La avenida Corrientes parecía haber viajado por unas horas al universo fantástico de Willy Wonka. Luces violetas, pantallas LED gigantes, drones sobrevolando el teatro y una multitud de invitados de primerísimo nivel transformaron la función de prensa de Charlie y la Fábrica de Chocolate en uno de los eventos más convocantes de la temporada. Apenas una semana después de su estreno y con más de 40.000 entradas ya vendidas (su estreno oficial fue la semana pasada), la superproducción que desembarcó en el Teatro Gran Rex ratificó que llegó para convertirse en uno de los grandes sucesos del año.
Desde temprano, la puerta del histórico teatro comenzó a poblarse de artistas, músicos, productores, conductores, influencers y referentes de la cultura. La lista de invitados parecía interminable: Lali, Cris Morena junto al elenco de Margarita, Abel Pintos, Luisana Lopilato, Adrián Suar, Felipe Colombo, Benjamín Rojas, Isabel Macedo, Gastón Dalmau, Karina La Princesita, Flor de la V, Pamela David, Thelma Fardin, Natalie Pérez, Nahuel Pennisi, Sofi Pachano, Juan Carlos Baglietto y decenas de figuras más desfilaron por una alfombra roja improvisada que rápidamente se convirtió en uno de los grandes atractivos de la noche.
Pero una vez que las luces de sala se apagaron, toda la atención pasó a estar sobre el escenario. La historia vuelve a poner en el centro a Charlie Bucket, un chico que vive rodeado de dificultades económicas, pero que conserva intacta una herramienta poderosa: la capacidad de imaginar. Del otro lado aparece Willy Wonka, el misterioso creador de la fábrica de chocolates más famosa del mundo, un personaje tan brillante como impredecible.
Cuando cinco tickets dorados aparecen escondidos entre los chocolates, se desata una verdadera fiebre colectiva. Padres desesperados, chicos caprichosos, ambiciones desmedidas y sueños imposibles comienzan a cruzarse en una aventura que funciona tanto como un cuento fantástico como una mirada sobre temas profundamente actuales: el consumo, la ansiedad, la obsesión por ganar y la necesidad de preservar la imaginación en tiempos cada vez más acelerados.
La puesta sorprende desde el primer minuto. Escenografías monumentales, efectos visuales, cambios de escena permanentes, números musicales de gran despliegue -y nivel- y un elenco de más de veinte artistas convierten al espectáculo en una experiencia inmersiva para grandes y chicos. Sin embargo, si hubo una figura que se llevó buena parte de los aplausos, esa fue Agustín "Soy Rada" Aristarán.
Lejos de intentar imitar las versiones cinematográficas que inmortalizaron Gene Wilder, Johnny Depp o más recientemente Timothée Chalamet, Rada construye un Willy Wonka propio. Carismático, excéntrico, divertido y por momentos conmovedor, el actor despliega además una de sus marcas registradas: la magia. Su experiencia como ilusionista aparece integrada naturalmente al personaje y potencia el encanto de cada escena.
La respuesta del público fue inmediata. Risas constantes, aplausos espontáneos y una ovación final de pie coronaron una función donde también brillaron Mery Del Cerro, Sebastián Almada y el resto del elenco. Charlie y la fábrica de chocolate cuenta la historia de un chico que tiene una pasión y decide insistir. Y esa insistencia lo lleva al mundo con el que soñó... Creo que a todos los que hacemos esta obra nos pasa eso con el teatro. De todos los mundos que fuimos construyendo, este es, por lejos, el más complejo. Un año entero de trabajo. Un año a pura imaginación. Pensándolo. Probándolo", resumió el director Marcelo Caballero en sus redes.
Y agregó: "Y los ensayos. El cansancio. Los errores. Volver a empezar. Y también la tranquilidad de saber que uno puede caerse porque hay red. Un equipo enorme sosteniendo todo eso. Cuidando la magia que se ve y la otra: la que pasa entre estas personas que se juntaron a hacer algo que las mueve. La que aparece en una mirada, en una risa, en el juego, en el encuentro. Cuando se entiende que hacer teatro también es abrazar y cuidar".
Esa sensación colectiva fue precisamente la que se respiró durante toda la noche. Porque más allá de la espectacularidad visual, Charlie y la Fábrica de Chocolate encuentra su fortaleza en algo más simple: la capacidad de recordar que todavía existen historias capaces de despertar asombro. Con el respaldo de los productores responsables de éxitos como La Sirenita, Matilda y School of Rock, espectáculos que convocaron a más de medio millón de espectadores, la apuesta parece destinada a repetir el fenómeno. Mientras el público abandonaba el Gran Rex entre sonrisas y comentarios entusiastas, una conclusión parecía repetirse una y otra vez en los pasillos: en tiempos dominados por las pantallas, Charlie y la Fábrica de Chocolate logró algo cada vez más difícil. Hacer que miles de personas vuelvan a creer que la magia existe.