Cuando los demócratas empezaban a ganar estado por estado y el control del Congreso se le escapaba, Donald Trump tuvo su primera reacción en Truth Social. No fue autocrítica, sino una aclaración: "No estaba en la boleta y si lo hubiera estado, ¡habríamos ganado en un alud total! Gracias por su atención a este asunto".
El resultado fue un golpe fuerte. Según los resultados difundidos, los demócratas se quedaron con la mayoría en la Cámara de Representantes y en el Senado, por lo que Trump pasará sus últimos dos años de mandato con un Congreso opositor, y eso que se puso la campaña al hombro, con una veintena de actos en el último mes. Pero, no le alcanzó.
El golpe más simbólico llegó desde Texas, el bastión republicano que Trump visitó una y otra vez. Allí, según los mismos reportes, la demócrata Gina Hinojosa ganó la gobernación con amplia ventaja y será la primera latina en ocupar ese cargo y la tercera mujer en la historia del estado. Además, el demócrata James Talarico le ganó la banca en el Senado al republicano Ken Paxton.
Con el mapa teñido de azul, Trump buscó un culpable con nombre y apellido: el gobernador de Texas, Greg Abbott a quien acusó de haberse vuelto un "republicano solo de nombre" en los últimos seis meses y dijo que Abbott había vuelto a su "fórmula original", algo que, según él, "no fue muy bueno".
Después prometió convertirse en un experto en entender "tanto para bien como para mal" por qué cada candidato "ganó o perdió". El hombre que decía ser el gran elector de su partido terminó echándole la culpa a uno de sus gobernadores.
Esta vez, a diferencia de otras, el discurso oficial fue conciliador. En una entrevista con The New York Times, Trump dijo que está "totalmente dispuesto a aceptar esos resultados" y que quiere dialogar: "Esperamos poder trabajar con ellos. Probablemente lleguemos a algún acuerdo". Sin embargo, casi al mismo tiempo, publicó la foto de su clásica gorra roja con una sola palabra en letras blancas: "VETO", como una amenaza clara de bloquear lo que apruebe el nuevo Congreso.
La fórmula ya es conocida. Sólo cabe recordar el año 2020, cuando perdió frente a Joe Biden, Trump nunca reconoció la derrota, habló de fraude sin pruebas y alimentó el clima que terminó en la toma del Capitolio del 6 de enero de 2021. Antes de esta elección había avisado que reconocería el resultado solo si era "limpio" y, si bien esta vez dice que lo acepta, el reflejo es el mismo: la derrota nunca es suya. Antes la culpa era del fraude; ahora, de la boleta y de Abbott.
Desde Argentina, el resultado tiene un sabor especial: la expresidenta Cristina Kirchner había pronosticado en The Washington Post que el actual presidente estadounidense "perderá las elecciones en su propio país". Y para Javier Milei, su aliado más entusiasta, el panorama en Washington se complica: el Donald Trump que lo respaldó ahora tendrá que negociar cada dólar con un Congreso que controlan los demócratas.