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La vida después del crimen

Del odio al olvido: los dramáticos finales de Barreda, Puccio y Yiya

El martes 24 de mayo, Ricardo Barreda logró una de las fantasías que persigue todo asesino en algún momento de sus vidas: ser otro. Llevar el nombre verdadero es casi como tener la marca del crimen cometido. Ese día, el odontólogo que el 15 de noviembre de 1992 mató a escopetazos en La Plata a su esposa, su suegra y sus dos hijas, apareció abandonado en un hospital de General Pacheco y dijo llamarse Alberto Navarro. Una joven creyó que se trataba de un pobre abuelo que buscaba amor y había sido abandonado por su familia.


El odontólogo apareció en el hospital de General Pacheco y dijo llamarse Alberto Navarro.

El presente de Barreda, que ya no tiene deudas con la Justicia, es el peor que el cruáduple femicida pudo haber imaginado. Tal como confirmó BigBang en exclusiva: no tiene a nadie, está internado por una alteración mental y su salud se agrava.

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Adriana Barreda, Elena Arreche, Cecilia Barreda y su mujer, Gladys McDonald.

Algo similar vivieron otros dos famosos asesinos que terminaron abandonados en hospitales cuando pasaron los 80 años: Arquímedes Puccio y Yiya Murano.

"Barreda apareció en el hospital y dijo que no tenía dónde ir. Tenía un problema en la próstata. Dijo que su familia lo había abandonado. Trató mal a una enfermera y quiso quedarse a dormir

Junto a Berta André, su última mujer. Murió en julio de 2015.

"Barreda apareció en el hospital y dijo que no tenía dónde ir. Tenía un problema en la próstata. Dijo que su familia lo había abandonado. Trató mal a una enfermera y quiso quedarse a dormir. Alguien le preguntó si era Barreda y dijo que se llamaba Alberto Navarro. Al rato se fue, apenas podía caminar, tenía los pantalones bajos. Más tarde lo trajeron porque tuvo una recaída", dijo a BigBang una persona que fue testigo de la presencia del odontólogo en el hospital de Pacheco. Barreda vivía en esa localidad junto a un amigo, pero al parecer lo echaron de la casa. “Desvaría y tiene brotes”, dijo una fuente médica.

La casa de los Barreda en La Plata fue expropiada en 2012. Harán un centro de asistencia a las víctimas.

Abandono a la hora del té

Todo en la vida de María de las Mercedes Bernardina Aponte de Murano, alias Yiya Murano, fue un enigma. Lo fueron sus tres crímenes y lo es su repentina desaparición de los medios. ¿La famosa envenenadora está viva? Pocos saben qué es de su vida.

"No sé si vive. Hace poco, una prima me llamó para decirme que mi madre había muerto. Pero también se dice que está internada en un geriátrico con un estado de demencia galopante, al punto que no reconocería a nadie

Yiya fue condenada a perpetua. Foto: Quique Abbate.

"Tengo que ser sincero. No sé si vive. Hace poco, una prima me llamó para decirme que mi madre había muerto. Pero también se dice que está internada en un geriátrico con un estado de demencia galopante, al punto que no reconocería a nadie. Realmente mi madre me importa muy poco, me hizo mucho daño", dice Martín Murano a BigBang

Una de las últimas imágenes que se conocen de Murano / Crédito: Diego Sandstede.

Entre febrero y marzo de 1979, las muertes de Nilda Gamba, Lelia Formisano de Ayala y Carmen Zulema del Giorgio Venturini conmocionaron al país. Todas tenían dos cosas en común: eran amigas de Yiya y murieron envenenadas. Pero eso se descubrió a partir de las sospechas de los familiares de esas ancianas. Casualmente, el día anterior a sus misteriosas muertes habían tomado el té con masas con Murano.

Los sabuesos cerraron el círculo cuando confirmaron que la usurera les debía plata por un negocio que les había propuesto, pero que en definitiva era una estafa.Yiya las conocía en la intimidad: eran sus grandes amigas. Al final, terminaría quedándose con el último suspiro de esa intimidad: la muerte. Las mató con cianuro, ese veneno cuyo olor y sabor comparan con las almendras negras.

Nilda, Lelia y Carmen Zulema: las tres víctimas de Murano.

Los últimos que la vieron cerca del geriátrico de Caballito donde vivía, la describen ansiosa, con los labios pintarrajeados, un tapado con olor a naftalina, y aferrada a su cartera. No la soltaba por nada del mundo, aunque apenas llevara los pesos de su jubilación. En ese lúgubre lugar –como todos los geriátricos, por más que estén rodeados de plantas y jardines no dejan de ser lo que son: depósitos de viejos- era una celebridad.

Su hijo, Martín, no sabe si está viva: "Me importa poco, me hizo mucho daño".

Amada y temida por igual, Yiya se la pasaba adulando a las enfermeras y a los médicos. Entre esas paredes conocieron a la auténtica Yiya: falsamente cordial, cizañera vieja, solía criticar a sus compañeras a sus espaldas. Por ejemplo, a una mujer que iba a visitar a su abuela, le decía: "Mmm, a tu abuelita la veo muy mal. Dios se apiade de ella".

Hay quienes dicen trataba mal a sus compañeras de geriátrico.

O cuando la mujer le preguntaba a la abuela cómo estaba, Yiya aparecía por detrás y hacía un gesto clarísimo: cerraba los ojos, como cuando uno está “ciego” en el truco, y sus manos hacían un movimiento brusco. Como si dijera: "En cualquier momento, esta vieja palma". A otras abuelas les llenaba la cabeza. A una de sus compañeras le dijo: "Che, Luisita, ¿a vos nadie te viene a ver? ¡Qué raro! ¿Habrá pasado algo o se olvidaron de vos?".

Y las otras viejitas lloraban de tristeza, con las almas carcomidas por las frases hirientes de Yiya, que disfrutaba con sus comentarios venenosos. 

El final de un canalla

En el cementerio municipal de General Pico hay una tumba olvidada que hasta hace pocos meses nadie había visitado. Una tumba sin epitafio ni flores. Una tumba cuya pequeña lápida dice: "Arquímedes Rafael Puccio, 14-9-1929/4-5-2013. QEPD".  

Arquímedes Puccio murió el cuatro de mayo de 2013 en la ciudad pampeana de General Pico.

El líder del clan que en la década de 1980 secuestraba y mataba empresarios en el sótano de su casona de San Isidro murió tirado en la cama de un hospital, solo y olvidado. No quisieron velarlo y nadie se hizo cargo de su entierro.

Junto a parte de su familia. No quisieron velarlo y nadie se hizo cargo de su entierro.

En el cementerio ocupa la zona de los parias: el osario donde van a parar los cadáveres que nadie reclama. Puccio comparte espacio con un hombre que murió hace treinta años: los une la misma cruz de piedra carcomida.

Manoukian, Aulet, Naum y Bollini de Prado, la única que sobrevivió al "Clan".

La lápida del asesino es obsoleta y la letra desprolija tallada con un punzón delata que fue hecha de apuro, como para sacársela de encima. Al menos al otro muerto le dejaron flores de plástico. 

En sus últimos días, Puccio sentía la muerte adentro suyo. Algo que lo devoraba. Había encontrado un rival más insaciable e impiadoso que él, capaz de doblegarlo. No podía caminar. Lloraba y la tristeza se le había instalado en esa mirada que antes era sólo rabia y frialdad.

Fue detenido el 23 de agosto de 1985 cuando llevaba adelante su cuarto secuestro.

No más paseos. No más diversión. No más monólogos. Perdió todo: hasta la voz de mando. Hablaba como un moribundo. El hombre que antes ordenaba matar, ahora apenas podía hacerse oír. Un hombre que no tenía nada. O sí. Quizá tenía todo: sus secretos. El médico le dijo que ni un milagro podría salvarlo. El viejo no creía en médicos, y mucho menos en milagros. Había llegado el fin.

Su mujer, Epifanía Ángeles Calvo, estuvo dos años detenida en la Cárcel de Mujeres de Ezeiza.

Una noche, pocos días antes de cerrar sus ojos para siempre, llamó al pastor y le pidió que cumpliera sus últimos deseos: 

"Quiero despedirme de mis hijos y de mi ex esposa

Pero ninguno de ellos quiso hablar con él. Un día antes de morir, le dijo al pastor que lo cuidaba la frase que le gustaría como epitafio: 

–Como dijo un gran emperador romano: dispuse de todo y lo tuve todo. Pero no me sirvió de nada.

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