En medio del fuerte crecimiento de las importaciones chinas y de la creciente preocupación de sectores industriales por el impacto de la apertura económica impulsada por el gobierno de Javier Milei, la especialista en comercio exterior y finanzas Yanina Lojo analizó el delicado escenario que atraviesa la Argentina y advirtió sobre los riesgos de una inserción internacional sin estrategia productiva.
Con un déficit comercial récord con China, una industria local cada vez más presionada por la competencia importada y una creciente dependencia de bienes de capital extranjeros en proyectos vinculados al RIGI, Lojo planteó una mirada crítica pero también pragmática sobre el nuevo mapa económico global. "La relación con China suele plantearse en términos binarios: o es una oportunidad estratégica o es una dependencia riesgosa. Y en realidad no es ninguna de las dos cosas en estado puro", explicó.
Para la experta, el problema central no pasa por la existencia del vínculo con la potencia asiática, sino por la forma en que la Argentina se posiciona frente a él. "La diferencia entre una relación estratégica y una dependencia no está en China. Está en cómo Argentina se posiciona frente a ese vínculo y a todos los vínculos que genera con el resto del mundo. Y ahí hay dos variables que son clave: la diversificación de mercados y la capacidad de agregar valor", sostuvo.
En ese sentido, explicó que "sin diversificación, hay exposición, y sin valor agregado, hay resignación de ingresos". "Y una no reemplaza a la otra", remarcó. Actualmente, China es el principal socio comercial de la Argentina, aunque el intercambio dejó en 2025 un déficit superior a los US$ 6.500 millones, según datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística y Censos.
En paralelo, las importaciones provenientes del gigante asiático crecieron a niveles históricos impulsadas por la flexibilización comercial y la reducción de restricciones a las compras externas. Para Lojo, el desafío no es cerrar la economía, sino evitar que la apertura termine profundizando la fragilidad estructural del aparato productivo nacional. "Nunca la solución es frenar las importaciones, sino lograr una Argentina que exporte más y mejor: más valor agregado, más servicios basados en conocimiento, más agroindustria con diferenciación. En marzo de 2026, el intercambio comercial mostró un crecimiento en cantidades exportadas del 30%...", afirmó.
Sin embargo, reconoció que la apertura dejó rápidamente al descubierto problemas históricos de competitividad. "Hay cosas para solucionar para garantizar la adaptación de nuestra industria: la presión impositiva, la falta de financiamiento, las dificultades para acceder al pago anticipado, los problemas de infraestructura, y otros problemas. Mucho ya se hizo pero hay que seguir trabajando porque s i la economía local se adapta, la apertura ordena y potencia", enumeró.
Las advertencias llegan en un contexto de fuerte preocupación industrial por el avance de productos chinos en rubros sensibles como textiles, calzado, electrónica, metalmecánica y artículos para el hogar. "Los sectores más expuestos son los que producen bienes estandarizados, donde el precio es casi la única variable y no hay mucha diferenciación", explicó Lojo. "Textil e indumentaria, calzado, electrónica de consumo, juguetería, artículos para el hogar, parte de la metalmecánica básica. Son sectores que, en mayor o menor medida, compiten contra una estructura de costos que Argentina no tiene", añadió.
En ese sentido, remarcó que el problema "no se corrige solo con tipo de cambio" porque la brecha con China es estructural: involucra escala productiva, logística, financiamiento e integración industrial. La especialista también alertó que el impacto puede profundizarse entre 2026 y 2027 si continúa la actual dinámica de apertura comercial. "Son actividades donde China ya consolidó liderazgo global —con escala, tecnología y costos— y donde Argentina empieza a tener una demanda creciente. Esa combinación suele anticipar ingreso. Al principio no se ven, pero cuando aparecen lo hacen rápido: con volumen, con precio y muchas veces con financiamiento", señaló.
Uno de los puntos más sensibles de la discusión actual gira en torno al Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI). Según datos sectoriales, el 45% de las importaciones vinculadas a proyectos aprobados provienen de China, especialmente bienes de capital destinados a minería, energía e infraestructura. Para Lojo, esto responde a una lógica global de costos y financiamiento, aunque advirtió que la clave pasa por cómo se negocian esas inversiones. "El punto es cómo se negocia. Qué condiciones se ponen, cuánto desarrollo local se exige, qué nivel de transferencia de tecnología hay", afirmó.
Y agregó: "No hay un único socio, ni debería haberlo. Y por ello es clave definir cómo se negocia con cada actor y, sobre todo, qué condiciones se ponen: contenido local, desarrollo de proveedores, transferencia de tecnología. Porque ahí es donde se define si esa presencia genera valor en el país o queda limitada a la extracción y provisión. La clave no es solo qué hace China cuando avanza. Es qué hace Argentina cuando avanza una potencia".
La especialista también relativizó la idea de que Argentina deba elegir entre Estados Unidos y China en el actual contexto geopolítico. "No es un juego de 'uno u otro'. Estados Unidos sigue siendo un socio clave en términos financieros, acceso a mercados y reglas de juego. China, en cambio, es central como destino exportador y como fuente de inversión. No son roles intercambiables, son complementarios". En ese marco, sostuvo que la creciente tensión entre ambas potencias podría incluso abrir oportunidades para países intermedios como Argentina, siempre que exista capacidad estratégica para aprovecharlas.
Pero el interrogante de fondo sigue siendo el impacto de la apertura sobre la estructura industrial local. Consultada sobre si el país avanza hacia una modernización o hacia una desindustrialización silenciosa, Lojo respondió con cautela. "La apertura introduce una presión que el sistema productivo argentino no siempre tuvo: competir. Y esa presión, aunque incómoda, es la que termina forzando los procesos de modernización", sostuvo.
No obstante, reconoció que el proceso puede dejar sectores golpeados en el camino. "Hay sectores que no logran adaptarse y pierden escala", admitió. De cara a 2027, la especialista proyectó una Argentina "más integrada al mundo, pero con tensiones sectoriales bien marcadas". "Va a haber sectores que crezcan, que ganen escala y competitividad, y otros que queden más expuestos y tengan que reconvertirse o achicarse", anticipó. Y cerró: "La integración no es un fin en sí mismo. Es una plataforma. Y la diferencia entre ganar o perder capacidad industrial no está en abrirse al mundo, sino en qué hacés con esa apertura".