Hay escenas que no terminan cuando se apagan las luces de la investigación. Quedan suspendidas en el aire, adheridas a quienes las vieron. En el caso de Luana Cabral, la adolescente de 15 años con parálisis cerebral hallada muerta en su casa en condiciones de abandono extremo, el impacto no solo sacudió a una comunidad entera: también quebró a quienes, por oficio, están acostumbrados a mirar de frente lo peor. "Hay hechos que rompen cualquier estructura, que atraviesan el uniforme y llegan directo al alma", escribió la policía Sofía Engelman, una de las primeras en ingresar a la vivienda donde fue encontrado el cuerpo.
Esta frase es la confesión de alguien que, después de dos décadas de servicio, admite que hay límites que ni la experiencia ni la formación pueden contener. Luana llevaba, según los informes preliminares, al menos un mes muerta cuando fue hallada en su habitación. Su cuerpo, en avanzado estado de descomposición, hablaba de algo más que una tragedia: exponía un abandono prolongado, silencioso, casi invisible. Una vida que se fue apagando sin que nadie -o casi nadie- lo advirtiera. "Después de 20 años de carrera como policía y licenciada en Criminalística, me tocó atravesar uno de esos hechos que dejan una huella difícil de explicar", continuó Engelman.
La crudeza de sus palabras no es casual. "Estoy acostumbrada a ver, analizar y reconstruir escenas, pero hay situaciones que traspasan cualquier preparación profesional". La agente participó del operativo el pasado 2 de abril. Desde entonces, según contó a través de su cuenta de Facebook, la escena no la abandona. "Esta vez no es solo trabajo. Es algo que me atravesó de una manera distinta, que me acompaña incluso cuando intento seguir con lo cotidiano. Desde el momento en que vi a Luana, algo en mí cambió. No puedo dejar de pensar en ella, en lo que pudo haber sido, en lo que quizás vivió, en todo lo que le fue arrebatado".
Detrás de esas palabras aparece una dimensión muchas veces ignorada: la de quienes deben reconstruir el horror. "Muchas veces se cree que quienes trabajamos en esto nos volvemos duros o indiferentes. No es así", advirtió. Y remató con una definición que desarma cualquier automatismo: "Sentir duele, pero también es lo que nos mantiene humanos". Mientras tanto, la causa avanza en la Justicia con una carátula tan contundente como estremecedora: abandono de persona seguido de muerte. Los padres de la adolescente fueron detenidos y permanecen bajo investigación.
La fiscal del caso busca determinar qué ocurrió durante ese mes en el que Luana, completamente dependiente de terceros para sobrevivir, quedó librada a su suerte. El expediente también deja al descubierto un entramado de vulnerabilidades: una madre con antecedentes de salud mental, un padre ausente de manera intermitente y un sistema que, una vez más, llega tarde. Demasiado tarde. En las calles de Federación, la conmoción se traduce en bronca y preguntas. ¿Cómo puede morir una adolescente en su propia casa sin que nadie intervenga? ¿Dónde estuvieron los controles estatales? ¿Quién debía ver lo que estaba pasando?
La policía que vio el cuerpo no tiene esas respuestas. Pero sí carga con las consecuencias de haber estado ahí. "Me permito reconocer esta tristeza, angustia, ponerle palabras y no cargarla en silencio. Porque detrás del uniforme y del rol profesional, también hay una persona que siente, que piensa y que necesita procesar lo que ve. Abrazo a quienes, desde distintos lugares, también enfrentan realidades duras y siguen adelante sin perder la sensibilidad", cerró.