Darío Eduardo Lopérfido murió este viernes en Buenos Aires, a los 61 años, como consecuencia de una Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). La noticia fue confirmada por allegados a su familia. En los últimos meses, su estado de salud se había deteriorado de manera acelerada. Fiel a su estilo frontal, provocador y sin concesiones, había decidido anticiparse a los rumores y contar en primera persona su diagnóstico en un artículo publicado en el sitio Seúl.
El texto, descarnado y personal, fue leído como una última intervención pública coherente con la personalidad que sostuvo durante décadas en la vida política y cultural argentina. "Tener ELA es una mierda. No por la posibilidad de morir, que me tiene sin cuidado. La vejez me resulta odiosa; morir sin atravesar esa catástrofe humana, en cambio, me parece un alivio", escribió por entonces.
En otro pasaje, dejó una de las reflexiones más crudas sobre la enfermedad: "El problema de la ELA es que es una enfermedad sin épica. Un buen cáncer te da todo un tiempo con tratamientos espantosos durante el que podés aparecer pelado y decir 'yo le voy a ganar al cáncer'. En la mayoría de los casos, el pelado se muere. Pero le deja un legado a su familia: que pueden decir 'cómo la peleó'".
No hubo metáforas ni solemnidad. Solo la palabra directa de alguien que nunca eligió el tono bajo. Darío Lopérfido nació el 5 de junio de 1964 en el barrio porteño de Villa Urquiza. Hijo de un obrero gráfico despedido durante el Proceso de Reorganización Nacional, dejó el secundario a los 16 años para trabajar como cadete en una agencia publicitaria. Más tarde estudió abogacía gracias a una ley que habilita a mayores de 30 sin estudios completos.
Su carrera pública comenzó en el ámbito cultural. Dirigió el Centro Cultural Ricardo Rojas entre 1992 y 1999 y fue funcionario en la Ciudad de Buenos Aires durante la gestión de Fernando de la Rúa, primero como secretario de Cultura porteño y luego como secretario de Cultura y Comunicación de la Nación entre 1999 y 2001. Años después fue designado director general y artístico del Teatro Colón por Mauricio Macri y, en diciembre de 2015, ministro de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires durante el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta. También presidió Ópera Latinoamérica.
Su paso por la gestión cultural estuvo marcado por decisiones audaces, apoyos entusiastas y rechazos encendidos. Lopérfido no fue un funcionario silencioso. En enero de 2016, al cuestionar la cifra de 30.000 desaparecidos durante la última dictadura militar, abrió una herida profunda en el debate público. Sus declaraciones generaron repudios de referentes de derechos humanos y manifestaciones en su contra en distintos espacios culturales. Las protestas derivaron en escraches y pedidos de renuncia. En 2016 dejó el Ministerio de Cultura porteño y en 2017 renunció también al Teatro Colón, en medio de un clima de confrontación constante.
Ese mismo año su nombre apareció vinculado al escándalo internacional conocido como Mossack Fonseca, a partir de la filtración de documentos de los llamados Panamá Papers, donde figuraba asociado a sociedades offshore. Las revelaciones volvieron a colocarlo en el centro de la escena pública. Amado y cuestionado con la misma intensidad, Lopérfido construyó una identidad política y cultural atravesada por la controversia.
En su vida privada, se casó en 2014 con la actriz Esmeralda Mitre; el matrimonio terminó en 2018. En 2019 nació su hijo Theo. Pero en sus últimos meses, el foco dejó de estar en las disputas públicas y se concentró en su batalla personal contra la ELA. La enfermedad, progresiva y devastadora, fue avanzando con rapidez. Su despedida fue, como su trayectoria, sin épica y sin maquillaje. Eligió decir lo que pensaba incluso frente a la muerte. Sin romanticismo, sin relato heroico, sin buscar compasión.