El partido más esperado del Mundial 2026 todavía no había comenzado, pero el caos ya se había adueñado de las calles. Este miércoles, miles de personas que intentaban regresar a sus casas antes del trascendental Argentina-Inglaterra se encontraron con un verdadero calvario en el transporte público y una carrera desesperada contra el reloj.
Con el pitazo inicial previsto para las 16, varias líneas de colectivos comenzaron a advertir a sus pasajeros que desde las 14 aplicarían restricciones en el servicio hasta la finalización del partido. La medida, sumada a la salida anticipada de miles de trabajadores autorizados a retirarse antes de sus empleos, provocó demoras, calles colapsadas y una congestión infernal en las principales avenidas y autopistas.
El objetivo era uno solo: llegar a tiempo para ver a la Selección Argentina enfrentarse a Inglaterra por un lugar en la final. A lo largo del trazado del Metrobus del Bajo, la escena fue de absoluta tensión. Extensas filas de pasajeros esperaban para poder subir a los colectivos rumbo al sur del Gran Buenos Aires o a la estación de Constitución. Pero muchos de los vehículos llegaban completamente repletos. Las puertas se abrían y, en varios casos, ya no había lugar para un pasajero más.
En la esquina de Alem y Tucumán, la cola para tomar el colectivo diferencial con destino a La Plata triplicaba su extensión habitual para la media tarde. La fila llegaba casi hasta Lavalle, cuando normalmente apenas esperan entre ocho y diez personas. La semifinal mundialista había transformado una tarde de rutina en una auténtica prueba de supervivencia urbana. Pero el peor escenario se vivió en Plaza Constitución y sus alrededores. El caos fue total.
Miles de pasajeros intentaron subirse a los trenes para volver a sus casas y llegar a tiempo para el partido. Sin embargo, las cancelaciones de varias formaciones y las demoras terminaron de encender una situación que ya era crítica. Las pocas unidades que salían se convirtieron en el objetivo de una multitud desesperada. En los andenes, los pasajeros se amontonaban y varios trenes no podían partir porque la propia gente impedía que se cerraran las puertas para intentar subir.
Cada segundo parecía contar. El reloj avanzaba y el inicio de Argentina-Inglaterra estaba cada vez más cerca. Con el paso de los minutos, la desesperación se transformó en fastidio y la espera en bronca. Los propios pasajeros comenzaron a insultarse entre ellos y también al personal de Trenes Argentinos. La tensión creció en Constitución mientras cientos de personas intentaban encontrar una forma de escapar del caos y llegar a tiempo frente al televisor. En las calles, las filas parecían no tener fin. En los andenes, las puertas no podían cerrarse. Y en cada estación se repetía la misma escena: gente corriendo, empujando y mirando el reloj.