde personajes pobres, marginales, tuvieran escenas gozosas de sexo. Debe haberlas, pero yo no las recordaba. En general, en las novelas el sexo en las clases bajas venía aparejado al abuso, a la cosa turbia, lo no deseado, y bueno también me parece una mirada un poco chota pensar que los pobres no pueden garchar porque tienen ganas y la pasan bien. Como si no hubiera erotismo en la pobreza. Esto le conté un montón de veces, pero me acuerdo de cuando salió Nina Peloso en la tapa de la revista Noticias y tenía una bombacha roja, y estaban todos escandalizados porque una dirigente piquetera aparecía mostrando una bombacha roja, como si no quisiéramos ver que Nina Peloso cogía, con Castells o con otros…  Y estos pibes de la novela, Ángel y Pajarito, son hermosos, están ahí como en la flor de la vida, del erotismo, quería que cogieran, pero que también cogieran los padres de Pajarito, que tampoco el sexo heterosexual estuviera atravesado por catolicismo, prohibición, pecado, sino que cogieran y que la pasaran bien.

-Uno de los momentos más lindos de Ladrilleros es el trabajo sobre la interioridad de Pajarito. Después de coger con Ángel, Pajarito lo quiere cagar a trompadas por "puto de mierda", no soporta sentirse atraído por él, hasta que acepta lo que le pasa y vuelven a coger felizmente... Se me ocurre preguntarte si en ese sentido pensaste muchas veces que odiabas a algo o alguien y terminaste aceptando que te encantaba, es decir si tuviste tus propios "momentos Pajarito"...

-Julián López me odia porque estuve años diciendo que odiaba el cilantro y ahora me encanta. Eso es una pavada, ahora no encuentro un ejemplo más contundente, pero estoy segura de que tengo muchos momentos Pajarito (risas)...

-Fuiste alumna de Laiseca y siempre hablás de lo mucho que te influyó, pero es difícil detectar marcas de él en tu obra...

-Creo que la influencia que tiene Laiseca en mí es más intrínseca, diría, como más subterránea; no sé si se ve en el texto porque tenemos escrituras completamente diferentes y universos completamente diferentes, pero él ha sido fundamental en mi formación como escritora. No sé dónde se puede ver eso en los textos, pero yo lo sé completamente en la vida. Para mí conocerlo fue una cosa muy radical en la vida, y eso sigue haciendo sentido en mí más allá de que se haya muerto o de que pasen los años. No sé cómo se rastrea eso en la escritura, quizás ni aparece, pero aparece en algo que tiene que ver con mi interior, conmigo como persona.

-En una misma semana, Mariana Enriquez, María Gainza y vos ganaron sendos premios, y las redes explotaron con la buena semana para "la literatura de las mujeres". Considerando además que son tres escritoras bien diferentes entre sí, me pareció un poco injusto, una especie de fuego amigo para ustedes porque nadie diría "qué buena semana para la literatura de los varones" si tres escritores varones ganaran premios…

-No, seguro que nadie va a decir: "Qué bueno, tres varones ganaron premios... " (risas). Es que a pesar de toda el agua que ha pasado bajo el puente, cada tanto nos preguntan acerca de la "literatura femenina". Es una pregunta clásica, que ahora la preguntan menos, pero no termina de desaparecer.  Me pasa lo mismo que con las mesas de la Feria del Libro para hablar de feminismo y literatura. No me causa incomodidad, porque la incomodidad siempre es bienvenida: me embola, me tiene harta. Son titulares que no ayudan nada. Una buena intención que no resulta. Quieren resaltar el trabajo de las escritoras y nos preparan un ghetto. Es lo más fácil. Y además genera lo otro, la puerta abierta para la suspicacia: que ahora hay que ser mujer para ganar premios, que ahora si no sos mujer no te editan, que es algo que dicen mucho los escritores varones.

NEWSLETTER

Las mejores historias, todos los días

Recibilas en tu mail todas las mañanas

Comentarios

Su próxima novela, su historia, sus influencias, el "ghetto" de las mujeres.