El femicidio de Natalia Cruz fue solo un acto de violencia machista aunque también fue una sentencia de muerte firmada por la desidia y la complicidad policial. Hoy, la causa dio un giro que expone lo peor de las fuerzas de seguridad: 10 efectivos de la Comisaría N° 7 de Campo Quijano fueron imputados por abandonar a su suerte a una mujer que debía estar protegida y, lo que es aún más grave, por intentar tapar su rastro con una farsa documental.
La Justicia salteña determinó que los uniformados no sólo ignoraron la orden de custodia permanente, sino que habrían montado un operativo de encubrimiento tras el crimen. Estos son los cargos que enfrentan:
- El Comisario (Jefe de la dependencia). Imputado por falsedad ideológica e incumplimiento de los deberes de funcionario público. Se lo acusa de haber promovido la confección de un informe falso para simular que la custodia se estaba cumpliendo cuando, en realidad, Natalia estaba sola frente a su agresor.
- El Jefe de Guardia. Enfrenta los mismos cargos (falsedad e incumplimiento). Fue quien dio la orden directa de elaborar el documento apócrifo y no controló que la medida judicial se ejecutara.
- Un Suboficial y un Oficial. Imputados por falsedad ideológica. El primero fue quien puso la firma y redactó el informe con datos inventados; el segundo fue el nexo que transmitió la orden para ejecutar la mentira.
- Seis efectivos (cuatro mujeres y dos hombres). Imputados como coautores de incumplimiento de los deberes de funcionario público. Estaban de turno, sabían que Natalia corría peligro y no hicieron nada: ni implementaron la custodia ni informaron a sus superiores que no podían cumplirla.
El calvario de Natalia y la cobardía de Serapio
Natalia Cruz, de 37 años, vivió sus últimas horas en un laberinto de burocracia y terror. Tenía una consigna policial fija que nunca apareció. Horas antes de ser asesinada aquel fatídico 17 de febrero, fue a pedir ayuda desesperada por una nueva amenaza y le dieron la respuesta más cruel: "no hay personal disponible".
Tras matarla en su casa del barrio Luz y Fuerza, Daniel Orlando Serapio actuó con una frialdad estremecedora. Le confesó el crimen a la madre de la víctima y emprendió una huida que duró dos semanas.
En un acto de cobardía extrema, Serapio se refugió en lo profundo de la montaña, escondido en una cueva de la precordillera, hasta que finalmente fue cercado por la policía y capturado.
Hoy, mientras Daniel Orlando Serapio espera el juicio por femicidio tras las rejas, 10 policías deberán explicar por qué le soltaron la mano a Natalia Cruz y por qué, en lugar de protegerla, eligieron escribir un informe de ficción mientras ella moría.