El periodismo deportivo perdió este viernes a una de sus voces más profundas y personales. Murió Ernesto Cherquis Bialo a los 85 años, después de una larga lucha contra la leucemia que en los últimos años lo había obligado a atravesar internaciones y tratamientos en el Hospital Alemán de Buenos Aires. Su muerte cierra una página fundamental de la narrativa deportiva del país. Había contado él mismo, con crudeza y sin dramatismo, el momento en que la medicina le puso palabras a su destino: "No tengo buenas noticias. La médula no funciona. Haga lo que tenga que hacer. Despídase de quien se tenga que despedir, firme los papeles que tiene que firmar".
Aun así, resistió durante un tiempo más, como si también en la vida se negara a abandonar la pelea antes de tiempo. Esta vez, sin embargo, la enfermedad avanzó y el final llegó. Cherquis no fue solo un periodista: fue una manera de entender el oficio. Su historia empezó en los años sesenta, cuando un joven que había crecido entre conventillos porteños -aunque nacido en Montevideo- se animó a cruzar la puerta de El Gráfico, la revista que marcaba el pulso del deporte en toda América Latina.
Allí aprendió una ley que lo acompañaría siempre: el respeto por el lector. Esa idea, que le transmitieron en sus primeros días, se convirtió en una ética. En sus textos convivían héroes y villanos, épicas y miserias, sin concesiones ni simplificaciones. El deporte, para Cherquis, era una excusa para contar la condición humana. Su crecimiento dentro de la revista fue tan constante como natural: de cronista a director, cargo que ocupó entre 1984 y 1990.
Desde ese lugar consolidó un estilo que marcó época, con una prosa intensa, barroca y profundamente narrativa. Si hubo un territorio donde su firma se volvió sinónimo de autoridad, fue el ring. Cherquis vivió el boxeo como pocos periodistas: lo conoció desde adentro, incluso como practicante en su juventud, cuando entrenó junto a Luis Ángel Firpo. Desde allí construyó relatos inolvidables sobre figuras como Carlos Monzón y Ringo Bonavena, a quienes no solo cubrió, sino que interpretó.
Sin ir más lejos, su libro Mi verdadera vida, biografía de Monzón, es una pieza clave para entender no solo al campeón, sino también la complejidad de los ídolos. También fue testigo de acontecimientos históricos, como la mítica pelea entre Muhammad Ali y George Foreman en Zaire, donde dejó una de sus crónicas más recordadas. En ellas, el deporte trascendía el resultado: era clima, tensión, humanidad. Su carrera fue tan extensa como diversa.
Pasó por diarios, radio y televisión, fue conductor de La Oral Deportiva, comentarista en ciclos masivos junto a figuras como Marcelo Tinelli y ocupó roles institucionales, como vocero de la AFA durante la gestión de Julio Humberto Grondona. Ganador de múltiples premios -entre ellos cuatro Martín Fierro y un Konex-, también fue reconocido en 2024 como Personalidad Destacada de la Ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, ningún galardón definió tanto su legado como su escritura.
En sus últimos años, desde columnas y textos dominicales, volvió a desplegar esa prosa inconfundible, cargada de memoria, anécdotas y una sensibilidad que escapaba a la urgencia del periodismo moderno. Cherquis Bialo fue, ante todo, un narrador. De peleas, de partidos, de personajes. Pero también de la vida misma. Su mirada convirtió al deporte en literatura sin perder nunca el pulso de la realidad. Hoy, su muerte deja un vacío difícil de llenar. Porque no se trata solo de un periodista que se va, sino de una forma de contar que se apaga. Y como en sus propias crónicas, queda la sensación de que, incluso en la derrota final, peleó hasta el último round.