El Super Bowl volvió a ser algo más que deporte y entretenimiento. Esta vez, el partido quedó opacado por un choque cultural que atraviesa a Estados Unidos desde hace años: la reacción de Donald Trump contra el espectáculo de medio tiempo encabezado por Bad Bunny, un show que reivindicó la identidad latinoamericana y que el ex mandatario calificó como una "afrenta" al país. A través de Truth Social, Trump disparó contra la presentación con un tono que combinó indignación moral, nacionalismo cultural y su habitual confrontación mediática. "El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl es absolutamente terrible, ¡uno de los peores de la historia! No tiene sentido, es una afrenta a la grandeza de Estados Unidos", escribió. Luego agregó una crítica directa al idioma: "Nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo".
El presidente estadounidense también atacó la estética del show y su impacto en las infancias: "El baile es repugnante, especialmente para los niños pequeños". Y cerró en clave política: "¡HAGAMOS A ESTADOS UNIDOS GRANDE DE NUEVO!". La reacción no fue casual ni aislada. El espectáculo del artista puertorriqueño estuvo construido como una narrativa cultural latinoamericana dentro del evento televisivo más importante del país.
Durante casi 14 minutos, Bad Bunny recorrió una plantación de caña, barrios populares, puestos callejeros, boxeo boricua, bodas familiares y la vida cotidiana de la diáspora. El mensaje fue explícito desde la primera frase: "¡Qué rico es ser latino!". Y se profundizó hacia el final: "Lo único más poderoso que el odio es el amor. Dios bendiga a América", dijo mientras aparecían banderas de todo el continente.
El contraste es evidente. Mientras el artista habló de unión continental, Trump reaccionó en términos de identidad nacional excluyente. El problema no fue musical sino simbólico: el escenario central de la cultura popular estadounidense estuvo dominado por el español, la migración y Puerto Rico, un territorio que forma parte de Estados Unidos pero históricamente tratado como periferia política. El show incluyó referencias al huracán María, a los apagones, a la gentrificación y a la diáspora en Nueva York.
También mostró una bandera puertorriqueña asociada al independentismo y un mensaje directo contra la discriminación. En otras palabras, una puesta política en clave cultural. Trump interpretó ese gesto como una amenaza cultural. Su crítica -que insistió en que "nadie entiende lo que dice"- reflejó un viejo eje de la política estadounidense: el idioma como frontera identitaria. No cuestionó la calidad musical ni la producción multimillonaria del espectáculo, sino su pertenencia cultural.
La reacción reproduce un patrón de su carrera política: confrontar con expresiones artísticas que cuestionan la idea tradicional de "americanidad". Ya lo había hecho con la NFL durante las protestas contra la violencia racial, con músicos afroamericanos y con artistas que apoyaron movimientos sociales. Pero el contexto actual vuelve la polémica más significativa. La música latina domina rankings globales, el español es el segundo idioma del país y la población hispana es el principal motor demográfico estadounidense. El Super Bowl, históricamente un emblema cultural anglosajón, se transformó en una vidriera continental. El enojo de Trump no estuvo dirigido a un artista sino a un cambio cultural. El espectáculo celebró una América diversa; la reacción defendió una América homogénea.