El periodismo deportivo perdió una de sus voces más reconocibles. Julio Ricardo, comentarista emblemático de radio y televisión, murió a los 87 años luego de permanecer internado en la Clínica Zabala, tras arrastrar problemas de salud en los últimos días. Su partida no solo cierra una trayectoria extensa, sino también una forma de entender el oficio: la del relator que no gritaba más fuerte, sino que decía mejor. Nacido como Julio Ricardo López Batista el 18 de enero de 1939 en Buenos Aires, su camino no empezó en una cabina sino en un aula. Se recibió de maestro y en 1957 dio sus primeros pasos en el periodismo en la revista Noticias Gráficas.
Un año después, el exilio marcaría su vida, en una Argentina convulsionada donde el deporte y la política rara vez caminaban por separado. Su regreso al país lo encontró rápidamente insertándose en los medios. Fue comentarista de figuras como José María Muñoz y Víctor Hugo Morales, dos estilos opuestos que, sin embargo, encontraron en Ricardo un complemento preciso, reflexivo y medido. También pasó por Radio Colonia, una de las trincheras informativas de épocas oscuras.
La televisión lo convirtió en un rostro familiar. Pasó por los canales 9, 11 y 13, y tuvo un rol institucional clave como interventor de ATC en 1990. Su voz acompañó ciclos que hoy son parte de la memoria colectiva: Fútbol por TV, Polémica en el fútbol, Todos los Goles, El programa del Mundial y Fútbol para Todos, entre muchos otros. En cada uno, su estilo sobrio contrastaba con el vértigo del espectáculo: analizaba más de lo que sentenciaba.
Entre 1993 y 2002 condujo Tribuna caliente, un clásico del debate futbolero creado por Gerardo Sofovich, donde compartió escena con figuras como Antonio Carrizo y Guillermo Nimo. Años más tarde, ya en otra etapa de su carrera, volvió a la pantalla pública con 3 en el fondo, junto a Marcelo Araujo y Ernesto Cherquis Bialo. Pero su recorrido no se limitó al deporte. También incursionó en el cine -en Las barras bravas de Enrique Carreras- y fue parte de la historia de la televisión pública.
De hecho, trabajó junto a periodistas como Juan Carlos Pérez Loizeau, Marisa Andino o Nicolás Kasanzew. Su versatilidad lo convirtió en una figura transversal a generaciones y formatos. En lo personal, atravesó cuatro intervenciones cardiovasculares, siempre acompañado por su amigo, el cardiólogo Luis de la Fuente. Esa cercanía con la fragilidad física no le quitó presencia ni lucidez: siguió vinculado a los medios hasta los últimos años, incluyendo su participación en 2021 en el especial por los 70 años de la TV Pública. Su identidad política fue otro rasgo distintivo, aunque nunca estridente.
Militante del Partido Justicialista, trabajó en medios estatales durante distintos gobiernos, desde Carlos Menem hasta Cristina Fernández de Kirchner. Sin embargo, siempre marcó un límite claro entre convicción y práctica profesional. En 2019 lo remarcó con una frase que hoy resuena como legado: "Sigo teniendo un compromiso personal con un mundo político y con un universo intelectual que a mí me importa, pero traté de no hacer ostentación de eso nunca. No sé si alguien dejó de trabajar conmigo porque pensaba distinto a mí, pero yo siempre respeté a los que opinaban diferente".
Ese equilibrio -cada vez más escaso en esta época de conflicto y confrontación- fue quizás una de sus mayores virtudes. En tiempos de grietas, Julio Ricardo eligió la palabra justa. En noviembre de 2024, la Legislatura porteña lo había distinguido como Personalidad Destacada en el ámbito del periodismo deportivo. Fue, sin saberlo, un reconocimiento en vida a una carrera que ya era parte de la historia. Su muerte deja un vacío difícil de llenar. Porque más allá de los programas, las transmisiones o los nombres propios, lo que se apaga es una forma de narrar: la del periodista que entendía que el fútbol y la vida no siempre necesita gritarse para ser entendido.