Barricadas armadas con bicicletas y una nube de humo negro cerca de la estación central. Del otro lado, gases lacrimógenos y cañones de agua. Así terminó en Bruselas una jornada de movilización sindical contra el ajuste económico que prepara el gobierno belga, y que dejó a la capital europea paralizada.
La protesta, convocada por los principales sindicatos del país contra el plan del primer ministro Bart De Wever para recortar el déficit público, empezó en calma. Poco antes del mediodía, la situación se descontroló.
Centenares de jóvenes se enfrentaron con la policía en los alrededores de la Estación Central: volaron adoquines, botellas de vidrio, petardos y fuegos artificiales, además ardieron papeleras y se levantaron barricadas en plena calle.
La respuesta fue inmediata: la policía despejó la zona con camiones hidrantes y gases lacrimógenos. Los incidentes se repitieron cerca de la Estación de Midi, la gran terminal ferroviaria del sur de la ciudad, donde terminaba la marcha nacional.
El impacto se sintió más allá de las calles. El transporte funcionó con alteraciones y se cancelaron alrededor de 100 vuelos y el enojo apunta a lo que se discute en el gobierno federal, una coalición conocida popularmente como "Arizona".
Entre las medidas en estudio figuran una posible suba de los impuestos al consumo y cambios en la indexación automática de los salarios, el mecanismo que actualiza los sueldos según la inflación.
Para los gremios, eso significa que el costo del ajuste lo pagarían los trabajadores y sus familias y su propuesta es que el esfuerzo recaiga en las grandes empresas y en las mayores fortunas. Además, avisaron que las protestas seguirán si el gobierno no cambia las condiciones; es por eso que por ahora, las medidas siguen en análisis y la presión de la calle busca frenarlas antes de que se aprueben.
Los carteles resumían el clima que se vivió: "La juventud unida contra las medidas Arizona" aunque también aparecieron consignas como: "Invertid en nuestro futuro, no en la guerra".
Ahora bien, la bronca estudiantil tiene un blanco propio: la Federación Valonia-Bruselas, que maneja la educación en las regiones francófonas. Su plan prevé que los docentes trabajen un 10% más de horas sin aumento de sueldo y recortes que alcanzan, entre otras cosas, a las comidas gratuitas en las escuelas.
El decreto también sube el minerval, la matrícula de la educación superior no universitaria, de 835 a 1.194 euros para el 58% de los estudiantes. Los manifestantes exigen que se retiren las reformas y piden la renuncia de la presidenta regional, Élisabeth Degryse, y de la ministra de Educación, Valérie Glatigny.
No es un estallido repentino. Según la agencia EFE, los estudiantes vienen protestando desde hace meses en ciudades francófonas y, la semana pasada las protestas se intensificaron en Lieja, con cierre de establecimientos educativos, y ya suman 194 detenciones desde el 1 de octubre.
Bélgica no está sola. La movilización llega detrás de la de Francia, de mayor escala, donde los estudiantes mantienen sus reclamos en la calle. En España, en cambio, el eje de las protestas es la vivienda: miles de personas reclaman por lo difícil que es acceder a una vivienda digna. Son reclamos distintos, pero tienen algo en común: el malestar social crece en varias capitales europeas, y en Bruselas, sede de la Unión Europea, ya llegó a la brutal represión.