En tiempos donde el ruido domina la escena pública y la velocidad parece imponerse incluso sobre el arte, Germán Palacios apuesta a lo contrario: al silencio, a la profundidad y a la palabra pensada. Lo hace arriba del escenario con El hombre inesperado, pero también en cada una de sus definiciones fuera de él. La obra -escrita por Yasmina Reza- propone un cruce íntimo entre dos desconocidos en un tren, donde lo central no es lo que se dice, sino lo que circula por dentro. "Es una obra que tiene mucha verborragia, pero a la vez es muy particular porque, al ser los pensamientos, es muy expuesto, son muy sin filtro lo que las personas organizan", explica Palacios, desarmando cualquier lectura superficial. Lejos de la idea de personajes que ocultan más de lo que dicen, el actor invierte la lógica: "Callan poco, diría yo". Y en ese punto aparece uno de los núcleos más potentes de la pieza: la tensión entre lo consciente y lo inconsciente, entre lo que se controla y lo que irrumpe.
El dilema que atraviesa la obra -qué pesa más, si el azar o el destino- también interpela al propio Palacios. Su respuesta ante la consulta de BigBang evita los extremos: "Yo creo en las decisiones y en la voluntad, pero también me gusta siempre pensar en que hay algo que se define por fuera de uno". Esa mirada híbrida, casi pragmática, se traduce en una ética de vida: estar atento a las oportunidades, pero sin negar lo imprevisible. "Uno después pone el mecanismo en funcionamiento con toda la pasión", agrega el actor que pasó por más que reconocidas series de televisión, obras de teatro y películas a lo largo de sus casi 63 años.
Palacios se detiene especialmente en el trabajo de Reza, a quien define desde un lugar poco habitual: no como escritora, sino como compositora. "Ella escribe como se escribe una partitura", señala. Para él, cada palabra tiene un peso sonoro específico. "Dice que sufre mucho cuando adaptan sus obras porque rompe esa estructura musical", advierte. En ese marco, la improvisación existe, pero no como búsqueda deliberada: "Es algo que acá se considera más un accidente que una búsqueda".
La obra lo encuentra compartiendo escenario y dirección con Inés Estévez, en un proceso que, según cuenta, fluyó sin tensiones. "No discutimos mucho, en general tendemos bastante a acordar y nos complementamos", asegura. La propuesta estética también es clara: minimalismo, portabilidad y una estructura pensada para girar. Una decisión que, en el contexto actual del teatro, no es menor. Antes de la actuación, la vida de Palacios estaba en otro lugar. "Hubiese sido deportista, sin duda", afirma.
Una lesión en una vértebra lo alejó de las canchas de handball y lo obligó a cambiar de rumbo, pero también le dejó una marca indeleble: la disciplina. "El teatro también podría leerse como un grandísimo deporte", reflexiona, trazando un puente entre ambos mundos. La constancia, el entrenamiento y el cuidado del cuerpo siguen siendo parte de su rutina. Pero lejos de romantizar su profesión, el actor es crudo al describirla: "El oficio nuestro es un oficio de desocupados".
En ese contexto, la coherencia artística se vuelve un lujo difícil de sostener. "Si sos padre de familia y no tenés margen para elegir, lamentablemente tenés que elegir", reconoce. Sin embargo, defiende una idea que considera clave: que el actor deje de esperar y pase a generar sus propios proyectos. El tramo más contundente de la entrevista con este sitio llegó cuando se le preguntó por el contexto actual.
A diferencia de muchos quee prefieren esquivar los conflictos, Germán no esquiva la definición: "Estamos viviendo en un momento horrible, en que no hay trabajo y este gobierno... considera muchas de las cosas que nos constituyen descartables". Su crítica apunta directamente al impacto sobre la cultura, la educación y la producción artística. "Cuando deja de haber posibilidad de hacer una ficción propia... se está perdiendo algo mucho más profundo", advierte.
Y amplía el foco: "Es un atentado contra lo que somos, contra nuestra casa". A lo largo de su carrera, Palacios construyó una identidad basada en decisiones firmes, incluso cuando implicaron perder oportunidades. Es decir, decirle "no" a los trabajos que le fueron apareciendo. "Yo nunca serví para chuparle las medias a nadie", dispara sin dar vueltas. Pero lejos de la nostalgia, asegura no arrepentirse: "Lo que no es para uno, no es para uno".
En tiempos donde -según él- se subestima la capacidad de atención, El hombre inesperado apuesta a lo contrario: a un espectador activo. "Hay un núcleo de público que está abierto y que hay que tratarlo como inteligente", sostiene. Y ese parece ser, en definitiva, el corazón de su búsqueda: un teatro que no simplifique, que no grite más fuerte que el mundo, sino que lo interpele desde otro lugar. En un escenario saturado de estímulos, elige confiar en algo cada vez más escaso: la profundidad.