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¡Me tenés harta, Chris! cómo sufrimos los vecinos por la sobredosis de Coldplay en el Monumental

La banda británica sigue con sus 10 conciertos en el estadio de River Plate, en el marco de su gira mundial "Music of The Spheres World Tour".

Hace una semana que atardece con la misma molestia: Coldplay. Ya no se puede hablar de otra cosa, no se puede escuchar otra cosa y no se puede ver otra cosa. Todos quieren ser parte, pero yo no. No quiero tener a Chris Martin en la ducha, mucho menos mientras paseo con el perro y tampoco al ritmo de la cocina, lavando los platos, en los diálogos de la serie que veo y, específicamente, tampoco en mi cama.

Duermo con su voz que me dice “Home, home, where I wanted to go (Casa, casa, donde quería ir)”, pero no puedo disfrutarla. Me levanto sintiendo las palabras susurradas de los fanáticos cuando gritan “She’d dreamed of para, para, paradise (Ella soñaría con paraíso)”. Ya no se aguanta más. Es excesivo e innecesario. Diez recitales y encima no son espaciados. No se atreverían pero sí, si se atreven. Y faltan cinco todavía.

Se lo ve como un show espectacular, bien organizado, con mucha cosita por todos lados; pero ya investigué si se puede demandar a alguien por ruidos molestos. Y sí, Coldplay, te puedo demandar al 147 porque tu actividad me está dando dolor de cabeza.

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Pero no lo voy a hacer, sólo voy a tomar las dos de las tres pastillas para la migraña que me recetó el neurólogo para que me pegue el efecto y poder inducir mi sueño. Porque irme de mi casa y ser parte de ese éxodo que va hacia River para vivir la experiencia de su vida no va para mí. 

Al contrario, quiero pararme en la intersección entre Udaondo y Avenida del Libertador para gritarle a la banda de cuatro: “Hipócritas”. Porque dicen que una de las iniciativas de su recital es la sustentabilidad, okey… inchequeable. 

El simple argumento de que lo que pasa adentro en esas casi seis horas de espectáculo se justifica con la curita de que “por cada entrada comprada se plantan árboles”, o que “los residuos generados se compostan” y otras propuestas que no compensan el dolor de panza que me genera por las grandes cantidades de harinas que estoy ingiriendo. ¿Por qué? Porque no quiero estar en casa a la hora de la cena. 

Ni hablar del malestar que me genera la cantidad de contaminación que queda afuera, en las cuadras donde se arman las filas con cientos de personas que duermen al exterior desde andá a saber qué día y qué hora. ¿Por qué tengo que aguantar unos días más de plazas inaccesibles o de esquivar canas que no dejan tampoco caminar por las calles del barrio confundiéndote con un fan?

¿Por qué tengo que salir de mi casa a comprar a última hora una palta al DÍA tarareando “Come up to meet you, tell you I'm sorry. You don't know how lovely you are (Vine a conocerte, decirte que lo siento. No sabes lo linda que sos)”? Alto acoso, Chris.

¿Qué pasa con el tránsito trabado a cualquier hora a lo “Autopista del sur” de Cortázar por una de las avenidas más largas de Buenos Aires?

Como frutilla de postre, ¿qué onda con los fuegos artificiales? No me canso de ver cada fin de año posteos de diferentes usuarios en redes sociales abogando porque erradiquemos el entretenimiento escandaloso e innecesario. ¿Nadie me banca ahora con que no da? No me importa si no son químicos y con materiales reutilizables si los tengo hace cinco noches y por cinco noches más las lucecitas de colores al ritmo de “De aquel amor, de música ligera”. Me crié escuchando Soda Stereo pero, ¿le preguntaron a Cerati si le coparía ser parte de esto?

Como periodista necesito llegar al fondo de la cuestión. Investigo si alguien se quejó y me aparece que el enojo va por los trapitos que cobran hasta 6.000 pesos. 

Busco por otro lado, encuentro que ya existe un plan de acción para “controlar la contaminación sonora” que existe en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, bajo la Ley 5.641 de Regulación de eventos masivos. Sin embargo, desde el Observatorio del Derecho de la Ciudad (ODC) acusan que el Gobierno de la Ciudad no estaría haciendo los procedimientos requeridos para realizar la evaluación mínima de impacto ambiental por la intensidad de la música que no puede ser mitigada en espacios abierto y que afectan directamente en los vecinos que viven en los alrededores de los diferentes estadios de fútbol donde cada vez hay más mega eventos musicales. 

No estoy en contra de los shows, tampoco contra Coldplay y tampoco soy mi vecina del primer piso que hace una denuncia a los del cuarto por estar hablando en mi balcón. Simplemente me preocupa que sean tres semanas de recitales.

Soy una de varias personas que quiere disfrutar un poco del silencio del barrio que eligió vivir y soy una de tantas otras que se suma a la lista de tweets ingeniosos en contra de los creadores de Fix You. .

 

 

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