En un rincón apartado de Haras Miryam, rodeado de silencio y naturaleza, se encuentra la casa que fue testigo de las últimas horas de Carlos Alberto "Indio" Solari. Un lugar que, aunque alejado del bullicio y de los escenarios, nunca dejó de vibrar con la música y el arte que definieron la vida del mítico cantante de Los Redonditos de Ricota.
La propiedad, discreta y sobria, es un reflejo de la personalidad reservada del Indio. Con paredes blancas y adornos metálicos que destellan bajo el sol, la casa es más bien un santuario.
En su interior, un estudio de grabación bautizado como Luzbola fue el espacio donde el artista volcó su alma en forma de canciones, incluso en los días en los que su salud comenzaba a deteriorarse por el mal de Parkinson.
En la planta baja, una sala musical que nunca albergó su propia obra, como si el Indio prefiriera que sus canciones vivieran en el mundo y no encerradas entre esas paredes. En el primer piso, un departamento donde descansaba, lejos del ojo público, pero siempre rodeado por el amor de su familia y el eco de sus pensamientos.
El jardín, cuidado con esmero, guarda un detalle que llama la atención: una puerta de vitral con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, un símbolo que lo acompañaba en sus momentos más íntimos. Quizá, un reflejo de las preguntas existenciales que lo atormentaron y lo inspiraron por igual.
La última noche que pasó ene ste mundo con vida, el Indio compartió una cena tranquila con su familia.... Nada parecía fuera de lo común. Como tantas otras veces, se sumergió en la piscina para aliviar los dolores que le traía su enfermedad; pero esa rutina habitual se transformó en un adiós inesperado. Una descompensación marcó el final de una vida que dejó huellas imborrables en millones de corazones.
La noticia cayó como un golpe seco: el Indio Solari había partido a los 77 años. La Fiscalía N° 2 de Ituzaingó investiga los detalles, pero para quienes lo amaron y admiraron, las causas importan poco frente al vacío inmenso que deja su ausencia.
Hoy, esa casa silenciosa en Haras Miryam, un exclusivo y arbolado barrio residencial ubicado dentro de Parque Leloir ya no resguarda al poeta del rock argentino. Pero entre sus paredes aún resuena su voz, sus versos y el eco de una vida dedicada a transformar el dolor y la pasión en arte.