La inflación volvió a darle al Gobierno de Javier Milei una señal incómoda. Después de tres meses consecutivos de desaceleración, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) volvió a acelerarse en julio y registró una suba del 2,1% mensual, según informó este jueves el INDEC. El dato implica un incremento de 0,2 puntos porcentuales respecto del 1,9% registrado en junio y lleva la inflación acumulada en los primeros siete meses del año al 19,3%. En la comparación interanual, el aumento llegó al 33,8%.
El Gobierno buscaba instalar la idea de que la inflación avanzaba inexorablemente hacia niveles cada vez más bajos. Sin embargo, el dato de julio interrumpió esa secuencia y volvió a ubicar al índice por encima del 2%. No se trata de un salto dramático, pero sí de una señal que obliga a matizar el relato oficial sobre una desaceleración que, por ahora, no se mueve en línea recta.
Minutos antes de que el INDEC difundiera la cifra, el ministro de Economía, Luis Caputo, salió a defender el rumbo económico y anticipó que julio podía mostrar una inflación superior a la de junio. "Más allá del número, tenemos una confianza plena en lo que venimos haciendo. Mientras mantengamos este rumbo de una política fiscal y de equilibrio financiero como el que tenemos. Esto permite tener un Banco Central independiente y que está controlando fuertemente la emisión. Entonces, es un tema de tiempo hasta que la inflación converja a la inflación internacional", sostuvo.
Durante la conferencia en la que anunció la flexibilización de los créditos en dólares para empresas, Caputo buscó relativizar el resultado. El funcionario aseguró que el 2,1% "no es una sorpresa porque julio es un mes estacionalmente alto". Pero además incorporó un argumento externo para explicar parte de las presiones sobre los precios."Otra cosa que es importante es que el precio del petróleo prácticamente se duplicó en los últimos ocho meses. Entonces, la realidad es que todos los países están sufriendo una mayor inflación y un menor crecimiento como consecuencia de eso. Esperamos que la situación internacional se aclare", afirmó.
La explicación oficial vuelve a poner el foco en factores externos y estacionales, mientras el desafío doméstico permanece: conseguir que la desaceleración inflacionaria no se transforme en un proceso de apenas unos meses seguido por nuevas aceleraciones. El dato del INDEC no sorprendió demasiado a los analistas. El último Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del Banco Central había proyectado una inflación mediana del 2% para julio. El grupo de los diez participantes con mayor precisión en sus pronósticos esperaba incluso un 1,9%, mientras que la inflación núcleo se ubicaba en torno al 1,8%.
Las consultoras privadas también habían anticipado una aceleración. C&T Asesores Económicos había calculado un 1,9%, mientras que Analytica, EconViews y Eco Go habían estimado una variación de entre 2% y 2,1%. Es decir, el problema no fue que el dato haya desbordado las expectativas. El problema es otro: la inflación volvió a subir después de tres meses de descenso. Y eso alcanza para poner un signo de interrogación sobre la velocidad con la que el Gobierno espera alcanzar una inflación comparable con la internacional. El desagregado del índice muestra una fotografía más compleja.
La inflación núcleo aumentó 1,8%, impulsada principalmente por los aumentos en alquileres de vivienda y servicios culturales. La baja en expensas, luego de la eliminación del adicional del 20% aplicado en junio, ayudó a contener parcialmente el resultado. Pero los precios estacionales fueron mucho más agresivos: subieron 4,5%. Allí aparecieron los aumentos en verduras, paquetes turísticos y servicios de alojamiento, directamente vinculados con el movimiento propio de las vacaciones de invierno. Los precios regulados, por su parte, avanzaron 2,1%, con aumentos en transporte público, prepagas y electricidad.
El dato vuelve a mostrar una cuestión que el discurso oficial suele dejar en segundo plano: aunque la inflación general se encuentre muy por debajo de los niveles registrados durante la crisis de 2023, el bolsillo continúa enfrentando aumentos relevantes en servicios esenciales y gastos cotidianos. La señal previa había llegado desde la Ciudad de Buenos Aires. El IPC porteño había trepado 2,9% en julio, frente al 1,8% de junio. De esta manera, acumuló un 19,4% en los primeros siete meses del año y alcanzó una variación interanual del 33,2%. La diferencia entre ambos índices es significativa, aunque no puedan compararse directamente por sus distintas metodologías.
En CABA, los servicios tienen un peso considerablemente mayor que los bienes dentro de la canasta de referencia. A nivel nacional sucede lo contrario. Por eso, el 2,9% porteño no puede trasladarse automáticamente al conjunto del país. Sin embargo, sí funcionó como una señal de alerta sobre la presión que ejercen los servicios. En la Ciudad, los servicios aumentaron 3,8%, mientras que los precios estacionales se dispararon 10,9%, impulsados por pasajes, hoteles y actividades recreativas durante las vacaciones. Los bienes, en cambio, tuvieron una suba mucho más moderada: 1,4%.
La fotografía vuelve a marcar una diferencia que se vuelve cada vez más visible: los bienes muestran mayor moderación, mientras los servicios continúan ejerciendo presión sobre la inflación. mHay otro elemento que ayuda a explicar por qué la inflación no se dispara a pesar de las presiones de costos: el consumo continúa mostrando señales de debilidad. Los monitoreos sectoriales de la CAME reflejan una demanda interna todavía frágil, que limita la posibilidad de que empresas y comercios trasladen completamente sus mayores costos a los precios finales. Es una especie de freno involuntario.
Los precios pueden subir, pero cuando los consumidores no tienen capacidad de compra, las empresas encuentran un límite para remarcar indefinidamente. El resultado es una combinación incómoda para el Gobierno: inflación todavía elevada para una economía que pretende consolidar la recuperación, pero consumo demasiado débil como para permitir una aceleración mayor de los precios. La desaceleración, en ese contexto, no necesariamente implica una mejora homogénea del poder adquisitivo. El escenario tampoco estuvo exento de tensión en el mercado financiero.
Durante julio, las tasas de interés de corto plazo registraron movimientos alcistas y la TAMAR de bancos privados llegó a tocar picos del 22,5% nominal anual. Según el análisis del mercado, ese movimiento estuvo relacionado principalmente con tensiones de liquidez y con las licitaciones del Tesoro, más que con una expectativa de una explosión inflacionaria. Pero el dato es relevante porque muestra que el proceso de estabilización todavía convive con un sistema financiero en el que las tasas pueden moverse con fuerza ante cambios en la liquidez. Y eso tiene impacto sobre el crédito, la inversión y el consumo.
El Gobierno insiste en que el camino está trazado. Caputo volvió a defender el equilibrio fiscal, la independencia del Banco Central y el control de la emisión como los pilares que permitirán que la inflación continúe bajando. "Entonces, es un tema de tiempo hasta que la inflación converja a la inflación internacional", afirmó. El mercado, mientras tanto, proyecta una desaceleración gradual, aunque sin llegar todavía a niveles compatibles con una inflación internacional baja. El REM anticipó 1,8% para agosto y septiembre, 1,7% para octubre, 1,6% para noviembre y una leve suba a 1,8% en diciembre. Para enero de 2027 proyectó nuevamente 1,7%.
Las expectativas, por lo tanto, tampoco anticipan una llegada inmediata al ansiado 1% mensual. El 2,1% de julio está lejos de representar un fracaso del programa antiinflacionario. Pero tampoco permite celebrar una victoria definitiva. La inflación anual bajó considerablemente respecto de los niveles heredados y el ritmo mensual está muy por debajo de los registros de los primeros meses de la gestión de Milei. El problema para el Gobierno es que la estabilización todavía depende de varios factores simultáneos: equilibrio fiscal, política monetaria, demanda deprimida, menor traslado de costos, comportamiento cambiario y ausencia de shocks externos.