La música no solo acompaña momentos: también revela quiénes somos, qué heridas cargamos y qué emociones todavía no aprendimos a nombrar. Sobre esa premisa se construye Somos lo que cantamos, la nueva propuesta teatral de los psicólogos Alejandro Schujman y Maxi Mc Coubrey, que estrenará el próximo 18 de mayo en el Paseo La Plaza, y que promete convertir al escenario en un espacio donde la psicología, la música y la emoción se funden en una experiencia colectiva. Lejos de una conferencia tradicional o de una sesión clínica clásica, la obra se presenta como una invitación a mirar la propia vida a través de las canciones que acompañaron cada etapa.
Para Maxi Mc Coubrey, psicólogo clínico especializado en trauma complejo y abuso emocional, la música funciona como una huella emocional indeleble. "Revela qué está guardado en su memoria, revela su deseo de alguna manera", explica en diálogo con BigBang al hablar de lo que dice una canción sobre quien la escucha en soledad. La idea de que una playlist puede narrar la identidad de una persona es el corazón del espectáculo. "La propuesta de espectáculo es, dime qué escuchás y te diré quién eres", resume Mc Coubrey, convencido de que la música no es un mero acompañamiento sentimental, sino un lenguaje profundo que conecta memoria, deseo y cultura.
Incluso, sostiene: "Siempre pensé que la música era una herramienta terapéutica. Si bien yo no soy musicoterapeuta, dentro del recorrido de una terapia, la música como forma de la identidad del paciente está siempre presente. La música es sentido, forma, energía, memoria... es un elemento que está en nuestra cultura desde que somos especie". Para el psicólogo, la pregunta no es por qué incorporar la música al proceso terapéutico, sino todo lo contrario: "¿Por qué dejarla afuera?". La obra toma esa idea y la transforma en escena.
A través de canciones, humor, reflexiones clínicas y participación emocional del público, Somos lo que cantamos propone un viaje por las distintas etapas vitales: desde lo que sonaba antes de nacer hasta la música con la que quisiéramos ser recordados. "Es una obra de teatro que tiene elementos de psicología, elementos teatrales, elementos de música, elementos del humor. Creo que lo que hace es encontrar un punto de convergencia donde aparece la identificación, el análisis y la reflexión", describe.
Esa combinación de recursos convierte al espectáculo en una experiencia singular: el consultorio se vuelve escenario, la teoría se vuelve emoción y las canciones pasan a ser espejos. "La identidad narrativa aparece a partir de la música", explica Mc Coubrey. Pero además de lo conceptual, hay una apuesta personal detrás del proyecto. Para Mc Coubrey, subirse a un escenario también fue romper con cierta rigidez asociada a su profesión: "Me sirvió para salir de la comodidad del psicólogo de camisa acartonado y empezar a ponerle el cuerpo y reírme y cantar".
En ese gesto hay una dimensión terapéutica también para quienes protagonizan la obra. El psicólogo lo define como un acto de habilitarse a ser otro: "Es como 'mirá lo que puedo hacer ahora, a mis cincuenta y pico de años'". Esa experiencia personal es justamente la que espera contagiar al público. "Me gustaría que se lleven un poco de lo que me genera a mí hacer esto, que es animarme a inaugurar un Maxi que no conozco tanto", describió.
En escena, junto a Schujman, construyen una historia que atraviesa niñez, adolescencia, adultez y vejez, combinando teoría psicológica con emociones universales. Y aunque hay estructura, también hay lugar para la espontaneidad: "Hay momentos en donde está estructurado por bloques, pero dentro de esos bloques hay tintes de improvisación o discurso libre", cuenta. El trasfondo del espectáculo es claro: la música tiene poder real sobre la vida emocional.
De hecho, puede acompañar procesos de duelo, sanar heridas o incluso quedar atrapada en vínculos dolorosos. "La música puede reforzar vínculos tóxicos o también ayudar a romperlos. Las dos cosas", advierte Mc Coubrey, que trabaja hace años con personas atravesadas por abuso emocional. Según explica, las canciones pueden convertirse en "anclajes" emocionales: recuerdos, escenas o manipulaciones afectivas encapsuladas en una melodía. Por eso, a veces, sanar implica también cambiar lo que se escucha. "Una persona que quiere salir de un vínculo abusivo tiene que actualizar sí o sí la playlist", afirma.
La frase no es solo una metáfora musical, sino una forma de pensar la salud emocional como un proceso de revisión y reconstrucción. Cambiar la música puede significar cambiar la narrativa personal. En ese sentido, Somos lo que cantamos no busca dar respuestas cerradas, sino abrir preguntas. ¿Qué dicen nuestras canciones sobre nuestros vínculos? ¿Por qué algunas melodías nos salvan y otras nos hunden? ¿Cuánto de lo que sentimos es propio y cuánto fue aprendido culturalmente? Mc Coubrey no duda del poder transformador del arte: "Sí, se puede sanar cantando. Y es mucho más fácil sanar con música que sin música".
Más aún, plantea que la experiencia colectiva de cantar puede ser profundamente reparadora: "Cantar con otros regula nuestro sistema nervioso, da sensación de comunidad y ayuda a sanar". Autor de El amor después del desamor, Mc Coubrey también lleva al escenario su mirada clínica sobre los vínculos. "El amor calma y es simple. El amor es algo que le hace bien al cuerpo y al sistema nervioso", sostiene. Desde su mirada, buena parte del sufrimiento afectivo tiene que ver con una confusión cultural entre intensidad y amor. "Seguimos confundiendo intensidad con amor porque nos falta educación emocional", afirma.
Por eso la música aparece como una herramienta de lectura interna. Muchas veces, dice, una canción permite comprender aquello que todavía no pudimos poner en palabras. "Las canciones de Charly (García) son una locura... cuatro o cinco frases y te define una depresión en un segundo", reflexiona. La propuesta, entonces, no es solo asistir a una obra, sino entrar en contacto con una parte íntima de uno mismo. Porque detrás de cada canción favorita hay una historia, una herida o una verdad emocional. Con Somos lo que cantamos, Schujman y Mc Coubrey llevan esa idea al teatro y convierten las canciones en una puerta hacia la memoria afectiva.
Se trata de una obra que invita a escuchar(se), a emocionarse y, quizás, a entender que detrás de cada melodía personal hay una forma de narrar la propia vida. Después de todo, como plantea el propio Mc Coubrey, "somos lo que cantamos".