Las imágenes del último fin de semana de las impactantes movilizaciones de la juventud en Francia, Italia, España, Bélgica, Portugal, Albania y Serbia, que en algunos casos subvirtieron por completo las calles en sus demandas explícitas por alquileres más baratos y por menores recortes en educación, tuvieron su correlato en la represión que desató el Gobierno argentino contra la Quinta Marcha Federal Universitaria el jueves, entre acusaciones de infiltrados y una creciente disconformidad de quienes ya no soportan la motosierra de Javier Milei. Mientras Europa está en llamas, la ultraderecha latinoamericana se expone a un efecto contagio, que ya encendió los primeros conflictos en Chile.
El enfoque de la mayoría de los medios de comunicación alrededor de la interpretación de la resistencia a la represión de un lado y del otro del oceáno Atlántico, también aporta confusión al correcto análisis acerca de que, tanto en un continente como el otro, más allá de los actores oficiales, las demandas que generaron las movilizaciones son las mismas. Si bien en términos programáticos pueden ser por diferentes elementos, el denominador común es que todas apuntan a mejorar el nivel de vida de la clase trabajadora, que ve cómo vivir es cada vez más difícil y pertenecer a la "clase media" se transforma en una meta que todos los días se aleja sin importar los esfuerzos hechos.
De acuerdo a los datos oficiales de Francia, durante el último sábado 550.000 personas se movilizaron de manera pacífica hasta que las provocaciones derivaron en un enfrentamiento que dejó 1.800 detenidos, 500 efectivos heridos y un interminable inventario de daños a partir de los saqueos, que hasta se llevaron edificios públicos como el ayuntamiento de Limoges, que había sido construido en 1883.
La chispa que inició el fuego francés fue, justamente, un conflicto educativo. El profesorado del Lycée Antoine-de-Saint-Exupéry de Créteil parisino realizó una huelga contra los recortes de personal y financiamiento al cual los alumnos se sumaron a los pocos días. El efecto contagio fue tal que la gran movilización del sábado ocurrió sólo un mes antes de que el conflicto particular parisino estallara.
En Italia, los saqueos se reprodujeron rápidamente a partir de la represión que se desató en la ciudad de Milán el sábado. El Gobierno de Giorgia Meloni quiso tirar de la cuerda y terminó con sus efectivos contra una de estas. La rebelión juvenil dejó imágenes sorprendentes para lo que esperaba el resto del mundo de un gobierno derechista como el de su presidenta.
El mismísimo alcalde milanés, Giuseppe Sala, a la hora de criticar "la violencia contra la policía y los graves daños causados en la ciudad", que consideró "injustificables", antes afirmó que "los motivos de las protestas eran comprensibles". Es que la falta de futuro de los jóvenes en Europa marcha sobre los mismos rieles que en el resto del mundo, incluida Latinoamérica, donde las estadísticas no ocultan la crisis de salud mental y suicidios que atraviesan ciertos rangos etarios.
La crisis de vivienda y los costos de los alquileres tuvieron a las movilizaciones españolas a la cabeza. La muerte el 7 de octubre de la jubilada Maricarmen Abascal de 87 años, quien había sido desalojada de su piso en Madrid el 23 de septiembre, impulsaron con más fuerza los reclamos. La mujer había vivido durante 70 años en el lugar, pero no pudo con el aumento del 275% que había dispuesto el dueño. Cuando lograron acordar que el aumento sea de un máximo del 30%, ya era demasiado tarde para ella.
Mientras que las demandas de vivienda se contagiaron rápidamente a Portugal, con decenas de miles de manifestantes en las calles por el aumento del costo de vida, los reclamos docentes ya habían encendido la lucha en Bélgica, donde en pocas semanas pasaron de bloqueos en Lieja el 1 de octubre, a una huelga general el 9 y dos movilizaciones masivas el 12 y el 17, que también multiplicaron las viralizaciones de los fuertes enfrentamientos con la policía. Al igual que en Argentina, el caso comenzó con un recorte de 10.000 millones de euros a la educación.
El caso de Albania es de los más avanzados, de acuerdo al nivel de la movilización que ya reclama la renuncia del primer ministro Edi Rama. El movimiento Flamingo que surgió contra un proyecto de turismo de lujo en la costa sur del país, ya demostró la fuerza que tiene con los saqueos con los que arrasaron el edificio del Ministerio de Economía, sin que nadie pudiera evitarlo. En Serbia, también son los estudiantes los que están a la vanguardia de un reclamo anticorrupción que derivó en la convocatoria de elecciones anticipadas para el 25 de octubre.
La chispa llegó a Sudamérica
Mientras que Milei aseguró con orgullo que ya había advertido el futuro de Europa, en su discurso en Davos de 2024 había dicho que la inmigración sería el principal detonante. Lo cierto es que, al igual que en Argentina, las protestas que explotaron no están impulsadas por ningún movimiento migrante, sino por sectores tanto independientes como orgánicos, que decidieron no quedarse más quietos ante el creciente deterioro de su nivel de vida, sin importar el color político que haya en cada país.
En Chile, en el marco del séptimo aniversario del estallido de 2019, hubo grandes marchas con una represión que dejó 110 detenidos y 14 carabineros heridos. La imagen del recientemente electo presidente ultraderechista José Antonio Kast entró en una espiral descendiente desde que comenzó a gobernar, que lo llevó de ganar un ballotage a tener, de acuerdo al último estudio de la consultora Criteria, un 27% de popularidad, en el marco de una desaprobación del 64 % y un 82% que consideró que su mandato estuvo por debajo de las expectativas, sin todavía haber gobernado un año.
Si bien el discurso hegemónico de los medios de ambos lados de la Cordillera repudia la violencia, tanto la juventud argentina como la chilena parecen estar muy lejos de quienes celebraron el Congreso de La Libertad Avanza la semana pasada en Buenos Aires. Las recurrentes estadísticas en torno a la imagen de Milei también muestran un panorama parecido a su par trasandino. El escenario argentino expone una realidad cada vez más innegable: por un lado, que nadie come más por tener menos déficit fiscal y, por el otro, que para los votantes y para la gestión, había diferencias en cuanto a quienes eran los integrantes de la casta que iban a sufrir la motosierra.