Después de 16 años, el fenómeno internacional STOMP, el grupo de percusión, originario de Brighton, Inglaterra, regresa a la Argentina con una temporada limitada en el Teatro Ópera. Pero más allá del impacto escénico, uno de sus protagonistas, Joshua Cruz, ofrece una mirada íntima sobre el corazón del espectáculo: el ritmo como lenguaje universal. "Este espectáculo es algo bien especial", resume el artista en diálogo con BigBang, al explicar una de las claves del éxito de la compañía creada por Luke Cresswell y Steve McNicholas. "Nosotros le sacamos música a objetos cotidianos. Puede ser con escoba, zafacones, con nuestras manos también".
La propuesta de STOMP rompe con las reglas tradicionales del teatro: no hay diálogos, no hay texto, pero sí una conexión directa con el público. "No se habla ni hay una palabra, pero hay momentos donde la gente se puede reír, pueden aplaudir también, y, de alguna manera, sin nosotros hablar, la gente sabe que ellos pueden ser parte de lo que estamos haciendo", describe Cruz. Esa interacción espontánea, casi instintiva, es uno de los motores del espectáculo. El público no solo observa: participa, responde, se deja llevar por una energía que se construye en tiempo real y al ritmo del grupo de percusión.
Con más de tres décadas de historia, STOMP se mueve en un terreno particular: es, al mismo tiempo, un clásico y una experiencia novedosa. "STOMP es un clásico para la gente que lo conoce, y todavía es algo bien nuevo para la gente que no sabe lo que es", explica Cruz. Esa dualidad es parte de su vigencia: mientras algunos vuelven a reencontrarse con el show, otros lo descubren por primera vez. Para Cruz, la esencia del espectáculo no está solo en la técnica, sino en una idea más profunda: todo tiene ritmo. "Aunque te estoy hablando en mi departamento, afuera hay un camión... y escucho 'pip, pip'. En eso mismo hay un ritmo", señala.
E insiste: "Creemos que hay sonido en todo, y lo que nosotros hacemos es sacar ese sonido y ponerlo en música". Esa mirada transforma lo cotidiano en arte: escobas, tachos, botellas o incluso changuitos de supermercado se convierten en instrumentos. Lejos de ser un show improvisado, STOMP exige una precisión extrema. El cuerpo es el instrumento principal y también el límite. "Nosotros tenemos que cuidarnos... nuestras manos, nuestros pies. No solamente tocamos: hay movimiento en la música", explica. La exigencia es constante: cada función combina coordinación, resistencia física y una sincronización milimétrica entre los intérpretes.
La historia personal de Cruz también refleja el espíritu del espectáculo. Su primer contacto con la música fue en una iglesia: "Mi primer instrumento fue conga (tambor alto, estrecho y de un solo parche originario de Cuba). Después la batería... yo nunca pensé que iba a ser parte de un equipo así". Sin formación en teatro, llegó a STOMP a través de una audición. Lejos de ser una desventaja, ese recorrido fue clave: "Nadie entra sabiendo cómo tocar con una escoba... ellos te enseñan". Aunque el show tiene una base coreográfica sólida, también deja espacio para la creatividad: "Hay momentos donde improvisamos... en los solos, en la manera que uno actúa".
Ese equilibrio entre estructura e improvisación mantiene cada función viva, diferente. En la previa del regreso, Cruz pone el foco en la conexión cultural con el público local:"Sé que ustedes tienen una cultura bien rica... la música, el tango... creo que vamos a conectar bien". Y agrega: "La gente de Argentina se va a sentir como que están en casa con nosotros". Para el artista, el mensaje de STOMP es claro y simple: "Hay ritmo en cualquier lugar". Esa idea, llevada al escenario con humor, energía y creatividad, convierte al espectáculo en algo más que un show: una experiencia sensorial que invita a mirar -y escuchar- el mundo de otra manera.
El cierre, fiel al espíritu del grupo, es una invitación directa: "Vengan, vengan y no se lo pierdan... sé que ustedes van a gozar mucho". Del 2 al 13 de septiembre, Buenos Aires volverá a latir al ritmo de STOMP. Y, como dice Cruz, quizás el verdadero espectáculo no esté solo en el escenario, sino en descubrir que la música ya estaba en todas partes.