Mientras la investigación por el femicidio de Agostina Vega continúa sumando elementos escalofriantes en Córdoba, la especialista en salud mental materna, infantil y adolescente María Scipioni (MN 39519) puso el foco precisamente sobre otro aspecto: ¿qué tipo de sociedad está formando a los hombres que terminan ejerciendo la violencia más extrema? Para la profesional, ya no se trata únicamente de preguntarse quiénes participaron del crimen o qué ocurrió dentro de la vivienda del barrio Cofico donde la adolescente de 14 años fue asesinada. Conmovida por el caso de Agostina, planteó que el horror del femicidio no puede analizarse únicamente desde la perspectiva penal, sino también como una problemática social que obliga a revisar los modelos de crianza que se transmiten de generación en generación.
En ese sentido, sostuvo en diálogo con BigBang: "El femicidio de Agostina Vega nos interpela a todos como sociedad. Es angustiante ver las noticias y saber que, en Argentina, una mujer muere por violencia de género cada 30 horas. Genera impotencia. Duele". Las palabras de Scipioni llegan en un contexto especialmente sensible. Claudio Gabriel Barrelier, principal acusado por el femicidio de la adolescente, acaba de recibir el alta médica tras haber permanecido internado bajo observación psicológica en el penal de Bouwer. La investigación sostiene que habría abusado, asesinado y descuartizado a la joven en una vivienda de barrio Cofico.
Además, la causa ya cuenta con un segundo detenido por presunto encubrimiento agravado. Sin embargo, para la especialista, el análisis no puede detenerse únicamente en los responsables directos. "Pero en medio de tanto dolor se abre una posibilidad para reflexionar", señaló. A partir de esa premisa, Scipioni apuntó a la crianza como una herramienta fundamental para prevenir futuras violencias. Según explicó, es durante la infancia cuando se construyen las formas de vincularse con los demás, de expresar emociones y de afrontar situaciones de frustración o rechazo.
Incluso, explicó: "Es necesario que podamos pensar la crianza como una herramienta de cuidado y prevención. Porque es a través de ella que les enseñamos a nuestros hijos a vincularse con otros. Es a través de nuestro discurso que los habilitamos o no a nombrar sus emociones. Es a través de nuestras acciones que les mostramos qué pueden hacer con eso que sienten". La profesional cuestionó especialmente los mandatos culturales que históricamente atravesaron la educación de los varones. "Venimos de generaciones donde la única emoción que se les habilitaba a los varones era el enojo, la ira, y la violencia como forma de manifestarlo", remarcó.
Y continuó: "Todo el resto de las emociones formaban parte de lo femenino. La tristeza, el miedo, la vulnerabilidad, eran cosas de nenas. Venimos de generaciones donde el foco estaba puesto en enseñarle a los varones a no ser nenas. Pero nunca se les enseñó a gestionar sus emociones. Y hoy vemos las consecuencias". Para Scipioni, ese modelo no solo perjudica a quienes lo reciben, sino también al conjunto de la sociedad. "Esa forma de crianza los pone en riesgo. Y nos pone en riesgo. Un varón que no sabe qué hacer con lo que siente, que no tolera la frustración, que no puede aceptar un no como respuesta, que frente al rechazo siente la necesidad de venganza, es una bomba de tiempo que nosotros mismos construimos. Porque todas esas emociones acumuladas terminan encontrando en la violencia una vía de descarga", advirtió.
La especialista remarcó que, mientras muchas familias se preocupan por la seguridad de las niñas y adolescentes frente a la violencia de género, también resulta indispensable observar cómo se está educando a los niños. "Quienes tenemos hijas mujeres nos preocupamos por su seguridad y su integridad, pero es momento de empezar a preocuparnos por la manera en que estamos criando a nuestros hijos varones", expresó.
En ese sentido, propuso revisar prácticas cotidianas que muchas veces se naturalizan dentro de los hogares. "¿Los estamos habilitando a sentir?, ¿pueden poner palabras a su malestar o seguimos cargándolos de mandatos aplastantes que lo único que hacen es aumentar el rechazo hacia lo femenino y la omnipotencia frente al límite?", preguntó.
Para la profesional, el cambio comienza en los pequeños gestos de todos los días: en cómo los adultos acompañan el enojo, la tristeza o la frustración de los chicos."Ese cambio que necesitamos empieza en casa, en cada límite que sostenemos. En la manera que acompañamos a procesar la frustración. En cómo validamos la tristeza de un nene cuando llora sin decirle 'no llores' o 'pareces una nena'", dijo.
Y añadió: "En la manera en que les explicamos que la palabra es la mejor vía de descarga para una emoción. No la agresión. No la violencia". Scipioni sostuvo además que para lograrlo es necesario que los adultos puedan ocupar un rol activo y disponible en el acompañamiento emocional de los niños. "Necesitamos estar disponibles. Aprender a mirar las necesidades de nuestros hijos. Poder ser ese sostén que ellos necesitan para poder aprender a regular sus emociones", manifestó.
En el cierre de su reflexión, volvió a vincular la tragedia de Agostina con un desafío que considera urgente para toda la sociedad. "Como mamás tenemos el enorme desafío de criar varones que sepan qué hacer con lo que sienten. Que puedan tolerar la frustración como parte de la vida. Que acepten un no como respuesta sin que eso los derrumbe. Que entiendan que el rechazo duele pero no habilita ningún tipo de violencia", sostuvo.
Y cerró: "Tenemos una oportunidad de cambio en nuestras manos. Estamos criando hoy esos niños que mañana serán hombres. Empecemos a generar el cambio que necesitamos como sociedad. Criemos niños con herramientas emocionales. Criemos varones con salud mental".