Desde Washington, el ministro de Economía, Luis Caputo, volvió a exhibir confianza en el rumbo económico tras la aprobación de la segunda revisión del acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), que habilitó un desembolso de US$1.000 millones. Sin embargo, detrás del respaldo formal del organismo se despliega una estrategia compleja que combina ajuste interno, endeudamiento indirecto y una fuerte dependencia de financiamiento externo. Caputo descartó de plano la necesidad de solicitar un "waiver" (dispensa) al FMI y aseguró que "nunca se habló" de esa posibilidad, al tiempo que calificó al acuerdo como "buenísimo".
En la misma línea, agradeció públicamente a la titular del organismo, Kristalina Georgieva, y a su equipo por el acompañamiento al programa argentino. El FMI, por su parte, destacó el "impulso político" del Gobierno tras la aprobación del Presupuesto 2026 y una serie de reformas estructurales, además de resaltar los avances en materia monetaria y cambiaria. Según el organismo, estas medidas permitieron una "acumulación incipiente de reservas", aunque en la práctica esto se sostiene en un esquema de fuerte contracción económica y absorción de liquidez.
Ese enfoque quedó explicitado por el propio presidente Javier Milei, quien planteó la necesidad de "sacar todos los pesos de la calle hasta que colapse el índice de inflación". La frase sintetiza la lógica oficial: restringir al máximo la circulación de dinero, aun a costa de profundizar la recesión. En ese marco, el Ministerio de Economía logró un rollover del 127% en la primera licitación del mes, captando $9,92 billones frente a vencimientos por $8,3 billones. El resultado implica una absorción neta de pesos del mercado, consolidando la política contractiva.
Sin embargo, el costo de ese financiamiento comienza a mostrar tensiones, especialmente en los instrumentos en dólares, donde el Tesoro debió convalidar tasas significativamente más altas, como el 8,5% para el bono AO28. Mientras se endurecen las condiciones internas, el equipo económico despliega en paralelo una sofisticada "ingeniería financiera" para afrontar los vencimientos externos. El objetivo inmediato es cubrir pagos por US$4.300 millones que operan en julio, evitando recurrir a los mercados internacionales, donde el riesgo país sigue elevando el costo del crédito.
La estrategia pasa por la creación de un fondo ad hoc respaldado por organismos multilaterales como el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la CAF. Según las negociaciones en curso, estas entidades aportarían garantías por unos US$3.000 millones, que permitirían apalancar financiamiento adicional de bancos privados. Caputo ya mantiene conversaciones con figuras clave como Ajay Banga, Ilan Goldfajn y Sergio Díaz-Granados, en busca de cerrar los últimos detalles del esquema. La lógica es clara: utilizar el respaldo de estos organismos -considerados de bajo riesgo- para conseguir préstamos a tasas más bajas que las del mercado.
Según fuentes vinculadas a la negociación, las tasas multilaterales podrían ubicarse entre el 3% y el 4%, mientras que la banca privada prestaría en torno al 5%. Aunque más conveniente que el financiamiento directo en Wall Street, este esquema implica seguir acumulando compromisos financieros bajo condiciones condicionadas por actores externos. El propio Caputo reconoció ante inversores que el Gobierno no prevé volver a los mercados internacionales en el corto plazo. "Sería irresponsable acudir a tasas significativamente más altas", sostuvo, al tiempo que cuestionó el nivel actual del riesgo país y aseguró que debería ser "significativamente menor".
Lo cierto es que la dependencia de avales multilaterales, la necesidad de sostener tasas elevadas en dólares y la continuidad de políticas contractivas configuran un escenario donde la estabilidad financiera se apoya más en el endeudamiento y el ajuste que en una recuperación genuina de la economía. Así, mientras el Gobierno celebra el respaldo del FMI y exhibe capacidad para refinanciar vencimientos, el programa económico sigue atado a un delicado equilibrio: evitar una crisis de financiamiento sin abandonar un modelo que, por ahora, encuentra su principal ancla en la restricción monetaria y el crédito externo.