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Extraterrestres sobre Buenos Aires: el día en que todo el país vio un "OVNI", la Fuerza aérea y la televisión lo persiguieron

El 17 de septiembre de 1985 fue uno de los días más divertidos de la historia argentina. Todo el país estuvo anonadado durante varias horas mirando un objeto extraño en el cielo. Hace unos años me tocó investigarlo: hablé con fuentes oficiales y hasta con los más famosos ufólogos. No había dos que coincidieran. ¿Qué pasó aquel día?

Una mañana, un objeto luminoso de procedencia desconocida, mezcla de paraguas y plato de sopa, sobrevoló el cielo de Buenos Aires. No lo vio sólo un loco, desde los ventanales de algún hospital neuropsiquiátrico; no lo vio sólo un fanático de alguna disparatada disciplina alternativa; no lo vio sólo un consumidor de ácido lisérgico, en pleno trance. Lo vieron millones de personas. Lo vimos millones de personas. Lo fotografiaron. Lo filmaron. Salió en la tapa de los diarios. Salió en los noticieros de tevé: Nuevediario envió un avión a perseguirlo. La Fuerza Aérea envió dos aviones a perseguirlo. No era un pájaro. No era un avión. No era Superman. ¿Qué era? El 17 de septiembre de 1985, millones de argentinos se hicieron, nos hicimos la misma pregunta. El 17 de septiembre de 1985, todavía mirábamos al cielo.

Era un día limpio, de cielo despejado y visibilidad excelente. Un sistema de alta presión dominaba Buenos Aires, asegurando óptimas condiciones de vuelo. Los radares de la torre de control del Aeropuerto Internacional de Ezeiza ubicaron el misterioso, brillante aparato, a 22.900 metros de altura, cerca de la ciudad de Junín, en la provincia de Buenos Aires. A esa distancia de la tierra soplaban inusuales vientos del Este. ¿Qué era lo que vimos, entonces, entre las 6 de la mañana y las 3 de la tarde? El gobierno debía darle a la sociedad una explicación de los hechos; le dio, en cambio, algunas teorías contradictorias. Según el funcionario o el organismo, el objeto era un globo estratosférico, un globo sonda –las procedencias de los globos también variaban– o el mismísimo planeta Venus. Para los ufólogos argentinos, tales contradicciones no eran sino otra señal de que los extraterrestres habían estado entre nosotros. La tradicional egomanía argentina funcionó a las mil maravillas: a nadie se le cruzó por la cabeza la posibilidad de que los visitantes estuvieran obteniendo una visión de conjunto de, digamos, el planeta Tierra. Preferimos pensar que ellos posaban su mirada sobre nuestro país.

Dos aviones Mirage de la VIII Brigada Aérea de José C. Paz hicieron vuelos de aproximación hasta los diez mil metros de altura, pero no trascendieron los detalles que dieron sobre el aparato. (La Prensa, 18/9/85)

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En medios bien informados de la Fuerza Aérea se aseguró que a media mañana de ayer un avión Mirage estuvo a punto de despegar para ir al encuentro del objeto brillante y acerado que, suspendido sobre el cielo de la Capital Federal y zonas del Gran Buenos Aires, conmocionó a sus pobladores. Se dijo que “solo una razón de peso y ‘pesos’” impidió el decolaje: la operación hubiese tenido un costo de no menos de 7 mil dólares, gasto que –según se decidió– no se justificaba. (Clarín, 18/9/85)

Aunque intentaron desmentirlo, la Fuerza Aérea envió –tal como consignó La Prensa– dos aviones de la Brigada Aérea de José C. Paz al encuentro del objeto, lo que indica que los militares no estaban del todo seguros de que se tratara de un globo. En 1988, la Brigada fue trasladada a la ciudad de Tandil. En 1989, desde Tandil, el entonces teniente primero Morresi confirmó a este periodista que los aviones habían volado, aunque se negó a brindar datos adicionales.

El sitio de Internet Gaceta Ovni presenta el testimonio de un supuesto ingeniero electrónico que habría trabajado para la Fuerza Aerea Argentina, a cargo del mantenimiento de los instrumentos de radar. Según el sitio, el 17 de septiembre de 1985 este ingeniero –que habría pedido mantener la reserva de su identidad– fue convocado por personal militar de la base de Morón, debido a que la lectura de los radares de la base les pareció incorrecta a los expertos.

–Yo no tuve duda de que era un ovni –afirma este supuesto ingeniero–, porque a nosotros en la Fuerza Aérea se nos entrena para discriminar cualquier tipo de objeto en una pantalla de radar, desde un helicóptero hasta un avión anzuelo. Jamás dudé de que aquello era algo exterior, algo no construido por seres humanos, que tenía el tamaño de un transatlántico pero estaba a 150 mil pies de altura. Estaba como clavado, no se bamboleaba ni nada por el estilo. Estaba ahí. Cuando se fue, lo hizo en forma vertical. No sé qué aceleración habrá tenido porque fue brutal, algo desconocido para nosotros.


El legendario ufólogo argentino Fabio Zerpa asegura hoy, dieciseís años después de los hechos, que conversó con uno de los pilotos de la Fuerza Aérea.
–Estaba sentado en la misma silla donde tú estás sentado en este momento –describe, para darle más emoción al asunto–, y me contó que había perseguido al supuesto globo.

–¿Qué le dijo?
–Que cada vez que se acercaba a la altura del objeto, el objeto se corría, como si tuviera un comportamiento inteligente. Al principio, el piloto calculaba que el aparato estaba a unos 5500 metros de altura. Cuando llegó a los 5500 metros, el aparato subió a los 6000. Así hubo una persecución hasta los 11 mil metros, cuando el piloto abandonó porque no llevaba elementos que le permitieran respirar más allá de esa altura. El piloto no entiende muy bien qué pasó: cree que era un globo, pero que parecía tener un comportamiento inteligente.

El testimonio de Zerpa no cierra, por una razón obvia: 5 mil quinientos metros es una altura lo suficientemente baja como para que cualquier avión hubiera podido, sin ningún inconveniente, alcanzar al objeto, filmarlo y describirlo con pelos y señales. Los radares señalaron en todo momento entre 20 y 25 mil metros de altura, lo que desmiente la veracidad del supuesto testimonio.

También voló –sobre esto no hay duda alguna: millones de argentinos lo vimos por televisión– un Learjet lw-jka, de la empresa Aeromaster. El vuelo había sido encargado por el director de Canal 9, Alejandro Romay, para el noticiero Nuevediario: la tripulación encargada de tan excitante aventura estaba compuesta por el comandante Carlos Miranda, su copiloto, el camarógrafo Carlos Martínez, su ayudante Raúl Baisetto y el periodista Ricardo Rivas. Ninguno de ellos tenía una formación científica que les permitiera establecer con precisión lo que vieron, pero, sin dudas, todos quedaron muy asombrados. El 17 de septiembre de 1985, a los 15 años, decidí ser periodista. ¿Qué mejor profesión que aquella en la que a uno le pagan por perseguir platos voladores? En octubre de 1989, contra todos mis pronósticos, la revista El Porteño aceptó publicar y pagar una investigación sobre el caso. Mi primer entrevistado fue Ricardo Rivas, que no había podido olvidar la historia.


–¿Qué cree haber visto?
–Un Ovni, sin dudas.
–¿Cómo lo sabe?
–Subimos a 47 mil pies, casi 15 mil metros de altura. Los radares indicaban que el aparato estaba como 25 mil pies más arriba que nosotros, y así y todo lo veíamos gigantesco.
–Los ufólogos dicen que la filmación de ustedes demuestra que el aparato se movía desafiando la ley de gravedad…
–Es muy difícil determinarlo a partir de nuestra grabación. Usamos una cámara rca, un verdadero armatoste pero con una gran definición de imagen. Nos costó mucho mantenerla en pie: por eso la imagen aparece movida, lo que pudo prestarse a confusiones.

Ricardo Rivas: ¿De qué puede tratarse?
Copiloto: Yo no tengo la menor idea...
Comandante Miranda: Evidentemente para mí es un globo metálico... (…)
Rivas: ¿Pueden llegar a equivocarse en observaciones como la que estamos realizando?
Miranda:De ninguna manera. Eso es un globo con algo que pende debajo y nada mas, no hay ninguna otra cosa extraña...
Rivas:¿Puede ser algo metálico?
Miranda: No podría hablar del material, pero evidentemente es una esfera con un gran brillo, como ustedes pudieron ver. La sobrevolamos a 45.000 pies y no se ve nada más que eso, que es lo que todos podemos ver.
Rivas:¿Cuánto mas alto que nosotros puede estar?
Miranda:Calculo que unos 15.000 pies más...
Rivas:¿Ninguna de las torres de control que están en contacto con esta máquina le ha pedido informes?
Miranda: Estamos en contacto con Ezeiza (Baires) y le estamos comentando... ahora estamos a 46.000 pies... y le estamos comentando lo que estamos viendo porque pienso que es algo de interés general....
Rivas:(por radio) ¿Ezeiza me recibe?
Baires (Torre de control): Señor, adelante...
Rivas:¿Ustedes tienen idea de qué es el objeto que está ocupando el espacio aéreo de Buenos Aires?
Baires: No, para nada. En absoluto. Inclusive dos Mirage han subido hasta 55.000 pies y no lo han podido identificar con claridad. Calcula el piloto del Mirage que subió hasta 550, que “eso” estaba a 20.000 pies mas por lo menos...
Copiloto: Gracias Baires.

(Diálogo entre el periodista Ricardo Rivas, la tripulación del Learjet y la torre de control del aeropuerto de Ezeiza, emitido por Nuevediario el 17 de septiembre de 1985.)

A juzgar por sus declaraciones durante el vuelo, para Miranda no había nada extraño. Un globo metálico, como tantos. Sin embargo, cuando lo entrevisté, el comandante no parecía estar tan seguro.
–¿Qué vio?
–Algo así como un cilindro enorme, impresionante. Cuando un Jumbo vuela a 12 mil metros de altura, desde la tierra apenas se ve la estela que va dejando. Yo estaba a 15 mil metros: este aparato, muchísimo más arriba. ¿Cómo podía verse desde la tierra, con la nitidez con que se lo vio? ¿Qué diámetro tenía?
–…
–Otra cosa: los que acostumbramos a volar sabemos que, a grandes alturas, la atmósfera se desplaza desde el Oeste hacia el Este. Sin embargo, aquel objeto se desplazaba de Este a Oeste, lo que habla de motricidad propia.

La primera duda del Comandante Miranda es atendible; la segunda, no. El fenómeno que provoca vientos del Este a grandes alturas se denomina anticiclón y fue, según el Servicio Meteorológico Nacional, precisamente, lo que ocurrió ese día.

En mayo de 1986, el director del Instituto de Astronomía y Física del Espacio (iafe), Horacio Ghielmetti, publicó un artículo en la revista Astrofísica. Ocho meses después de los hechos, Ghielmetti desarrollaba allí una de las versiones oficiales del caso.

Para el estudio de la circulación atmosférica a niveles troposféricos, americanos y franceses han utilizado globos cerrados, inflados con sobrepresión, de modo que el enfriamiento no altera su volumen. (…) Con estos objetivos, el Centre Nationale D’Etudes Spatiales (Cnes) de Francia, comenzó en la década del 70 los desarrollos tecnológicos del hoy llamado Montgolfier Infrarrojo (Mir). (…) … podemos deducir que fue uno de estos últimos Mir la causa del alboroto del 17 de septiembre. En efecto, por su forma y constitución, al ser iluminado por el Sol su base casi transparente dispersa la luz solar y aparece uniformemente iluminada y blanquecina (la observación con binoculares nos permitió ver los gajos típicos del globo). Es lo que algunos describieron como un paraguas con la copa invertida, ya que la manga de inflado que colgaba libremente, simulaba su mango. Del resto del cuerpo cilíndrico, fuertemente reflector, el mismo observador verá una franja vertical muy brillante, mientras que el resto de la superficie será invisible, confundida con el fondo azul del cielo. (…) se agrega la comunicación privada del Jefe del Departamento de Desarrollos Estratosféricos del Cnes, que nos confirma, luego de haber analizado la fotografía que le enviáramos, que es definitivamente el Mir lanzado desde Pretoria, Sudáfrica, el 26 de julio. La carga útil había sido separada 18 días después del lanzamiento (y probablemente se encuentre en algún lugar de la Patagonia) y el Mir en cuestión estaba en su segunda excursión alrededor del mundo. (El uso de globos estratosféricos en la investigación científica. Donde también se cuenta cómo un Ovni ‘histórico’ es identificado, en Astrofísica, N°2, mayo de 1986.)

En octubre de 1989 conocí al señor Ghielmetti. Aceptó a regañadientes una entrevista: para él ya no había más nada que decir sobre el asunto. Me citó en su despacho en la Ciudad Universitaria, me dijo qué tal, encantado, cómo le va, tome asiento. Cargó su pipa con un tabaco fuerte, irrespirable, y comenzó a echarme el humo en la cara.
–¿Qué quiere saber? –escupió. Antes que le respondiera abrió un cajón de su escritorio y extrajo un ejemplar de Astrofísica, con el artículo que aquí se cita.
–Ya lo leí –le dije.
–Léalo de vuelta –me ordenó, y exhaló una densa bocanada que me hizo arder los ojos.
Le obedecí. Ghielmetti me pidió especialmente que mirara una de las ilustraciones de la nota, un télex enviado por A. Soubrier (Jefe del Departamento de Desarrollos Estratosféricos del Cnes) desde Toulouse.
-Sí, he recibido su carta del 11 de diciembre de 1985. Eso es definitivamente nuestro Mir. Muchas gracias para (sic) su fotografía y su información.
Apenas concluí la lectura, me preguntó:
–¿Está conforme ahora?
–A decir verdad, no –le dije. –¿Le parece natural que la Argentina haya ignorado durante tres meses la procedencia de un objeto que violaba su espacio aéreo?
–No, reconozco que no –concedió– aunque entiendo que cuando hay vuelos de este tipo, se avisa de Gobierno a Gobierno…
–¿Cuándo dejó constancia el señor Soubrier de que se trataba de un globo?
–A los dos o tres días, más o menos.
–“A los dos o tres días”, en todo caso, del télex que usted envió el 11 de diciembre, o sea, casi a los tres meses del avistaje…
–Ah, está bien –bufó Ghielmetti, fastidiado–. ¿Quiere que hablemos en serio?
–Creo estar haciéndolo–, porfié, con innecesaria arrogancia.
Ghielmetti se acomodó en su sillón giratorio, tragó humo, juntó paciencia y se dispuso a desasnarme.
–El globo avanzó muy lentamente, porque durante el mes de septiembre de 1985, a 20 mil metros de altura, los vientos eran muy lentos. Nosotros supimos a simple vista de qué se trataba.
–¿Qué diámetro tenía este “globo”?(Han pasado 12 años: algunos detalles del encuentro se me escapan, pero estoy seguro de que pronuncié la pregunta con comillas. No iba a permitir así como así que un científico me robara la ilusión).
–Cuarenta metros–, respondió Ghielmetti, sin inmutarse.
–¿Le sacaron fotos?
–No, ¿Para qué?
–Si ustedes supieron a simple vista de qué se trataba, ¿Por qué, entonces, la Fuerza Aérea gastó miles de dólares en los dos Mirage enviados al cielo?
–No lo sé. Pregúntele a los de la Fuerza Aérea.
–¿Intentaron hablar con los pilotos de los Mirage?
–No, ni se nos ocurrió.
–¿Revisaron las imágenes de tevé?
–No, no tiene sentido.
–¿Por qué hubo diferentes versiones “oficiales” del caso?
–Porque no todos son expertos en este tema. El Mir es un globo estratosférico, muy distinto a los globos de radiosondeo que utiliza a veces el Servicio Meteorológico.
–¿Para qué sirve el Mir?
–Para estudiar las propiedades físicas de la atmósfera en la parte inferior de la estratósfera, que se extiende entre los 20 y 50 kilómetros de altura.
–Algunos ufólogos argumentaron que la supuesta barquilla del globo permaneció en forma horizontal, y que la ley de gravedad debería haberla devuelto al centro de la tierra…
–El razonamiento es correcto. Claro que habría que ver cómo llegaron los ufólogos que usted señala a concluir la existencia de tan extraño movimiento.
–¿Cuál es la misión del Iafe?
–Investigar en el campo de la astronomía.
–¿Investiga el Iafe la posibilidad de que exista vida extraterrestre?
–El Iafe no se plantea esas cosas.
–¿Por qué debo creerle?
–No se trata de creer o no creer. La ciencia explica las cosas en función de sus observaciones.

Una esfera luminosa no identificada se está desplazando a 22.900 metros de altura. La esfera no identificada cambia constantemente de brillo, se desplaza hacia el noroeste y tiene un filamento de color gris, con forma de antena. (Parte de la Torre de Control del Aeropuerto Internacional de Ezeiza. 17 de septiembre de 1985. 10.AM)

El profesor Pedro Romaniuk es, junto con Fabio Zerpa, uno de los ufólogos más conocidos de la Argentina. Según su cosmovisión, las profecías bíblicas, los extraterrestres, las pirámides de Egipto, el Sida y el recalentamiento de la capa de ozono se relacionan entre sí. Para el autor de Naves extraterrestres y sus incursiones a la tierra; Desde el Cosmos nos vigilan; Los extraterrestres. La guerra atómica y las armas psicotrónicas, entre otros, todo tiene que ver con todo. Por eso se autoproclamó presidente del Instituto Cosmobiofísico de Investigaciones Extraterrestres, Parapsicólógicas y Atómicas, un organismo de grandes pretensiones que el profesor sostiene exclusivamente con la venta de sus libros.
En 1989, Romaniuk no quiso atenderme. Por entonces aseguraba, apocalíptico, que aquellos eran días para dosificar el tiempo, días de prepararse para el final. Luego de insistirle durante varios días, el veterano especialista accedió a escribir un mensaje sobre la que para él había sido nada más y nada menos que una auténtica nave madre, un enorme Ovnipuerto móvil que trasladaba pequeños Ovnis.
Pasé a buscar el documento de Romaniuk por una sucursal bancaria en el microcentro de Buenos Aires. Liliana Romanelli, la secretaria del profesor, no tenía otro remedio que trabajar allí: el presupuesto del Instituto alcanzaba para complejas investigaciones extraterrestres, parapsicológicas y atómicas, pero no para pagar un sueldo. Sentí una especie de secreto orgullo en el banco: mientras toda esa gente ejercitaba el pueril hábito de depositar o retirar dinero, Liliana iba a brindarme información relacionada con habitantes de otros mundos. Se presentó, me saludó, abrió su cartera y extendió un sobre blanco, el sobre que Romaniuk le había encomendado entregarme, el sobre que, me habían prometido, contenía toda la verdad sobre el episodio del 17 de septiembre de 1985, el día que los argentinos miramos al cielo.
Efectuando una precisa triangulación con nuestros telescopios, pudimos determinar las dimensiones casi exactas del ‘objeto’: 2500 metros de diámetro y un tubo –en su parte inferior– de unos 800 metros de longitud (…). Hoy nuestras conclusiones sobre el ‘fenómeno’ son: 1) Fue, sin duda, una colosal nave extraterrestre. 2) No tuvo como meta despertar la curiosidad de los habitantes de la tierra o hacerles creer en algún ‘milagro’. 3) El objetivo de esta presencia fue dar una señal a la humanidad, dada la caótica y descontrolada situación que vive el mundo.
(Explicación de los hechos según Pedro Romaniuk, escrita para este periodista en octubre de 1989).

Cuando terminé de leer, la señorita Romanelli sonrió satisfecha.
–El profesor escribió una síntesis precisa de lo que nosotros establecimos a través de nuestras investigaciones. Quizás te ayude saber que esta historia no empezó el 17 de septiembre, sino ocho días antes.
–¿Cómo?
–El 9 de septiembre de 1985, una señora que nunca antes habíamos visto se acercó a nuestro instituto. Dijo que había recibido un mensaje telepático. El mensaje se cumplió.
–¿Cuál era el mensaje?
–El mensaje avisaba que el 17 de septiembre de 1985, Día Internacional de la Paz, una nave madre sería vista entre nosotros, y que señalaría el inicio de una nueva era.
–¿Quiénes enviaron el mensaje?
–Los extraterrestres –dijo, lacónica.
–¿Cómo hicieron ustedes para medir el diámetro del objeto?
–No sé. De ese tema no entiendo mucho.
–¿Compartieron sus investigaciones con algún organismo oficial?
–Hablamos con gente del Observatorio Astronómico de La Plata. No estoy autorizada para decirte lo que opinaron. De cualquier modo, lo desmentirían.
–¿Hablaron con los pilotos que envió la Fuerza Aérea a reconocer la supuesta “nave”?
Liliana se sonrojó.
–No me preguntes eso. No puedo comprometer a gente buena.

El supervisor de la torre de control de Ezeiza, señor Juan Mayorga, descartó empero que se trataba un globo sonda; afirmó que la altura era excesiva para que la alcanzara ese elemento de investigación científica. (La Nación, 18/9/85)

En octubre de 1989 intenté hablar con Juan Mayorga: se lo había tragado la tierra. En la torre de control del aeropuerto de Ezeiza dijeron que allí no trabajaba ningún Mayorga desde 1970. El jefe de personal civil del aeropuerto, un señor de apellido Lema, confirmó que no trabajaba – ni parecía haber trabajado jamás– nadie con ese nombre en el aeropuerto.
Me dirigí al departamento de operaciones, con la esperanza de que conservaran los libros de guardia de septiembre de 1985. No los conservaban. Acostumbran guardar sólo los dos últimos años de vuelos. Cuando fui al aeropuerto, habían pasado cuatro.
Si Mayorga no era civil, supuse que tal vez fuera militar. En el departamento de personal militar del aeropuerto no había nadie de su apellido.
Cuando estaba a punto de rendirme, el señor Dantocchi, de meteorología del aeropuerto, me dijo que había conocido a un señor Luque Mayorga. Cuando estaba a punto de entusiasmarme, Dantocchi me dijo que Luque Mayorga trabajaba en el departamento de administración, y que se había jubilado alrededor de 1986. Desanimado, lo busqué en la lista de jubilados del aeropuerto. No había ningún Mayorga. Tampoco había ningún Luque Mayorga.
El pronosticador oficial del Servicio Meteorológico Nacional, Valentín Komar, había opinado en 1985 que el objeto en cuestión era el mismísimo planeta Venus. Cuatro años después, Komar había cambiado de opinión.
–Me equivoqué. Comprobamos que era un globo sonda, para medir la capa de ozono.
–¿De dónde venía?
–De la Isla Ascensión.

Apasionado y gentil, Komar –cuyo rostro conocía de haberlo visto anunciar el pronóstico del tiempo por televisión– me llevó al archivo del Servicio Meteorológico. Juntos buscamos los mapas sinópticos de superficie del 17 de septiembre de 1985.
–Aquí está: cielo despejado, visibilidad perfecta…
–¿Por qué creyó que se trataba del planeta Venus?
–Porque el brillo y el tamaño del Venus matutino son similares al que en ese momento mostraba el globo.
–¿Qué tipo de globo era?
–Un globo estratosférico con ozono-sondas para medir la capa de ozono. Cuando se dilatan al máximo, los globos sondas tienen un diámetro de ocho metros. Este, en cambio, tenía un diámetro de 24 metros.
–¿Quién lo había mandado?
–La Nasa, desde una base que ellos tienen en la Isla Ascensión. El mismo 17 de septiembre, al mediodía, nos avisaron que les pertenecía.
–¿Conserva ese comunicado?
–No, esas cosas se leen y se tiran.
–Señor Komar, en el Instituto de Astronomía y Física del Espacio me informaron que era un globo francés que venía de Pretoria…
–Le informaron mal. No lo dude.
No lo dudo: existieron por lo menos dos versiones “oficiales” contrapuestas del hecho. Para Horacio Ghielmetti, del Iafe, habíamos visto un globo que pertenecía al Cnes francés, procedía de Pretoria y tenía un diámetro de 40 metros; para Valentín Komar, del Servicio Meteorológico, habíamos visto un globo que pertenecía a la Nasa, procedía de la Isla Ascensión y tenía un diámetro de 24 metros. La Fuerza Aérea negaba haber salido al encuentro del aparato, pero las fuentes de la brigada aérea de José C.Paz confirmaron que habían enviado dos aviones de guerra. El Servicio Meteorológico depende de la Fuerza Aérea. Sin embargo, la Fuerza Aérea envió su misión al cielo sin haberlo consultado. Ningún funcionario declaró haber hecho consultas al gobierno chileno: el 17 de agosto de 1985, un mes antes de llegar a Buenos Aires, el mismo objeto fue visto en Chile, país donde se suscitaron las mismas, eternas polémicas entre ufólogos y racionalistas.


Tampoco los defensores de la hipótesis extraterrestre pudieron ponerse de acuerdo. Pedro Romaniuk vio una “nave madre” con un diámetro de 2500 metros; Fabio Zerpa observó un “Ved” (Vehículo Extraterrestre dirigido), con un diámetro de entre 80 y 100 metros. En 1989, Zerpa me remitió a Hugo Floreal, un integrante de su Instituto que se había encargado de lo que denominaban “análisis estroboscópico”, o sea, análisis del movimiento del “Ved”.
–Nos movimos sobre la base del video de Canal 9, deteniendo la imagen cuadro por cuadro –explicó Floreal–. Utilizamos, además, cuatro secuencias fotográficas que nos habían acercado espontáneamente. En algunas fotos, la “antena” aparecía del lado izquierdo del vehículo, y en otras, del lado derecho. Como si estuviera animado por un movimiento de rotación sobre su eje vertical. La hipótesis del “globo” se desvanece, porque hay un momento en que el aparato adopta una posición horizontal. Entonces, la supuesta “barquilla” o “manga de inflado”, también se acuesta. Si lo que vimos fuera un globo, esta barquilla tendría que apuntar en todo momento al centro de la tierra, debido a la ley de gravedad.
–¿Le comunicaron sus conclusiones a algún funcionario del gobierno?
–No, no tiene sentido. Jamás van a reconocer que tenemos razón.
El mes pasado, Fabio Zerpa aceptó, al fin, recibirme. En las oficinas de su Fundación –donde se dictan cursos de asignaturas tan curiosas como “Sofrología Cuántica” (Regresiones a vidas pasadas) y se auspician viajes místicos a diferentes lugares de Latinoamérica, Zerpa expuso sus conclusiones.
–Para nosotros fue una nave extraterrestre. Tenía una forma equivalente a dos platos soperos unidos por sus bordes. Que sea extraterrestre no quiere decir que sea marciano, jupiteriano ni venusino. Extraterrestre quiere decir más allá de lo terrestre, más allá de nuestra cultura, de nuestra tecnología. Tenía un comportamiento inteligente, una errática que no es la de un aparato común. Si la Universidad Tecnológica de Massachusets fabricara hoy un objeto volador, no podría vencer la ley de la inercia y el campo gravitatorio de nuestra tierra.
–Usted afirma que este objeto no era de Marte, ni de Jupiter ni de Venus. ¿Cuál era, entonces, su procedencia?
–Nuestras hipótesis de trabajo habituales para los ovnis son tres: la primera es la clásica, que son viajeros del espacio, sí, dentro de la inmensidad de nuestra galaxia. La segunda es que podrían provenir de los mundos paralelos…
–¿Perdón?
–Sería muy largo de explicar, pero, grosso modo, la hipótesis de los mundos paralelos postula que existen veinticuatro dimensiones y que nosotros conocemos solamente cuatro: alto, ancho, espesor y lo que Albert Einstein, en la teoría de la relatividad, define como espacio-tiempo. Hablar de Einstein nos lleva a la tercera hipótesis: los viajeros del tiempo.
–Eternautas…
–Exacto. Vivimos en una eternidad, y creemos que nos movemos en supuestos pasado, presente y futuro. En realidad no sabemos nada sobre el tiempo. Quién le dice que nuestros bisnietos o nuestros tataranietos vienen en sus naves a visitarnos desde el futuro…

Luis Pacheco tenía 17 años en septiembre de 1985. El caso lo obsesionó. En su momento, se convenció de que los extraterrestres habían pasado por Buenos Aires. Hace tres años, Pacheco descubrió en Internet una fotografía tomada en Australia en julio de 1985: era uno de los globos Mir lanzados desde Pretoria. La imagen era exactamente igual a del caso argentino. La foto había sido tomada por un astrónomo, que explicaba que muchos australianos habían creído ver un Ovni en aquel globo. Pacheco supone que la foto es la prueba definitiva de que, en un esfuerzo de imaginación estimulado por las contradicciones oficiales, buena parte de la sociedad argentina confundió a un simple globo estratosférico con un vehículo extraterrestre. El investigador recopiló información sobre casos similares. Estableció así una lista de supuestos ovnis que pueden ser explicados como globos del modelo Mir.
–Siempre quise escribir un artículo sobre el tema. Lo que cambió, ahora, fue la óptica de ese artículo. En un principio yo analizaba el episodio desde la hipótesis et. Cuando vi aquella foto en Internet, cambié de parecer. Esta clase de confusiones sigue ocurriendo en el mundo. A principios de este año, de hecho, hubo una serie de avistamientos Ovni en el continente. Dio la casualidad de que coincidieron con una serie de lanzamientos de globos Mir desde Baurú, Brasil.
Horacio Ghielmetti y Valentín Komar ya no están entre nosotros. El destino quiso que dos hombres de ciencia, contra su voluntad, contribuyeran a la creación de una apasionante leyenda. Los argentinos estamos acostumbrados a que los gobiernos no sepan o no puedan aclararnos qué nos está sucediendo. Si suele ocurrir con los fenómenos terrestres, ¿cómo podemos esperar que nos digan qué pasa en el cielo? Fabio Zerpa y Pedro Romaniuk viven y mantienen, cada cual a su estilo, un halo encantador. (N de la R: Zerpa y Romaniuk fallecieron posteriormente a la publicación de esta nota) Es muy difícil creer una sola palabra de lo que dicen; es muy grato, en cambio, dejarnos llevar por sus elucubraciones, imaginarnos una nave madre que nos trae su mensaje de paz, un vehículo extraterrestre a bordo del cual viajan nuestros nietos que nos visitan desde el futuro o los viajeros del espacio que buscan nuevos mundos y deciden empezar por la Argentina. En cuanto a nosotros, hace ya mucho tiempo que hemos dejado de mirar al cielo. Hace ya mucho tiempo que nuestras mejores fantasías se desinflan. Como los globos.

(septiembre de 2001, publicado originalmente en la revista colombiana Gatopardo, y en 2010 en el libro Nuestro Vietnam y otras crónicas)

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